Yo no sé, no. Graciela ese mediodía apareció en la plaza con un tubo que tenía unos vidrios de aumento y decía: “Miren cómo se ve de lejos. ¿No parezco una navegante? ¿Una pirata que está mirando desde la punta del barco, más allá de las olas, más allá del mar, del horizonte y por dónde rumbear. Está fantástico”. No sabía cómo llamarlo. Nosotros tampoco. Le decíamos largavista. Algunos decían un periscopio, pero como éramos chicos no le sabíamos el nombre. Y a todos nos agarró ganas de tener algo parecido para mirar más allá de nuestra nariz y más allá de los cien metros de la cuadra.
Laura parece que consiguió uno en la familia. Alguien iba al hipódromo y tenía unos binoculares muy parecidos a los que usan los que van a ver las carreras de caballos. Y lo pasaba de mano en mano.
José le pidió a Tiguín, que era bueno para los caños, los fierros, que le hiciera un tubo para mirar mientras buceaba la superficie. José había conseguido unos vidrios de aumento y le habían explicado cómo ponerlos. Y decía: “Voy a ver cómo hacen los submarinos”. Tiguín agarró un par de caños y empezó a poner manos a la obra. José quería que lo agarrara el verano buceando en el Saladillo y estrenando un periscopio igual o parecido al que tenía el submarino de Viaje al fondo del mar.
Tamba le pidió a Pi, que era bueno con la madera, que le hiciera una horqueta, una más grande de lo común. Él le quería instalar a la gomera una mira telescópica. Porque había conseguido una goma resistente y de largo alcance. “Si primero miro con la mira telescópica y después apunto, quiero tener precisión. Y para eso tengo que tener una buena horqueta que aguante”.
Carlos y Mabel se fueron hasta la librería que estaba por Vera Mujica a comprarse unas lupas escolares chiquitas. A todos nos gustaba leer los mapas, pero Carlos era fanático. Y algunos, si no tenía una buena lupa, se perdían un montón de detalles.
Por el camino, cerca de la vía, vieron a doña María, que con una mesita estaba preparando la venta de tortas y de pan casero, con grasa y con chicharrón. Doña María tenía una gran lupa y estaba leyendo el diario. Tenía poca visual y por eso la necesitaba.
A Manuel, al Huguito y a Juan Carlitos les hicieron creer que había unas antiparras, esas que se usaban en las piletas, con vidrios de aumento. Y que las estaban vendiendo cerca de Ovidio Lagos, pero quedaban pocas. Estaban entusiasmados. Decían: “Vamos a ver, cuando estemos buceando, todo más clarito y más grande”.
Pedro, por ese entonces, estaba planificando ir con Silvia al Planetario. Decía que se ponía bueno porque, cuando había buen tiempo, se veían las estrellas y te explicaban sobre los planetas. Y estaba en el parque Urquiza, una cosa lleva a la otra y uno ve más allá mirando las estrellas… En el caso de Pedro, con la piba que le gustaba, y Silvia, con el chico que le gustaba. ¿Qué mejor que compartir una mirada al cielo?
A la pequeña Susi la llevaron a la Vigil. No sé si nos mintió o qué, pero nos decía que allí hay un periscopio, un largavista que mira el cielo y que se ven todas las estrellas. “Tanto que se las puede contar”. Y agregaba: “Hasta supe el segundo nombre de las Tres Marías”. Nosotros nos reíamos, pero no le decíamos nada. Y ella: “Está María Laura, está María Inés y María del Rosario”.

Nadie le dijo nada. Estábamos en la plaza, la noche despejada y mirando al cielo pensábamos: qué bueno sería tener un catalejo, un largavista para ver un poquito más de cerca ese cielo hermoso.
Pasaron los años. Un día se me ocurrió ir para la Vigil. “Y si la pequeña Susi tenía razón”, dijimos, “y se puede ver el segundo nombre de las Tres Marías”. Cuando llegamos, la Vigil había sido intervenida, como todo el país, por una dictadura militar. Y nada de eso había. Sentimos que habían apagado las estrellas. Que esa dictadura nos apagó las estrellas. O la posibilidad de ver las estrellas. Sentimos que nos habían robado, entre otras cosas, un pedazo de cielo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 25/7/26
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