La selección campeona entusiasma menos que hace 4 años. Estados Unidos, principal organizador, está más atento a la guerra que a la pelota. Los hinchas argentinos con la cabeza en sus clubes. El clima de la Copa del Mundo “es sólo marketinero”.

Sobhan aprendió a hablar recién a los 4 años, tratamiento mediante. Su familia tenía motivos suficientes para alegrarse, más de lo habitual, de que el niño –ahora de 10– fuera a la escuela. Cursaba en la primaria Shajare Tayebé de Minab, sur de Irán. El 28 de febrero, cuando escuchó el primer impacto del misil estadounidense sobre la institución educativa, Sobhan salió corriendo. Pero recordó que en otra aula estaba Hanieh, su hermanita de 7. Y volvió por ella. Cuando sus padres llegaron a la escuela, avisados del ataque, sólo encontraron escombros. Sus hijos ya estaban en la morgue. 

Marzieh tardó un rato en asociar a un bombardeo el estruendo que estremeció las paredes de su casa. Lo entendió pasadas las 11, tras el llamado de la maestra de su hija Zahra. Mientras corría hacia la escuela, alguien le dijo en el camino: «Ha comenzado la guerra». Al llegar, su marido Hossein ya buscaba a la niña entre el desastre. La encontraron en la pantalla del celular: su cuerpo se había viralizado en redes sociales al conocerse la noticia del atentado.

En el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, Mohaddeseh Falahat se presentó como madre de dos estudiantes asesinados: Mahdieh y Amin Ahmadzadeh. “No dejemos que esta tragedia caiga en el olvido”, pidió. Su hijos, y tantos más, aparecieron en las pancartas que portaron jugadores de la Selección de Irán en el reciente amistoso ante Costa Rica, preparatorio para el Mundial organizado por su verdugo. Días antes, en el choque ante Nigeria, habían mostrado mochilas. 

“Irán no debería participar en el negocio del país que lo ataca”, sostuvo Juan Irigoyen, periodista argentino del diario El País de España. Cronistas de varios países coincidieron, en la última entrega de El Equipo (el newsletter de Deportea), sobre el poco o nulo espacio que tiene la guerra en la agenda del periodismo deportivo de cara al Mundial de Estados Unidos, con leves participaciones de México y Canadá como co-organizadores. “No se puede despolitizar la cobertura: no puede ser un recuadro, debe ser un eje”, opinó el periodista uruguayo Fermín Méndez, editor en La Diaria de Montevideo. “El desafío es contar el Mundial integrado al contexto, sin fingir que ocurre en una burbuja”.

Amor y paz

Aunque se jugó a puertas cerradas, en el estadio Antalya (Turquía) –donde el combinado iraní goleó 5 a 0 a los ticos– estuvo el presidente de la Fifa Gianni Infantino. Antes le sacó a Rusia la chance del Mundial de Qatar por el ataque a Ucrania. Ahora elogia a Donald Trump, amo y señor del certamen que comenzará en dos meses.

Denunciado por incumplir el artículo 15 del Código de Ética de la Fifa, que exige imparcialidad política, Infantino hizo campaña pública para que Trump sea Nobel de la Paz. Como ese galardón no llegó a la Casa Blanca, inventó –y le entregó– el Premio de la Paz de la Fifa.

Semanas después, el Presidente de EEUU atacó Venezuela y arrestó a Nicolás Maduro. Viejo aliado de Infantino, el mandatario venezolano depuesto fue de los pocos que apoyó su proyecto, trunco, de organizar un mundial cada dos años.

Eran otros tiempos, otra la historia. Maduro, de los pocos mandatarios que apoyó la idea de Infantino de jugar mundiales cada dos años. Foto: Ariana Cubillos | AP

EEUU viene de las malas experiencias organizativas en Copa América y Mundial de Clubes. Canchas con medidas de Super Bowl, largos entretiempos, caos en el ingreso a los estadios y partidos retrasados por condiciones climáticas.

