Hay varios presupuestos que probablemente no han de cumplirse respecto de la influencia que los gobiernos de Mauricio Macri en la Argentina y de Jair Bolsonaro en Brasil pueden representar para la región. Pero hay uno que puede ser determinante, si la política exterior yanqui resucita la hipótesis de conflicto entre las dos potencias del cono sur.

Lo primero que habría que decir en torno del mapa geopolítico de Latinoamérica es que en este año que recién comienza serán seis los países que elegirán presidente en el subcontinente, que vuelve a incluir a México, habida cuenta de la llegada al gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO).

La asunción de Bolsonaro, contra lo que presagiaron y vaticinan algunos interesados analistas, coincide no con un subcontinente que ha virado hacia el neoliberalismo o “la derecha”, sino en un mapa político en disputa, en el que la Argentina, Uruguay, Bolivia, Panamá, Guatemala y El Salvador tendrán comicios presidenciales con final abierto.

Foto: Marcos Corrêa/PR

En el polo norte de Latinoamérica triunfó una izquierda moderada que todavía no ha podido mostrar, por el poco tiempo transcurrido, más que buenas intenciones. Y en el sur, pero dada la extensión gigantesca de Brasil, en el este del subcontinente, ganó un espacio que podría definirse como “pinochetista”, tomando la calificación del referente de la izquierda nacional Julio Fernández Baraibar.

Pero el problema es que más allá de los resquemores que despierta el militar electo en el gigante vecino, el hombre no tiene un plan de liderazgo continental, es representante del capitalismo financiero brasileño, y su polìtica exterior está muy condicionada por los intereses de EEUU en la región. Y ése es el problema más grave.

Un subcontinente en paz

Más allá de los conflictos internos, que en el caso de Colombia está más cerca de ser resuelto que de empeorar, América Latina es un subcontinente en paz, sin guerras entre países y sin guerras civiles o procesos revolucionarios en ciernes o en progreso.

La llamada Guerra del Cenepa entre Ecuador y Perú, el último enfrentamiento bélico de gran escala en la región, finalizó hace casi un cuarto de siglo, en febrero de 1995.

Ahora bien, la Agencia Latinoamericana de Información (Alai) señala un dato inquietante: “Recitamos que América Latina y el Caribe es una región de paz. Y si bien los países no se encuentran entre las mayores potencias militares del planeta, la región sigue la tendencia mundial y continúa reforzando sus fuerzas armadas, mientras persiste la existencia de 36 bases estadounidenses esparcidas a lo largo de América Central, el Caribe y América del Sur”. Hace un lustro, a fines de enero de 2014, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) declaró en La Habana a la región como “Zona de Paz”.

Las cifras de Latinoamérica explican con creces la codicia de sus antiguos, actuales y potenciales depredadores. Su territorio representa el 12 por ciento del planeta, y es habitado por el 8 por ciento de los habitantes que tiene el globo, esto es 560 millones de personas.

La región es poseedora de recursos naturales de valor estratégico, pero las asimetrías son terribles. El 27 por ciento del agua dulce del planeta está en América latina, pero el 30 por ciento de los habitantes de la región carece de acceso al agua potable.

En la región se ubica el 11 por ciento de las reservas mundiales de petróleo y se produce cerca del 15 por ciento total del crudo, y según cifras proporcionadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, más conocida como FAO, también contiene el 40 por ciento de las especies vegetales y animales del planeta, y se considera poseedora de la más alta biodiversidad en flora y fauna del mundo.

Sólo la mención de esas ventajas naturales tornan a Latinoamérica demasiado apetecible ante los ojos del principal depredador de recursos no renovables del mundo, los EEUU, pero no el único: Gran Bretaña se prepara para reconfigurar su rol perdido a manos de los yanquis en la tercera década del siglo XX.

Por supuesto, para la mayoría de los analistas alineados con Washington, otro gran depredador de recursos, China, es el que verdaderamente representa un peligro para la región, pero a poco de observar, el gigante asiático no se ha movido con los reflejos imperiales con que sí lo hacen los EEUU y sus aliados europeos.

