Un género apasionante pero devaluado ayudó a poner en discusión aquellos tópicos que el establishment quiere mantener en las sombras. Lo que CFK sostuvo sobre Macri, José López y Nisman es un incómodo foco apuntando a las penumbras.

El jueves pasado, la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue reporteada en la redacción de Infobae, un medio que pertenece al empresario Daniel Hadad, quien alguna vez ejerció como periodista.

La entrevista dejó mucha tela para cortar, comenzando por la novedad de que se realizó en un medio, en vivo y en directo. Como refirió el colega Jorge Nardone en su cuenta de la red social Facebook, «la entrevista no fue en su casa ni en el Instituto Patria. Cristina caminó hacia territorio hostil y enfrentó con inteligencia, conocimientos y –sobre todo– política, el ¿reportaje? ¿interrogatorio? ¿acoso? del entrevistador de Infobae. Otros medios transmitieron la nota en simultáneo, fue cadena nacional y seguirán las secuelas, los análisis, las autopsias y los debates. En campo enemigo, en el esófago macrista, en el seno de Unidad Ciudadana y entre quienes se sientan tocados. ¿Querían que hablara? Cristina habló. Y plantó bandera».

Unos días antes, el abogado Luis Novaresio –el elegido para hacer las preguntas– había advertido, en torno de una posible entrevista con CFK: «Si no puedo preguntar sobre Hotesur, no lo hago». No se sabe bien cómo hubiera sido posible saber qué iba a poder preguntar y qué no. Lo cierto es que pudo hacerlo, como periodista, aunque sufrió, posiblemente, la falta de ejercicio del Derecho.

Conviene, para dar contexto a algunos suculentos contenidos que dejó el tête à tête del jueves, incursionar en la entrevista como género o método periodístico, aunque de hecho existan variados y valiosos puntos de vista acerca de ella.

Qué esperar de la entrevista

Debe haber innumerables definiciones y caracterizaciones de la entrevista como género periodístico. El vocablo entrevista deriva del latín y querría decir más o menos esto: «Los que van entre sí». Podría decirse, los que juegan algo entre sí, y vaya a saber cuántas derivaciones respecto de ese entrelazamiento.

Las definiciones clásicas, del tipo “diálogo entablado entre dos o más personas: el entrevistador pregunta y el entrevistado responde”, apenas rozan lo que sería la puesta en escena necesaria para que exista una entrevista.

Tan disímiles pueden ser los abordajes en torno de lo que debe ser y/o lo que es la entrevista, que un escritor y periodista como Gabriel García Márquez se da el lujo de no reconocerla como género. Gabo llegó a decir que “…es imposible no reconocer que la entrevista –no como género, sino como método– es el hada madrina de la cual se nutren todos. Pero no me parece un género en sí misma, como no me parece tampoco que lo sea el guión en relación con el cine”. Y agregó una sutileza magistral: “Otra cosa que me preocupa de las entrevistas es su mala reputación de mujer fácil. Cualquiera cree que puede hacer una entrevista, y por lo mismo el género se ha convertido en un matadero público donde mandan a los primerizos con cuatro preguntas y una grabadora para que sean periodistas por obra y gracia de sus tompiates”.

Dicho todo eso, y dando por sentado que es un género –el tramposo de García Márquez niega en un párrafo lo que afirma en el siguiente– tal vez sea preciso entrarle más a ciertas condiciones que tornan a la entrevista más efectiva.

En la entrevista el que debe brillar es el entrevistado, pero no en relación con lo bien parado que éste salga, sino en lo que hace a echar luz sobre el mismo, para que algo se revele, a fin de dar lugar a la aparición de lo que no está en la superficie, eso que hay que rascar para que salga, pero no al punto de que la luz empiece a oscilar entre el que entrevista y el entrevistado.

La entrevista es una apuesta entre muchas otras posibles a abrir una ventana, no debería ser un debate, una conversación. Porque ese ir y venir de preguntas y respuestas permite generar en el entrevistado una gestualidad, el brillo en los ojos del interlocutor, mohínes, posibilita el ingreso a ese diálogo de pequeños secretos que salen y se encuentran con esos focos encendidos.

