Yo no sé, no. Esa tarde, la Mónica vino con una idea que a todos nos pareció brillante. “Tengo dos hornos, el de mi abuela y el de mi mamá, y aparte la cocina. ¿Y si nos ponemos a hacer empanadas y las vendemos en la plaza? Las podemos vender un día antes del 1º o el 1º a la mañana”. La Laura al toque dijo que se encargaba de la cebolla de verdeo porque andaba bien con un flaco de la quinta y había abundante cebolla de verdeo. Juan Carlito y el Huguito estaban haciendo unas empanadas con barro, practicando a ver cómo les salía el repulgue, y decían que iban a hacer unas chiquitas, esas de copetín, así le agarraban la vuelta.
José, que aparte de la empanada tradicional, era de la empanada de pescado, de tarucha, se apareció con dos atados de camalote como si fueran de acelga. “Me los vendieron unos tipos que pasaron en camalote y llevaban unos monos tití como colaboradores”, contó entre risas, y agregó: “Voy a probar de hacer empanadas de camalote”.
Carlos ese fin de semana trajo a un flaco que apenas entraba a la cancha se descalzaba y jugaba en patas. Los pies parecían dos empanadas con repulgue infinito. Nosotros pensábamos que no la iba a poder manejar, ni patear, pero el flaco la movía, la levantaba, le pegaba con el empeine y la colocaba donde quería.
Tiguín le metió pata y habilitó dos bicicletas de reparto. “Por las dudas, porque en una de esas hay gente que quiere que le llevemos las empanadas a la casa”, aportó, y se encargó de la logística.
Graciela insistía con que quería tener por lo menos la mitad de verdura. “Hay mucha gente que no puede comer carne y no es por el precio, sino por un problema de salud. Si hacemos unas buenas empanadas de verdura, sabrosas, van a ser un éxito”, concluyó. “Yo me encargo”, gritó la Graciela mientras la Mabel decía que por lo menos una tercera parte tenían que ser de humita.
Entre tanto, Tamba y su hermano Vaquita se pusieron a discutir sobre si la empanada tiene que llevar pasa de uva o no. O si tiene que llevar aceituna.
Mientras nosotros decíamos que había que ponerle de todo y que el que no quiera algo que lo saque, ellos ya se estaban por agarrar puñetes.
Pií, que estaba queriendo hacer las paces con la abuela que lo tenía sancionado y no lo dejaba salir, le rogaba que hiciera unas empanadas, que nosotros se las comprábamos. Pero la abuela no aflojaba, era dura la correntina cuando se enojaba.
Mientras tanto, Ricardo había aprendido a hacer horno de barro. El primero le pareció un hornero pero el segundo salió más grande y con buena tirada y decía que ahí íbamos a hacer las empanadas y que iban a salir riquísimas.
La pequeña Susi, por su parte, estaba con una trompa bárbara porque nadie le había enseñado a hacer empanadas, sólo había aprendido a hacer pastelitos. “Yo voy a hacer una canasta con pastelitos y voy a ir a la plaza a venderlos con ustedes”, murmuró.
Pedro, cuando ya estaba desahuciado de encontrar un buen corte de carne a buen precio, vio por Biedma que vendían una pulpa especial a 30 pesos. No lo pensó más y compró un par de kilos largos.
El 1º estuvimos todos ahí. Hubo fiesta en la plaza y en cada hogar de los trabajadores del barrio, así fuera un asadito, un pequeño locro o un par de empanadas. A la tarde, la CGT y algunos gremios se iban a movilizar por la memoria, por los compañeros caídos, para resaltar que era un día de lucha y de festejo y dejar en claro que siempre hay que estar en la calle por algún reclamo.
Eran como las siete de la tarde cuando Pedro y otros encararon para el lado de la vía, a lo de Doña Mirta que siempre nos hacía unas empanadas exquisitas, fritas con grasa especial. Le compramos una docena y media porque lo nuestro lo habíamos vendido todo. Al lado de Doña Mirta estaba Doña Juanita, la curandera que estaba ahí siempre en el patio, y entendió las miradas. Nos miró, se sonrió y asintió con la cabeza como diciendo: “Llévenlas tranquilos, esas empanadas ya están curadas”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 2/5/26
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