El problema que se suscita en el subcontinente es que, a medida de que se fueron desactivando los conflictos, la intromisión yanqui no ha cesado. Dice la Alai: “La aparición de importantes compras de armamento, el aumento de efectivos militares y los movimientos y ejercicios militares entre otros índices de militarización, generan hoy un manto de duda y preocupación a pesar de no presentarse enfrentamientos o conflictos a escala regional. Lo cierto es que mientras en algunas capitales sudamericanas buscan dar cuerpo a una «identidad de defensa única» para la región, en otras se insiste en reflotar los fantasmas del pasado, anclando sus políticas exteriores en cuestionamientos de fronteras y espacios territoriales”.

Como en otros aspectos, el gran negocio de los EEUU es dividir, fragmentar todo lo posible, ya sea en términos territoriales como en lo que hace a las luchas que lleva adelante cada pueblo en la región.

Año de cambios

Un informe publicado por la agencia de noticias rusa RT, que lleva la firma del periodista Santiago Mayor, da cuenta de los cambios que se producirán a lo largo de 2019 en el mapa político del subcontinente, sólo a causa de los procesos eleccionarios.

Y a pesar de las notables diferencias que existen entre escenarios, es en estos procesos electorales donde la maquinaria que está alineada con el Departamento de Estado y con el Comando Sur del Ejército yanqui juega sus fichas.

De hecho, en los comicios brasileños, más allá de las demenciales irregularidades que el régimen perpetró –el juicio y encarcelamiento de Inacio Lula Da Silva fue la más ostensible–, no son pocos los críticos que sostienen que la agenda que Bolsonaro desplegó durante la campaña fue un anzuelo preparado por Washington para que picara el Partido de los Trabajadores (PT).

De hecho, la fuerza de Lula y el propio delfín Fernando Haddad, cayeron en la trampa de responder los ataques homofóbicos, racistas, misóginos y guerreristas del ex militar, cuando en realidad de lo que se debería haber hablado es de economía, hecha pedazos por quienes son socios de Bolsonaro. Éste debió explicar con qué herramientas iría a llevar a Brasil “acima de tudo”, como fue su eslogan, siendo que representa los intereses de la banca local y extranjera.

Nada de eso ocurrió, y buena parte de la ciudadanía entendió que la inseguridad sería resuelta con más eficiencia por un tipo con una metralleta en la mano que por alguien que plantea garantías civiles básicas. Hoy en Brasil están en peligro todos y todas, especialmente quienes llevan adelante luchas por identidad de género, minorías sexuales y colectivos Lgtbq.

A muchas de esas agrupaciones les pareció más importante dejar en claro que iban por sus integrantes, a otras les pareció que la estrategia pasaba por visibilizar esas luchas, lo cierto es que en un marco represivo y de arrebato de derechos como el que ya impera en Brasil es casi imposible que se avance en las reivindicaciones de género.

Pero en todo caso, en algunos con estas problemáticas a flor de piel, en otros apenas insinuadas, como se mencionó más arriba seis países de América Latina celebrarán elecciones presidenciales durante este año: Argentina, Uruguay, Bolivia, Panamá, Guatemala y El Salvador.

Con una mirada un tanto lineal, el informe de RT lo resume así: “Si bien el último año se llevaron a cabo elecciones muy importantes como las de México y Brasil (los dos países más poblados e importantes económicamente) –donde además cambió el signo político del Gobierno, con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador y Jair Bolsonaro, respectivamente–, y Colombia, donde se impuso Iván Duque, las de 2019 no dejan de ser relevantes en un escenario regional en permanente reconfiguración”.

El periodista Santiago Mayor plantea, esquemáticamente, que “el progresismo y la izquierda buscarán mantenerse en el poder en Bolivia, Uruguay y El Salvador, mientras que partidos conservadores y neoliberales harán lo propio en Argentina, Panamá y Guatemala. En algunos casos el resultado parece ser más o menos certero, pero en otros la disputa está abierta y cualquier cambio podría reacomodar la geopolítica latinoamericana”.

