El periodista Julio Rodríguez, fanático de Central Córdoba, se animó a bucear en la rica historia del hombre que le da nombre al estadio del Matador de Tablada y acaba de publicar El payador de la redonda.

La mayoría de los periodistas deportivos rosarinos, en su afán por despegarse de los colores de Central o Newell’s, aseguran ante los micrófonos que son hinchas de Central Córdoba. Aunque, claro, no lo son. Julio Rodríguez, sí. Y de pura cepa.

Me dicen el Matador, nací en Tablada

Foto: Andrés Macera

“Me hice de Central Córdoba porque casi que no me quedaba otra. Me críe en el barrio, vivía a 5 cuadras de la sede y a 5 del Gabino, y empecé a ir de muy chico a la cancha con mi abuelo, que además me relataba anécdotas maravillosas. Eso también se ve reflejado en el libro, esa pertenencia, esa identidad”, cuenta de entrada Julio, que supo integrar el equipo periodístico de el eslabón, y agrega: “Yo quería mostrar un poco cómo a la par del crecimiento de Gabino como futbolista, también se da el del club, en la parte futbolística pero también social y deportivamente. Entre la década del 30 y del 40, el club, de la mano de Gabino produjo un salto notable, ganando incluso campeonatos en lo que era la Asociación Rosarina de Fútbol, ya en la etapa profesional; ganó su primer copa nacional, que es el trofeo Beccar Varela en 1934; y mediante el trabajo que hace Sosa, ya en el ocaso de su carrera, promoviendo una infinidad de jugadores de la cantera, todo eso le permitió a las finanzas del club poder establecerse, transferir jugadores a clubes importantes del país y empezar a posicionarse como el tercer club de la ciudad”.

Apasionado por todo lo que tenga que ver con la institución de barrio Tablada, Rodríguez se lanzó al desafío de condensar todo eso en las páginas de un libro. “Después de muchos años de investigación sobre los orígenes del club, de la fundación, de la etapa amateur, recolectando información de hemerotecas, archivos, viejas revistas, y con tanta información acumulada, llegué a la conclusión de que la figura de Gabino aparecía en todos los recortes y relatos”, repasa. “Además, me llamaba mucho la atención que no hubiera nada escrito sobre un jugador tan importante de la ciudad. En base a eso, y a muchos aportes de sus descendientes, fundamentalmente de sus nietos, ya que las 4 hijas fallecieron hace varios años; y de familiares de compañeros o rivales de él –tengamos en cuenta que estamos hablando de hace casi 80 años– fui ordenando esa información que tenía pero ya centrada en su figura”.

Después de presentar un proyecto en Espacio Santafesino, a principios de 2016, y de llegar a la final en el nodo Rosario, Julio presentó el borrador en el programa Juntos, de la Secretaría de Cultura de la Municipalidad, y a fin de año se lo aprobaron. El pasado 20 de octubre, El payador de la redonda fue finalmente presentado al público, en marco de los festejos por el 111º aniversario de la fundación de Central Córdoba, y en la mismísima sede social de San Martín al 3200.

En los bolsillos del pueblo

Foto: Andrés Macera

“El libro arranca con una anécdota que es la primera que me contó mi abuelo, y algo que se transmitía de boca en boca en la cancha, en el barrio, y es que Gabino Sosa firmó su primer contrato a cambio de una muñeca y un vermú”, señala el autor de El payador…, y detalla: “En este trabajo cotejé las dos versiones que había al respecto y encontré por un lado una entrevista que le hicieron a su hija, María Margarita Sosa, destinataria de ese regalo mítico. Resulta que Boca lo había venido a buscar por intermedio de su arquero y representante Tesorieri, gran amigo de Gabino, con quien había compartido plantel en la Selección, pero Gabino rechazó la oferta pese a que era mucho dinero y la cesión de una fonda en el barrio de La Boca. Entonces, la dirigencia de Central Córdoba decide hacerle firmar un contrato, algo que hasta ahí nunca había sido necesario, y se reúnen en la vieja sede de Laprida y Viamonte, del barrio La Sexta. Allí, el ídolo ve una muñeca en una vidriera y la pide para su hija. Y por otra parte también encontré una nota que le hizo Borocotó para la revista El Gráfico, en el año 34, en la que amplía un poco más la historia, con un diálogo incluso entre el vicepresidente de aquel entonces que le ofrecía 300 pesos para un vermú y la muñeca para su hija”.

