Veinte minutos antes del horario citado para concentrar, hay muchas transeúntes circulando por el perímetro de la Plaza 25 de Mayo. El paisaje olfativo de la torta asada arma su montaje con las voces que la enuncian.
Acá están las feministas: organizadas horizontalmente; malabareando el pluriempleo; mal dormidas, salteando comidas, parando la olla; repartiendo criaturas entre brazos y cochecitos; sacando fotos, haciendo entrevistas, tomando nota; vendiendo hasta lo que no tienen para costear lo que puedan, buscando un hueco en la triple jornada para sacar la cabeza; huyendo de la cueva de tristeza que genera no dejar de llorar vidas que llegan a su fin demasiado antes de lo que deberían; estirando los brazos para sostener hasta el cansancio más redes de contención, del lado de las víctimas y de la lucha, en el carozo del tiempo que lleven todos los duelos, el duelo; marchando una vez más con un nudo en la garganta que siempre tiene nombre de mujer.
¿Dónde están los varones? Donde está el asesino, el potencial asesino. O al menos cerca, haciendo caso omiso. ¿Dónde están los que ante cada aberración se preguntan dónde están las feministas? ¿Cuál es su estrategia para frenar esta hemorragia social?
La semana previa a este 3J tuvo femicidios en efecto dominó, quizás eso haya sido lo que convocó mayor masividad que el 8M. Mataron a Agostina, mataron a Dulce, mataron a Noelia. Todo en tiempo récord. Mataron a Sophia en esta ciudad. Mataron, ma-ta-ron, MATARON colectivamente. Hicieron un pacto delictivo, cómplice, silente. Mataron por no hacer preguntas, por dejar pasar, por no ponerse de punta, por naturalizar. Mataron por cagones, porque así construyen legitimidad: siendo obsecuentes con su cofradía, aplaudiendo boludeces en lugar de incomodar. Mataron sacando fotocopia del modus operandi genocida: destrozando en la oscuridad. Mataron porque les es más barato psíquicamente no hablar, porque les seduce más la brutalidad del poder que el amor de la ternura.
Pero no, no con toda la furia que cargan las que ACÁ ESTÁN le van a adjudicar esa sed de sangre a la locura. Encajan muy bien sus engranajes en este sistema perverso. No hay ningún desgaste, se los ve aceitados, permanecen inmersos en una maquinaria que fabrica muerte. Tienen familia, amistades, trabajo, club, ningún diagnóstico. Ni tan enfermos ni tan sanos, obedientes a todo lo mundano que empuja a no acatar límites, a la voracidad de ir más allá del no, a la impotencia no trabajada, a la incapacidad para tolerar la frustración, a la ira no sublimada, al odio sin resignificación.
Militantes de escuelas secundarias le cantan el feliz cumpleaños a una compañera. Ceban mates que las mantienen despiertas, gregarias, de pie, nutridas. La movilización tiene quizás menos color, menos entusiasmo, menos pañuelos, menos glitter y menos strasses que años anteriores; aunque también más peso sobre los hombros y más espinas.

Los semblantes de penoso cansancio husmean los rincones, identificados con las consignas. Piden justicia ante quienes no tienen piedad. “Si la Justicia es machista, que la Memoria sea feminista”, reza un cartel canónico en todo el territorio nacional. “Que ser mujer no nos cueste la vida”, pide otro.
“Con Milei no hay Ni Una Menos”, advierte la asamblea lesbotransfeminista a la vanguardia. “El ajuste es violencia, el Estado es responsable”, afirma la respectiva barredora. Son las cuatro y veinte de la tarde, la masa se desmolda de la plaza a paso lento, incómodo. Son muchas, pero no están todas.
Brotan ojos llorosos como nunca en estos 11 años. En distintos recovecos, múltiples conversaciones detallan los motivos de esas lágrimas, múltiplos de la lágrima fundacional de este movimiento.
Dolor, angustia, tristeza, pena, impotencia. No ya euforia, furia, rabia, ira, enojo, bronca. Algunas intervenciones dramatizan el contexto: mujeres de luto sobre tacos con polleras cortas se embarran, ensangrentadas, hasta ser devoradas por bolsas de basura.
La batucada de adelante se esmera para que haya barullo. En los cantos se percibe la fatiga vocal de yeguas que marchan con ruido de camino cansado. “Pintame si alguna vez tuviste miedo que él te mate”, sugiere una joven que porta un vestido blanco devenido rojo. La escoltan otras dos con los letreros: “¿A qué mujer de tu vida tendrían que matar para que te preocupen los femicidios?”, “En Argentina cada 31 horas un hombre se convierte en femicida”.