Varias preguntas atraviesan el informe: ¿qué pasaría si Evo Morales no logra seguir al frente de su revolución democrática y cultural en Bolivia? ¿Y si en Argentina el gobierno de Mauricio Macri es derrotado por una fuerza liderada por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner? ¿Cómo afectará el fenómeno de la migración centroamericana hacia EEUU a las nuevas políticas que se apliquen en El Salvador y Guatemala?

No es que no repercutan en la Argentina los resultados electorales en Centroamérica, pero lo que ocurra en Guatemala, El Salvador y Panamá difícilmente esté siendo ponderado por la mayoría de argentinas y argentinos.

Más relevante es lo que puede acontecer en Uruguay, donde el mismo día que la Argentina, el 27 de octubre, el paisito de 3 millones de habitantes elegirá si va por un nuevo mandato del Frente Amplio (FA) –que gobierna desde 2004– o le da una chance al Partido Nacional.

El presidente uruguayo Tabaré Vázquez y su antecesor José Mujica ya anunciaron que se retirarán de la política, y salvo que ocurran imprevistos, el FA no parece correr riesgos electorales.

El caso de Bolivia, es trascendente para la Argentina real, la de millones de personas que saben claramente que los procesos como el que lleva adelante Evo Morales representan un piso fundamental e insoslayable desde el cual construir una sociedad más igualitaria.

Las únicas elecciones que aún no tienen determinada fecha son las bolivianas, destaca el informe de RT, aunque ya se conoce que se realizarán en octubre.

“Si bien Evo Morales, en la Presidencia desde 2006, se ha mantenido todos estos años en el poder gracias a sus éxitos económicos y sociales, puede que sean sus comicios más difíciles desde que asumió el cargo”, refiere Santiago Mayor, y no exagera.

“En primer lugar, por la forma en que accedió a una nueva candidatura. Luego de perder un referéndum a comienzos de 2016, donde se planteaba ir por un cuarto mandato consecutivo (tercero desde que se reformó la Constitución en 2009), el Tribunal Constitucional finalmente habilitó a Morales a postularse para gobernar hasta 2025. Esta resolución generó algunas protestas por ir en contra de lo votado en las urnas tiempo atrás”.

En realidad ese proceso le brindó a los EEUU una excusa con la cual pretende catalizar a una oposición que ha perdido en todos los frentes: el económico, el social y el político. RT comparte esta visión: “…es pronto para hacer especulaciones, ya que la oposición en Bolivia hace años que se encuentra muy dividida y no ha logrado unificarse en una candidatura que pueda ser realmente competitiva”.

¿Y qué opina la agencia rusa sobre las elecciones en la Argentina? Mayor arriesga lo siguiente: “Al otro lado del Río de la Plata, los argentinos votarán el mismo día que sus vecinos orientales, pero antes lo harán en las llamadas Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (Paso), que se realizarán el 11 de agosto. Se trata de una elección clave ya que se dirime la continuidad del experimento neoliberal de Mauricio Macri, que llegó al gobierno en 2015 y que tuvo un 2018 con varios problemas económicos”.

Luego de una descripción de esos “problemas”, el periodista señala: “Entre ellos se destaca una inflación que ronda el 45 por ciento, un incremento de la pobreza y una devaluación del peso respecto al dólar del más del 100 por ciento, que llevaron a un endeudamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI) por 57.000 millones de dólares”.

El análisis lo lleva a este punto: “Si bien no se oficializó aún ninguna candidatura, se estima que el actual presidente busque la reelección como candidato de la alianza Cambiemos. En el horizonte aparece como su principal contendiente, hasta el momento, la senadora y ex presidenta (2007 – 2015), Cristina Fernández de Kirchner. No obstante, la dirigente afronta actualmente una serie de causas judiciales en su contra con pedidos de detención incluidos. Sin embargo, al contar con fueros parlamentarios, no puede ser arrestada”.

Es interesante cómo se observa desde afuera el proceso argentino, cuyas complejidades no surgen en la primera mirada de los analistas, que en este caso insinúan esto: “Las posibilidades de esta última (CFK) de aglutinar a gran parte de la oposición podrían llevar a unos comicios con resultado incierto. A su vez, abrirían la puerta al posible regreso de un gobierno progresista en uno de los países más importantes de América del Sur, lo que supondría un contrapeso al reciente triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil”.

