La seguridad sobrevuela las agendas latinoamericanas y hoy te definen las elecciones. Es interesante para los que solo saben leer la política en modo buenos versus malos cómo se les complejiza el panorama, no porque alguna vez haya sido simple, sino porque obliga a salir de la propia comodidad y caja de zapatos ideológica que se reduce a repetir ideas correctas a la propia posición. Una comodidad que hace clímax en las falsas dicotomías mano dura o garantismo, punitivismo o impunidad. No importa cuánto discurso se promueva ni cuánto show se haga reviviendo el viejo, fracasado y súper yankee “ley y orden” (ese lado B a la vieja, fracasada y súper yankee “guerra contra las drogas”), tampoco importa cuánto bukelismo imiten (berretas): la seguridad no se resuelve ahí.

La seguridad es tan compleja y esencial para el bienestar social que no solo es tema de fuerzas, tampoco es solo de economías, cultura, educación, ni siquiera es de oportunidades. Parece muy básico decirlo pero es algo muy olvidado en la discusión pública: hablar de seguridad es también hablar del proyecto de vida, lo que nos lleva irremediablemente a hablar de cómo hacemos a nuestras ciudades.

Leyendo las ciudades podemos dimensionar al menos una porción mayor de las tantas capas que hacen a la seguridad. Quedarnos en las fuerzas, en la economía, cultura, educación, oportunidades, y demás en esa línea, no hace más que atomizar la propia estructura que la ejecuta y profundizar la inseguridad de manera incomprensible frente a estas miradas reduccionistas. Que nadie lea de costado, quiero ser explícita: esto no quiere decir que las fuerzas, economía, cultura y educación no importan en materia de seguridad, esto quiere decir que no es suficiente si se piensan por separado y aún si se integran, porque a toda esa enumeración le está faltando algo clave, que no puede pensarse en la generalidad ni en la globalidad, porque requiere de las particularidades de cada territorio. Tal vez por eso importa tanto también votar gobiernos que conozcan el territorio en toda su totalidad, en su historia y actualidad, pero también en la idiosincrasia, en el deseo: el territorio es biografía social, lo mínimo que uno necesita conocer para gobernar.

Empecemos por un principio conceptual: las ciudades seguras son, ni más ni menos, ciudades vivibles. La idea parece obvia pero nos está hablando de otras cosas. En nuestra actualidad, nuestras ciudades están a un abismo de ser vivibles: no solo estamos viviendo en ciudades cansadas, sino que vivimos en ciudades que producen cansancio. Una ciudad cansada es una ciudad extraviada. La idea de extravío tiene mucho de metáfora, pero es también material, porque tiene efectos que no solo rompen una planificación justa e igualitaria, equilibrada entre lo sostenible y el dinamismo que toda ciudad necesita, sino que es un camino insoslayable a la autodestrucción.

Por supuesto que una ciudad no se extravía sola. El extravío es consecuencia política. La política –sustantivo, adjetivo, ejercicio– impulsa ese destino. Entonces, si una ciudad tiene una sola forma de extraviarse y es cuando su ciudadanía está cansada, ¿qué destino –qué seguridad, qué proyecto de vida– podemos esperar de ciudades que producen cansancio? El cansancio social habla del estado del Estado.

Por eso suenan tan ficticias las expresiones del tipo “volvió Rosario” o “recuperamos las calles”. Recuperar una ciudad no tiene nada que ver con eventos multitudinarios ni anuncios espectaculares. La espectacularización, y acá vale también decir la épica, siempre es un tiro al pie no solo porque son formas insostenibles, sino porque son formas ajenas a lo que las ciudades necesitan. La Favorita es tal vez el ejemplo más brutal que tenemos por estos días. Punto para Factos! que recuperó del archivo a un Javkin diciendo que “recuperar” La Favorita era el símbolo de la “recuperación del centro”. Bueno, ahí está la esquina emblemática en bancarrota, con órdenes de desalojo, con acusaciones cruzadas y un silencio sumamente revelador de la Municipalidad. El devenir autodestructivo del emblema termina siendo también el símbolo de una gestión municipal que colecciona erratas.