Otra de las historias jugosas que se pueden encontrar en las páginas de la flamante biografía es el origen del mote de Charrúa, que nada tiene que ver con el pueblo amerindio que en el siglo XVI habitó el sur de Uruguay. “Eso nace gracias a Alejandro Berruti, un director teatral, crítico y escritor que estaba a cargo de la Liga Rosarina de Fútbol, en 1915, en la etapa amateur. En aquel momento, a Central Córdoba lo representaban los hermanos Federico y Juan Charras, de familia cordobesa que llegó a fines del siglo XIX a Rosario y se estableció en la zona de la estación ferroviaria de calle Virasoro, muy cerca del estadio”, rememora Julio, y argumenta: “Parece que se discutía bastante en las reuniones de la Rosarina y Berruti un día dice: «Son bravos los Charras». Y al otro día publica una nota en el diario pero los bautiza «los hermanos Charrúas» para evitar cualquier problema jurídico. Hace un tiempo, Rómulo Berruti –sobrino de Alejandro– que conducía el etílico programa televisivo Función Privada, me confirmó la anécdota”.

También se pueden leer las vivencias de don Gabino en lo que fue el día más glorioso en la historia del club de Tablada. “Yo hago una reseña del día de la final de la copa Beccar Varela con Racing, en el viejo estadio de River, en el barrio de Recoleta”, indica. “Fue un partido muy polémico porque estaban 2 a 2 y había penal para Córdoba, pero nunca se pateó porque el técnico de la Academia retiró a su equipo en señal de protesta. La Liga Argentina (lo que sería hoy la AFA), se lo da por ganado a Córdoba y le entrega el trofeo, y lo que Gabino comenta, una vez finalizado el encuentro, son las sensaciones que vivió, cómo dio la vuelta olímpica y la emoción que sintió al consagrarse campeón con el club de sus amores, ante un rival tan importante como Racing y en Capital Federal”.

Matador te están nombrando

Tras destacar que “Gabino era un jugador habilidoso, arrancó de wing izquierdo y después se fue corriendo hacia el medio”, el responsable de la primera biografía sobre Sosa va por más: “Recordemos que en esa época las delanteras estaban conformadas por 5 jugadores, y él era generalmente el más atrasado, lo que sería un enganche de hoy. Asistidor, de gambeta corta, si bien hizo muchos goles, sirvió mucho más para que el club tuviera grandes delanteros goleadores, como el Chueco Vicente Aguirre (máximo artillero del club con más de 200 tantos, contando el amateurismo) y Félix Bussolini. Y en su etapa final, Gabino tuvo un aspecto formativo, veía chicos con condiciones, los acompañaba y los promovía, como ocurrió con Vicente Capote De la Mata, su hermano Francisco, el Torito Waldino Aguirre, Federico Monestés, Humberto Fiore, José Casalini y tantos otros que surgieron de su mano y desde su visión ya como maestro del fútbol”.

Por último, Julio hace historia en torno al momento en que se decide bautizar a la cancha enclavada en Juan Manuel de Rosas y Virasoro. “En 1969, durante una asamblea en la sede que ya estaba donde está actualmente, en avenida San Martín 3250, Argentino Manuel Menéndez, que era el presidente del Círculo de Periodistas Deportivos de Rosario y socio del club, mociona que el estadio no tenía nombre y que había que homenajear a ese gran ídolo”, refresca Rodríguez, y concluye: “Se aprobó instantáneamente esa iniciativa y a partir del 7 de noviembre de aquel año, el estadio pasa a llamarse Gabino Sosa. Además, ese fue el primer homenaje en vida que le hizo un club a un jugador de fútbol. Y creo que es justo, porque es el jugador que más títulos ganó y que más satisfacción le dio al hincha de Central Córdoba”.

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