En declaraciones a este medio, el entrenador de Chile y Argentina en Brasil 2014 y Rusia 2018 respectivamente, Jorge Sampaoli, remarcó que “las selecciones no deben ir a jugar el Mundial”, con su principal organizador alentando la guerra. El reconocido Pep Guardiola condenó los ataques de EEUU e Israel, lo que le valió el repudio de la comunidad judía de Manchester, donde dirige al City. “Debería centrarse en el fútbol”, le pidieron. Parecido fue lo que le exigió Mauricio Pochettino a su jugador Timothy Weah, de la selección estadounidense, por quejarse del precio de las entradas.

Caras y caretas

Cuando presentaron el dossier para su candidatura, Estados Unidos, México y Canadá declararon que las entradas para la final, siempre las más caras, tendrían un tope de 1.550 dólares. Pero apenas salieron a la venta ya costaban ¡8.680! La semana pasada alcanzaron un valor de 10.990. “Si voy a pagar esta cantidad, debería haber una garantía de que mi equipo no perderá”, ironizó un tuitero extranjero ante el anuncio oficial.

El asiento más caro del Argentina-Francia de Qatar costó 1.604 dólares. Para aquel certamen de 4 años atrás, escribió Ezequiel Fernández Moores en La Nación, “hubo hinchas argentinos que compraron paquetes de 3.900 dólares para los siete partidos, hotel incluido”.

Ahora, también aumentó considerablemente la tarifa del transporte público. Los hinchas que viajen del centro de Boston al estadio pagarán 80 dólares un boleto que normalmente cuesta 20. Según The Athletic (sección Deporte del The New York Times), el comité organizador planea ofrecer un servicio de autobuses para los partidos en Foxborough, con billetes que podrían costar hasta 90 dólares.

A la dificultad extrema de costear un viaje así desde la Argentina, se suma la expectativa en baja de la Selección.

Que la pelota no sea indiferente

Suspendida la Finalísima (también por la guerra), la Selección Argentina cambió España por los débiles Mauritania y Zambia. La Bombonera, escenario de la despedida, no lució repleta.

Tampoco se percibe ansiedad por la decisión (de jugar o no el Mundial) de Lionel Messi. O porque se da por hecho que estará, o porque la cabeza de las y los hinchas está puesta en sus clubes. Y acá en Rosario tienen sus razones: Central con su debut en Copa Libertadores, Newell’s y su lucha contra el descenso.

Alberto Aceves, periodista mexicano del diario La Jornada, me dice que tampoco allá hay grandes expectativas aún. El estadio Azteca se reabrió con el amistoso entre la selección local y Portugal. Y hubo, me agrega, desilusión por la baja por lesión de Cristiano Ronaldo. “Las autoridades deportivas y del Gobierno presentaron diferentes actividades relacionadas con la Copa, aprovechando la atención mediática del partido. Pero no cambió mucho las cosas”.

Donald Trump, con la llave del próximo Mundial de Fútbol

País futbolero, a diferencia de EEUU, México también pena por su equipo, ahora plagado de lesionados y sin victorias recientes ante seleccionados fuera de la Concacaf. “Hace mucho –añade el colega– que no se celebra en el Ángel de la Independencia” (el Obelisco o el Monumento a la Bandera nuestros). También cuestiona la organización Fifa y su “orden estricto que acabó por afectar el habitual folclore en los alrededores”.

El sociólogo Pablo Alabarces me aclara que el clima mundialista actual es sólo marketinero. “Una cosa es dejarse llevar por la algarabía de las publicidades”, y otra el certamen en sí, que comienza, “en Argentina, al menos”, cuando rueda la pelotita.

“Como corresponde –sigue Alabarces– la sociedad está preocupada por otra cosa”. Porque como dice el tango, escrito por Enrique Cadícamo en plena crisis económica y social de la Década Infame, al mundo le falta un tornillo.

Publicado en el semanario El Eslabón del 11/4/26

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