La precarización de la vida empieza a ser corrosiva no solamente en la particularidad del individuo sino también en los lazos sociales. La falta de lugares de encuentro y la depreciación de lo simbólico nos transformó en seres unidimensionales.
El principal disparador de esta nota fue haber ido a ver Alejandra, de Martín Recchimuzzi, el sábado 2 de mayo en el teatro Astengo. No pienso explicitar más de la obra salvo que trata sobre un familiar suyo que atravesó sus últimos años de vida en una institución psiquiátrica. La manera en que Recchimuzzi encara el asunto de la locura provocó que varias horas después de finalizada la función continúe dándole vueltas una y otra vez pensando en el status de los locos y cómo la sociedad, la familia y el Estado los reprime en el sentido psicoanalítico que Freud le da a ese concepto.
Terapia de choque
Algo positivo de este siglo es que tenemos posibilidad de reformular muchos conceptos que se habían pensado o diseñado en el pasado. Lo negativo, quizás, es que la juventud revolucionaria, rebelde y de pelo hasta la cintura que caracterizó las décadas del 60 y posteriores ha muerto. Lo peor de todo es que no murió ayer sino que está sepultada hace mínimo diez años. La sociedad de masas en la que vivimos hoy es quizás un fenómeno al que le tenemos que seguir sumando aristas. Pensemos por un momento en lo que nos rodea, no sólo en el entorno material que nos encierra entre cuatro paredes sino también el entorno social y político: estamos inmersos en una profunda soledad, alienados y con pocos recursos que capitalizar, no materiales sino simbólicos. El hecho de esta soledad no se originó ayer ni hace diez ni veinte años, sino que tiene una brecha mucho más grande y en la que debemos sumergirnos. Antes que nada hablemos de la figura histórica de “el loco” como actor social, esa persona sin familia, sin pasado ni futuro, alguien casi sin identidad con quien nadie habla ni ve y cuya única posesión es una voz que solamente él escucha y nadie entiende su padecimiento.
La forma de pensar institucionalizada y aprehendida desde nuestra más tierna infancia te dice que lo que no se puede ver, dudosamente exista; y sin pruebas empíricas que nos ayuden a formular respecto del suceso es muy difícil que lo podamos entender.
Por eso mismo, las valoraciones que la sociedad tiene con nosotros son siempre medidas en torno a cuál es nuestro aporte a la misma: si sos un triunfador probablemente seas llamado genio, si simplemente fracasaste sos otro loco más. A lo que quiero llegar con esto es que la locura es expresamente política, al igual que la educación, la salud o la seguridad. Las tres instituciones más antiguas de la ingeniería social son la escuela, la cárcel y el loquero. La escuela te modela como sujeto social, te enseña cómo vivir en sociedad y te brinda las herramientas para que puedas el día de mañana insertarte en el mercado laboral; la cárcel no solamente te encierra sino que también en algunos casos te da la oportunidad de estudiar y expiar el daño provocado al tejido social para poder reinsertarte a la sociedad. Pero las instituciones psiquiátricas son un gris bastante más complejo, con una historia particular, donde muchos de sus internados son esa parte de la población que queda por fuera de la sociedad de masas. No me quiero enfocar en la parte clínica del asunto ya que no poseo datos empíricos o los debidos conceptos profesionales, pero sí quiero profundizar en que es muy propio del modo de producción de vida el hecho de apartar al loco, encerrarlo, para que nos permita continuar con nuestra forma de vida. Pero qué pasa cuando nuestra forma de vivir está totalmente degradada al punto de que dejamos de reconocer si lo que hacemos es por el valor de realizarlo o por el simple hecho de obtener una recompensa que apremie nuestro esfuerzo ¿Quién es peor, el loco que se sabe loco o el loco que actúa con una cordura autoimpuesta? Porque nuestras normas, formas y modos de vida son una imposición no sólo social y cultural sino también política.
Locuras de otro color
La unidimensionalidad de la locura es una farsa, tal como expresa Silvio Rodriguez en su canción Locuras: “Hay locuras para la esperanza, hay locuras que también son dolor y hay locuras de allá donde el cuerdo no alcanza”. Pongo en vigor esta canción ya que de algún modo siento que se moldea bien con esta nota. En el mundo de hoy, en el que el grueso de la población consume algún tipo de fármaco psiquiátrico ya sea para dormir, calmarse o no deprimirse, es el principal síntoma de que para vivir en sociedad tenés que estar medicado, calmado o controlado. No estoy en contra del clonazepam, el rivotril o los antidepresivos, al contrario, son una herramienta bastante legítima sin dudas pero es la otra cara de la misma moneda. La otra es la individualización, los clubes, la familia, la iglesia, la escuela o incluso el bar se han vuelto individuales hasta sin querer serlo, somos oficinistas, no somos dueños de nuestras propias herramientas, ni siquiera de nuestra propia casa. Construimos nuestro propio espacio sin tener en cuenta al resto, sin vecinos, sin fronteras, en la penumbra absoluta. El hecho de no poder compartir con el otro, no saber lo que pasa en su cotidianeidad, qué le ocurrió el otro día o qué canción escucha nos encierra en nuestra propia bola de cristal que si se rompe entramos en crisis, somos víctimas de nuestra propia comodidad, pero el principal síntoma es la pérdida de la vista panorámica. La falta de empatía causada por la nula comprensión y poca identificación con el otro se volvió un estilo de vida, quedando marginalizados de los espacios comunes donde la gente debe encontrarse. El hecho de que la mayoría de las iglesias hayan dejado de ser un espacio común, colectivos de encuentro y fe que nucleaban a gran parte de la sociedad y hoy están vacías con dos o tres señoras que van a misa, es un fiel reflejo de lo que está pasando. Si algo es simplemente no funcional, no sirve, por lo tanto no hay que darle pelota. El hecho de que nada suscite sentimientos de angustia, pasión, dolor o bronca es lo que nos ha convertido en psicópatas del siglo XXI sin capacidad de poder involucrarse responsablemente en la vida política y cultural que nos envuelve. Somos espectadores sin injerencia ni esperanza, ya que las ganas de trascender se perdieron y lo peor de todo es el no poder salir de nuestra propia dimensión construida por nuestra racionalidad sin poder comprender al otro.
El desfinanciamiento en salud es solamente privilegiar a las clases más ricas el acceso a las instituciones de salud mental y de acompañamiento sometiendo tanto a los trabajadores del rubro como a los pacientes a precarizarse, no solamente de forma salarial sino humana, en una época donde lo humano y lo automático están en un conflicto casi epistemológico. Darle importancia a las tareas de cuidado premiando con el reconocimiento social, económico y político es la única salida posible para que podamos reconstruir nuestros vínculos con nuestra neurosis. Si seguimos demoliendo bares, clubes e instituciones que nuclean lo social para levantar torres de veinte pisos plagadas de oficinas separadas en cubículos solamente nos estamos sometiendo a terapias de choque que van a degradar los lazos sociales de forma irreversible. La salida jamás va a ser individual ya que el único héroe válido es el héroe colectivo, nunca el hombre solo. Si estás solo serás meramente una mercancía dañada sin capacidad de producir materialmente ni simbólicamente algo que no sea un producto vendido en el mercado.
Publicado en el semanario El Eslabón del 9/5/26
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