Son interesantes esas imágenes de archivo que lo muestran a Javkin con La Favorita, porque me recuerdan a otras de Pullaro inaugurando su gestión “a lo Bukele”, lo que nos permite leer una comunicación vertiginosa e irresponsable, pero sobre todo ingenua. Los años de esta dupla municipal/provincial serán recordados como los tiempos en los que la foto corrió más rápido (mucho más rápido) que el hecho político en sí, y la fiesta se armó cuando ni siquiera se sabía el motivo por el cual festejar, dicho de otra forma: cantar el gol antes de tiempo sale mal. Y cuando alguien lo hace lo primero que pensamos es que le falta cancha.

Recuperar una ciudad, o una zona específica, no tiene nada que ver con la espectacularización de la obra pública y el propagandismo que vacía a la cultura hasta distorsionarla como dispositivo de entretenimiento (distractivo, demagógico). Al cansancio social no se lo combate con diversión y sobreinformación manipulada, sino permitiendo que el proyecto de vida se desarrolle. Es decir, la recuperación no se mide en la eventualidad, sino en la cotidiana, en cómo transcurre el día a día, en el ir y venir por la ciudad y en las facilidades y respuestas públicas a los asuntos públicos –en su más amplia dimensión–: desde la mugre y las veredas rotas al rechazo no atendido a un Parque Acuático o a las torres despersonalizadas en un casco histórico, pasando por persecución a la cultura independiente, anfiteatros públicos cerrados, plazas donadas como espacio público entregadas a privados, crisis habitacional con récords de viviendas vacías y permisos de obra concentrados en un par de barrios, ambulancias que no llegan a ciertos barrios o que llegan media hora tarde, escuelas y universidades deterioradas, precarización salarial a lo largo y ancho del empleo público mientras que se acrecienta la planta funcionaria, estimulación al destierro –desentendimiento, desapego a lo local– a través de narrativas adoptadas por la mirada capitalina/nacional, etcétera.

Lo del proyecto de vida es indispensable porque estamos hablando de ciudades que no son planas: el mapa tiene volumen, relieves, curvas y, sobre todo, no es fijo. Decir que hablar de proyecto de vida es hablar de ciudades tiene que ver con que no hay una cosa sin otra en el sentido que el proyecto de vida habla de sus ciudadanos, pero también de la propia ciudad. Una ciudad sin proyecto de vida, sin reconocer que habrá vida después del tiempo propio (ni hablar sin reconocer que habrá ciudad más allá del gobierno propio), muere.

La maqueta del rechazado proyecto del parque acuático en la rambla.

Desde la Antigua Grecia, incluso pasando por todas las formas económicas que la historia ha adoptado –de las más humanitarias a las más salvajes–, no fue hasta el surgimiento formal de las inmobiliarias durante el siglo XIX que la ciudad comenzó un desapego de ese doble comando que es ser proyecto de vida y que, a su vez, el proyecto de vida sea la razón de su ser. La ciudad está viva porque la ciudadanía vive y desarrolla una vida plena en ella, una vida plena que incluso la trasciende, que dejará efectos en esa ciudad. Cualquier otra dimensión citadina que no se encuentre ahí nos hace llevar toda la conversación hacia atrás, es una conversación que empieza a desventaja y a distancias abismales de su punto cero.

Entonces parece utópico, con esa desventaja y a esta distancia, advertir que las ciudades son productoras de clases medias, una producción que, por supuesto, solo es posible cuando la ciudad no solo no está centralizada, sino cuando sus posibilidades urbanas empiezan desde las periferias al centro, y cuando sus políticas se desarrollan en pos de llevar a los de abajo hacia arriba. En nuestro panorama, que no es nuevo y que ya lo tenemos sumamente naturalizado, parece irrisorio decir que el ascenso social es la promesa número uno de las ciudades, pero lo es. Y en cuanto eso no se atiende, no importa cuánto se distraiga, cuántos caramelos, globos y shows se aplaudan, cuántas frases hechas y consignas se lancen con la comunicación más estratégica, cuidada y pautada: el cansancio empieza a sembrarse y en algún momento dará su cosecha. Y no, no será buena la cosecha.