Y acaso, al sentirse un tanto vulnerable ante esa luz, ahí sí, la respuesta se torna reveladora, el que observa descubre, y la entrevista muestra todo su poder. Una más del autor de Cien años de soledad: “El entrevistado tratará siempre de aprovechar la oportunidad de decir lo que quiere y –lo peor de todo– bajo la responsabilidad del entrevistador. El cual, por su parte, tiene que ser muy zorro para saber cuándo le han dicho la verdad”. Pero la miga de ese pan está en este otro concepto del colombiano: “Es el juego del gato y el ratón, hoy consagrado en su etapa primaria por las entrevistas en directo y a boca de jarro, que casi siempre se aprovechan para aprender. O para foguear novatos armados, cuyo peor mérito para ser periodistas es que no se asustan de nada y van a la guerra con ametralladoras magnetofónicas sin preguntarse hasta dónde y hasta quién pueden llegar las balas”.

Porque hay un tercer actor, múltiple, versátil, activo y desplegado en centenares, miles o millones de actitudes posibles: ese sujeto inasible es el espectador, el que observa la entrevista, el que evalúa qué tanto se está poniendo en juego de lo que él ansía que se juegue en esa escena, que es dramática en tanto se actúa y se representa. Hasta ese actor pueden llegar las balas.

El jueves, en las instalaciones de Infobae, ese maravilloso género fue parcialmente desperdiciado por un vicio profesional que no es exclusivo de quien operó como entrevistador: el estrellato. No es un defecto exclusivo de la Argentina, pero es claro que entre los periodistas de los medios hegemónicos del país se extiende como la peste de Camus. La estrella que compite, la que confronta, el astro rey que presupone que una pregunta puede ser más importante que una respuesta, cuando en realidad lo que sitúa a ambos en los lugares que ocupan en la entrevista es el interés –objetivo o subjetivo– que despierta el entrevistado, y muy en segundo plano quién resulta el entrevistador. Esa asimetría debería alcanzar para desestimar cualquier tentación competitiva. En estos lares eso no es muy tomado en cuenta.

La luz en la palabra

“Nuestra proximidad está dada por la lengua que compartimos, territorio de significación en el que anclamos quizá más fuertemente que en otras fronteras”

Leonor Arfuch La entrevista, una invención dialógica*

En el ensayo citado en el epígrafe de este subtítulo, Arfuch señala que en la entrevista “siempre se juega al descubrimiento de una verdad, una revelación que el diálogo, en alguna medida próximo a la indagación detectivesca, ayudaría a descubrir”.

Aquello aparece como muy distante del interrogatorio, en el que se presupone algo, se parte desde ese algo, la comisión de un delito, lo aborrecible de un crimen, el horror de un suceso, y se indaga para lograr llegar al culpable, que la ley ponga sus garras sobre el responsable de infringirla.

Algo, mucho de ello se pudo ver el jueves en las afueras de la redacción del portal de noticias Infobae. El tono y la gestualidad del periodista condicionaron de un modo ciertamente hostil –aunque respetuoso– el contenido de las preguntas, que en momento alguno se corrieron de la agenda que pretende imponer el dispositivo de medios oligopólico cuando se trata de definir el período kirchnerista: corrupción generalizada, Nisman como víctima de la violencia política K, autoritarismo, intervencionismo en el sistema de medios, desapego por la institucionalidad y, la frutilla más chirle: el abuso en la utilización de la cadena nacional.

De todo ello, sobre todos sus actores, y sobre sí misma, CFK desplegó una batería de argumentos que no sólo desarticuló la estrategia del dispositivo mediático, sino que logró que se haga la luz sobre esas aristas de esa misma agenda que el poder quiere eclipsar, dejar en los sombríos sótanos del castillo feudal desde donde ejerce su dominio.

El caso Nisman despertó de su letargo en términos científicos, no novelescos. Luego de desautorizar por inexistente la mala noticia con que Novaresio pretendió asestarle un golpe a la ex jefa de Estado al dar por cierto que ya se conocían las pericias de Gendarmería, y que las misma indicaban que al fiscal lo habían matado dos personas, Cristina desmenuzó el episodio irresuelto.

“Hay muchas hipótesis pero hay cuatro o cinco hechos fundamentales”, recordó CFK. Y sacó del lado oscuro de la luna mediática el arma que Diego Lagomarsino le entregó a su jefe y que está comprobado que fue utilizada por Nisman; retomó la olvidada cuenta en común que ambos tenían en Nueva York con centenares de miles de dólares depositados allí, y sentenció que es “un inmenso disparate” la presunta modificación de la escena del hecho para borrar huellas: “Es una hipótesis que no creen ni quienes la formulan”.