“Ni una menos, hay que gritar, es la consigna nacional y popular”, agita un sector. En el traslado se erizan pieles reforzadas por gestos de consternación. Cuerpos como cajas de resonancia se dejan conmover por el dolor y retumban, lo toman para repartir el peso de todos los senos íntimos.
Una bandera bifurca la marea, en ella se inscriben tres mil nombres registrados de las víctimas directas de femicidios durante los últimos 11 años. “Quiero envejecer, no ser una estadística”, desea un cartel. “Que la tranquilidad no sea un privilegio”, dice otro.
La indignación se organiza para sobrevivir; lleva un ímpetu que, aun golpeado, resiste a la anestesia, aunque pierda potencia en el camino. “No encubras a tu amigo golpeador y violador”, “Volver a casa es un derecho, no suerte”, “Factor de riesgo ser mujer”, “Te espantás por las que luchan y no por las que mueren”, “Faltan 10 femicidios para que llegue el mundial”, se destacan en el desborde de palabras.

“Ni una menos, vivas nos queremos”, se yuxtapone con el sonido del compresor de aire de una estación de servicio. Aterrizan las cámaras de Canal Tres y una cinchada oral con el cántico actual intenta que se escuche: “Milei, basura, vos sos la dictadura”. Reclaman contra la indiferencia de señores, de señoras; aclaman poder, poder, ¡poder popular!
Un pizarrón promociona el kilogramo de costilla a 21.999 pesos en la puerta de un negocio de calle Santa Fe. El país donde matan a una mujer cada 31 horas es el mismo que multiplica el hambre. Ambos mecanismos son letales.
Dos empleadas municipales encabezan la movilización, llevan pañuelos violetas alusivos a la fecha. Sonríen mientras consienten ser fotografiadas. Suena Fuegos de octubre en Plaza San Martín a las 17.45, cuando la punta de lanza penetra la plaza.
La lectura del documento se prolonga y las veredas se tiñen de humo violeta. La multitud, desparramada por la plaza, se sienta a descansar las piernas. Las rondas, heterogéneas, se ensanchan con los quipus tribales que le hacen lugar a la amiga de la amiga de una amiga.
Son las 18.24 y la marea continúa acercando gente a la orilla entre mucha pirotecnia. “Vivimos en una sociedad que enseña a las mujeres a cuidarse de no ser violadas en lugar de enseñarles a los hombres a no violar”, descansa ahora en el pasto. Caen lágrimas, múltiplos de las lágrimas fundacionales de este movimiento.
Las chicas hacen catarsis, hablan sobre sus novios. Cuentan que, por más que no justifiquen un femicidio, a ellos no se les estruja el estómago cuando se enteran, no lloran la asfixia de las compañeras. Incluso piensan que marchar no sirve, que las conquistas se logran en mesas chicas. No conocen la sensación ritual de conversar sobre lo que pasa y sobre lo que se puede desear, entre mates, como iguales. No aman la trama, sólo vislumbran la punta del iceberg.
¿Alguna vez se harán una pregunta? ¿Algún día se animarán a enunciar sus angustias? ¿Cuestionarán a un par cuando les habla de una mujer? ¿Sospecharán del no consentimiento de determinada práctica, así como las feministas aprendieron a sospechar de todo? ¿Reaccionarán ante la injusticia de una manera más madura que querer moler a piñas, ansiar venganza, pagar con la misma moneda, pedir bala? ¿Tendrán conversaciones desgarradoras con un amigo que les asuma que violó por cada vez que una mujer cuenta que sufrió una violación? ¿Prevendrán algún femicidio con algo más que su prepotencia?
Mataron los femicidas. Mataron los empleados judiciales garantes de la impunidad. Mataron los medios de comunicación amarillistas. Mataron los poderes políticos encubridores. Mataron los gobiernos ajustadores. Mataron los que no agreden a una mujer ni con el pétalo de una rosa, pero hacen oídos sordos cuando otro la denigra. Mataron los que estaban dispuestos a matar de antemano. Mataron los que descubrieron en el camino de lo que eran capaces. Mataron los que no pinchan ni cortan, pero callan. Mataron por odio, por impotencia, por cosificación, por miedo, por no soportar un rechazo. Mataron por la angustia atragantada de no llegar a ser nunca el hombre que soñaron. Mataron por las palabras no dichas a tiempo, no dichas jamás.
Baja la temperatura, se instala la noche y dos jóvenes que no pudieron parar bajan la persiana de un local de la peatonal.
Publicado en el semanario El Eslabón del 6/6/26
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