Para que el ascenso social sea dinámico y no segregacionista, la ciudad necesita una presencia del Estado no automatizada, dado que no todos los barrios requieren una misma forma de presencia. Pero hay dos pilares que sí aparecen como una forma de presencia absoluta. Uno de esos pilares es la conectividad, es decir, transporte público diverso, seguro, de calidad, las veinticuatro horas de los siete días de la semana, llegando a todos lados, con una fluidez que no diferencia zonas, horarios ni días. Paradas y estaciones de transporte activas, cómodas, con propuestas comerciales que puedan cumplir diferentes turnos pero que siempre estén abiertos; si hablamos de estaciones, también deberían contar con espacios de ocio. Pensar las estaciones y las cuadras en las que hay paradas como terceros espacios alternativos. Esto requiere de un nivel de estrategia urbana y de políticas públicas de una complejidad que, a su vez, acusa lo absurdo que es que nos quieran vender que una ciudad segura es una ciudad con Noche de Peatonales que transcurren en paz. Peatonales que el 99 por ciento del tiempo quedan a la deriva en una ciudad que el transporte brilla y es protagonista de conversaciones pero no por virtudes, sino por su ausencia, por su ineficacia, su estado. El otro pilar es la iluminación y la limpieza. La descentralización se funda en una ciudad iluminada y limpia, a la que se pueda llegar en cualquier momento de la semana, a lo largo y ancho.

Dicho de otra forma, a lo Jane Jacobs: las calles no pueden funcionar solo como un tránsito urgente entre la casa y el trabajo, sino que tienen que invitar a que uno esté en ellas, y tanto para el que anda de día como para el que anda de noche, tiene que ser un lugar que permita que la vida de esa persona esté a salvo y tenga todo lo que necesita para su tránsito urbano. En esta sintonía, Eric Klinenberg nos habla de la infraestructura social: las ciudades seguras son las ciudades que se disponen a que la ciudadanía tenga interacciones que, aún mediadas por el lazo comercial, se presenten como una política de cuidado, tanto del otro como de uno, y de la ciudad misma. Podemos aventurarnos con Klinenberg a un Estado que despliega oficinas y centros sociales, recreativos, culturales, etcétera, por toda la ciudad para que puedan cubrir todos los turnos horarios, garantizando presencia humana y gestión constante: por ejemplo, biblioteca pública abierta veinticuatro horas en una estación de trenes. Este despliegue aporta empleo, activa mercados, mantiene las calles despiertas durante las veinticuatro horas y acerca al Estado a una respuesta frente a lo urgente.

Ascenso social, transporte, iluminación, limpieza, llevar la idea de los terceros espacios a un nivel de planificación pública barrial superior: bases descentralizadoras que nos permiten empezar a materializar ciudades más seguras y retomar la cercanía urbana que ya no solo deja de producir cansancio para ahora producir clases medias, sino que produce cultura de confianza.

Por último, pero no menos importante: una ciudad extraviada deja de ver a su ciudadanía, queda definitivamente de espaldas, a una lejanía que le hace imposible escuchar a sus poetas, a las canciones contemporáneas, mirar y comprender las pinturas, las obras, también vive de espaldas al artesano, a la nobleza de los oficios que hablan de una geografía propia, pienso en los pescadores, entre tantos. Una ciudad que mira a su ciudadanía no solo cumple sus promesas básicas, sino que también habilita una economía de saberes locales que aportan valor al mundo y a todas las generaciones. Una economía de saberes epocales que no solo están desarrollando su proyecto de vida a la par del proyecto de vida de la misma ciudad, sino que aseguran un piso para que caminen los que vienen después. En cambio, la ciudad extraviada es insegura hoy, y es también una forma de inseguridad garantizada a futuro. Porque si la misma ciudad no permite que su comunidad explore y desarrolle sus talentos, y les hace imposible vivir de eso, que sean conocidos por sus contemporáneos, que impulsen la renovación calurosa y afectuosa que toda ciudad viva necesita y que aporten a la sociedad eso que saben hacer, al mismo tiempo que dan cuentan de lo que ven, bueno, el mañana está condenado a empezar de cero, a repetir errores, y lo menos obvio pero para mí más importante y más complicado luego de revertir: están condenando a las generaciones futuras a desconocer su propia fortaleza, su propia capacidad creadora, y a poner el orgullo local en otro lado. Como dice el poema de Ursula K. Le Guin: “Llevar la luz / no es un asunto fácil. / Ofrecer flores / es un trabajo de generaciones”. El Estado es responsable de no hacer el asunto más complicado y principalmente de no detener ese trabajo.

 

Más notas relacionadas
Más por Bárbara Pistoia
Más en Ciudad

Dejá un comentario

Sugerencia

Sobre el río Paraná

A Manuel Bozzo 1 Soñé que nadaba con alguien en el medio de un río o un mar. La persona qu