Similar recorrido tuvo la respuesta sobre su reacción cuando conoció el revoleo de bolsos que cinematográficamente realizó el ex secretario de Obras Públicas de su gobierno. Cristina llegó a quebrarse, pero antes soltó: “Yo estaba en Calafate. No alcanzaba a comprender la escena. Me parecía brutal, grotesca. No entendía qué había pasado. Después tuve una gran indignación y un gran enojo. Y después una cosa de tristeza y angustia. Más que en la imagen de nuestro gobierno, pensé en los miles y miles de pibes que habíamos incorporado a la política, cómo se podían sentir ellos con esa escena. Siempre detrás de un corrupto hay un corruptor. Quisiera saber cuándo, y quién le entregó ese dinero. Me cuesta creer que frente a fajos de dinero termosellados, numerados, que se pueden identificar, todavía la Justicia no haya podido determinar quién y cuándo se los dio. Es imprescindible encontrar ese hilo”.

Todavía parecen resonar ciertas palabras, aún brillan con una luz que medios como Clarín, La Nación, Perfil, el propio Infobae, y tantos otros quieren mantener en la penumbra: “Hay que empezar a preguntar quién o quiénes son los corruptores, quién le dio los billetes a López, de quiénes son. Estaban termosellados, con numeración correlativa, nos tienen que decir la verdad”.

También hubo palabras reveladoras en relación con las Paso que exigía el sector que responde a Florencio Randazzo y que nunca se realizaron: “Consideramos que el momento que estamos viviendo hace que tengamos que unir fuerzas y no plantear discusiones entre nosotros que seguramente iba a distraernos del problema principal que es el ajuste: las consecuencias de las políticas económicas y de lo que le pasa a la gente”.

Y también una respuesta a la respuesta que recibió la carta abierta dirigida “a quienes votaron por la oposición en la provincia de Buenos Aires”, según la propia definición de Cristina. La candidata de Unión Ciudadana sostuvo que “es difícil ser un obstáculo luego de haber ganado las elecciones. Y sobre todo que te digan que sos un obstáculo quienes no tuvieron el resultado electoral esperado”.

Nada de esto que se dijo conviene a quienes le quieren restar votos para retirarla de la política. Y en esa sociedad reportan medios, sectores políticos, y una amplísima franja del Poder Judicial.

Como ya se consignó en Redacción Rosario, lo interesante de una entrevista pasa por poner en valor la palabra del interlocutor, y en la medida en que el entrevistador más se diluye, los resultados pueden ser asombrosos, al punto de que la entrevista televisiva moderna, por así definirla, mostró más de una vez que la ausencia total del reportero, con preguntas que salen al aire en off, y con las cámaras enfocando exclusivamente al entrevistado, no sólo es posible sino muy efectivo como técnica.

Es absurdo suponer que algunas intervenciones fallidas del abogado-periodista tengan que ver con su ignorancia alrededor de temas puntuales vinculados al Derecho. Es impensable que Novaresio no sepa la diferencia entre un contrato de locación y uno de carácter societario, o que sostenga que la causa Hotesur, donde se investigó hasta el cansancio el alquiler de suites sea un procesamiento por corrupción en la contratación de obra pública.

La pregunta es qué le ocurrió al periodista. Quien esto escribe se inclina por un ostensible bloqueo, un lapsus producto de vaya a saber qué profundas causas. Sería muy osado teorizar respecto del origen de esos traspiés.

Lo que sí cabe reflexionar es que se trata de un profesional inteligente y con condiciones para ejercer sus dos profesiones en forma exitosa. Tal vez, sólo tal vez, en esos fallos anidó lo que le ocurre a muchos ciudadanos de a pie, como se dice. Quizás, sólo quizás, Novaresio no habló por sí, como muchos que son hablados por un retintín que los socava en lo más profundo de su conciencia y su saber. Acaso no fueron sus yerros, y entre el mito instalado y la mirada de una estadista que ejerció dos mandatos como jefa de Estado y tiene en sus espaldas una carrera política como pocos pueden exhibir en el mundo entero, Luis haya sido pensado por otros.

(*) Paidós, Barcelona, 1995. Adaptación de Ana María Margarit.

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