Ésa parte del análisis es interesante, aunque esté ciertamente desvirtuada por la expresión “gobierno progresista”, lo que lleva a pensar que siempre costará explicar o al menos mensurar, los alcances del peronismo en el poder, por cierto superadores de cualquier experiencia “progresista”, y la de Evo, o la de Hugo Chávez, por cierto no lo son ni lo fueron.

Pero sí es cierto que la Argentina representará un claro contrapeso a las políticas públicas y a la relación bilateral que plantee la administración entrante al Planalto. Y también a aquellas que desde los EEUU se intente infiltrar entre las dos diplomacias.

Porque en general, lo que está analizando el Departamento de Estado desde que ganó Bolsonaro, es cómo mechar sus intereses en un combo de realidades políticas bilaterales con Brasil por demás complejo, a saber:

  • En el campo del desarrollo nuclear, fundamentalmente en lo relacionado con la defensa y uso militar, la administración de Donald Trump quiere que Brasil firme un protocolo adicional en el área nuclear que el vecino se niega en forma taxativa.
  • Desde finales de los 80, las Fuerzas Armadas del Brasil en general, y el Ejército en particular, tienen como una de sus principales hipótesis de conflicto la eventual injerencia de una potencia o superpotencia extrarregional en la zona amazónica. Esa potencia no es otra que la de EEUU o una fuerza multilateral fogoneada por Washington.
  • Brasil ha establecido una relación política y comercial con China, que con sólo recordar lo que representa en términos de comercio bilateral –por encima de los 75 mil millones de dólares–, permite omitir argumentos acerca de una ruptura de la misma.

Pero el Departamento de Estado norteamericano no duerme. A la ceremonia de asunción de Bolsonaro no asistieron el presidente Trump, o el vice Mike Pence. Estuvo el secretario de Estado, Mike Pompeo, quien convocó al flamante Presidente a trabajar juntos contra “las dictaduras de Venezuela, Cuba y Nicaragua”.

Ésa es la parte fácil, donde todos parecen estar de acuerdo, mientras no se plantee en la mesa de arena que las bases para esa lucha pueden incluir a la Amazonia.

El otro punto que quiere incluir Washington es la remake de la hipótesis de conflicto con la Argentina, que se vino desmontando, hasta su casi desaparición, desde los primeros años de democracia en ambos países, con más énfasis en los períodos en que Eduardo Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner coincidieron en sus mandatos con Lula y Dilma Rousseff.

La idea fija de las centrales de inteligencia yanqui –la CIA y la DEA, especialmente–, compartida por la Mossad israelí, es que la Triple Frontera que une a Paraguay, la Argentina y Brasil, sigue siendo un “foco” por el que pasan dineros del “narcotráfico”, armas destinadas al “terrorismo islámico”, y es un nido propicio para lavar recursos de las “corrupciones estatales”.

Con poco esfuerzo, los EEUU pretenden reforzar la frontera sur de Brasil con cuerpos de ejército que hoy están más abocados a la defensa de la Amazonia Sur, asentados en los estados de Mato Grosso do Sul, Paraná y Río Grande do Sul, lejos de fronteras estables, que están bajo la órbita de las diferentes policías federales y estatales.

La caída de la actividad económica en la Argentina, la necesidad de un plan de desarrollo, desendeudamiento y salvataje alimentario a vastos sectores de la población no serán los únicos escollos con los que se encontrará un gobierno que deje atrás el nefasto experimento de Cambiemos. Desactivar esa nueva intentona imperial de dividir para reinar, heredada a la vez de la estrategia británica, será una tarea titánica, que muchos dirigentes “progresistas” no alcanzan a dimensionar cuando se habla de las nuevas relaciones con el Brasil.

Fernández Baraibar lo definió así: “El progresismo de raíz socialdemócrata francesa ha logrado dividir a los regímenes políticos en la dualidad fascismo-democracia, renunciando a todo análisis sociológico y económico de la realidad latinoamericana. Los buenos son democráticos, los malos son fascistas. Es la versión moderna de cowboys e indios”. Y así nos va.

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