Oscar Fernández Mel, Oscarito u Oscarcito. Médico cubano, traumatólogo y ortopedista. Con sólo 25 años se fue a Sierra Maestra. Integrante de la Columna de Ernesto Guevara en tiempos de la Revolución y en los que vinieron luego. General retirado del Ejército cubano, ex alcalde de La Habana y miembro del Partido Comunista. Y la lista sigue…

Nuestra historia comienza en La Habana, el martes 22 de enero de 2019. Segunda jornada del Foro de periodismo organizado por la agencia Prensa Latina en el marco de los 60 años de la Operación Verdad.

Cerca del mediodía, un susurro irrumpe nuestra atenta escucha de los expositores: “Ése que está ahí fue el médico del Che, Oscar Fernández Mel, lo pueden entrevistar”. Sorpresa, curiosidad, historia… todo en una sola persona sentada a dos filas nuestras.

Al terminar los conversatorios de esa mañana, y antes del almuerzo, nos acercamos a ese señor alto que estaba perdido entre saludos y anécdotas.

“Usted pregunte lo que quiera y yo le contesto lo que pueda”, nos dijo con una sonrisa que invadió su rostro. Le propusimos a Fernández Mel viajar a ese enero de 1959, cuando la Operación Verdad era la antesala de la creación de la agencia cubana y cómo recuerda él esos años…

“La vi nacer (a Prensa Latina), vi al Che empezar a hablar, porque el verdadero autor intelectual fue el Che, en coordinación con Fidel. Me cabe el placer de ver que en los primeros tiempos de Prensa Latina iba todos los días. En su trabajo él siempre encontraba un tiempecito e iba como para estimularlos porque Prensa Latina nació de la nada”.

“El Che llegaba a la Unión Soviética y les decía: «¿Ustedes quieren que sus noticias se conozcan en el continente americano? Nos hace falta un radio, un transmisor tal o un receptor tal». Y así fue como nació el campo de antenas que está al sur de La Habana. Llegaba a Checoslovaquia e igual, y así sucesivamente fue sumando los equipos porque en realidad no había tanto recurso monetario”.

Foto: SciELO

Fernández Mel hace una pausa y continúa: “Es bueno también destacar que Prensa Latina se debe a Jorge Ricardo Masetti, que fue él quien –prácticamente sin nada– con muy pocos recursos materiales, hizo Prensa Latina. Me cabe la satisfacción de que se buscó a los mejores corresponsales en América Latina y que eso le dio un realce muy grande. Quiero decirle que la AP y la UPI (las agencias norteamericanas Associated Press y United Press International) lo sintieron, porque lo vi, vi la protesta y vi los cables que planteaban. (Gabriel) García Márquez en Colombia, Rodolfo (Walsh) en la Argentina; todos eran gente muy seria, muy intelectual… muy verdadera”.

“Es muy bueno destacar mucho a Masetti como periodista. Yo iba casi todos los días a Prensa Latina, sobre todo al archivo y a ver la llegada de los cables. Usted llegaba un día y lo encontraba en la sala central redactando, o verlo en la sala de máquinas recibiendo y transmitiendo; él recorría toda la Agencia. Era un periodista muy completo y sobre todo con mucho optimismo”.

La omnipresencia del Che

Recorrer Cuba tiene una particularidad para quienes venimos de estos pagos: decir que se es argentino tiene como eco la palabra “Che”. Toparse con Oscarito y no hablar del Che es como no aprovechar ese maravilloso encuentro o no permitirse escuchar ese eco en las charlas por la isla.

“Es bueno que se sepa que el Che era un hombre extraordinariamente culto, que muchas veces no se dice lo suficiente. Él, o estaba leyendo o estaba trabajando. Y quiero decirle que algunas veces él organizaba el combate, y hasta que no terminaba la cuartilla o la página no cerraba el libro. El Che era un lector incansable. Era un hombre muy, muy culto; indiscutiblemente. Y eso es lo que inspiraba, porque él no sólo era culto sino que también era un poco maestro. Camilo (Cienfuegos) se debe al Che. Camilo tenía las condiciones naturales, era valiente y simpático pero él que le creó el hábito de leer y de ser como fue, fue el Che; y además la amistad de ellos era como de hermanos”.

“Al Che le gustaba la poesía, le gustaban los poemas, algunos escritos hay de eso, pero para el canto era sordo y para el baile era cojo”.

El vínculo con el Che siguió por varios años pero Oscarcito ya no frecuentaba tanto Prensa Latina como antes: “Ya no disponía de tiempo, inclusive la niña de mis ojos, que era la ortopedia y la traumatología como médico, casi la tuve que dejar. La última gran cosa que hice en medicina fue Playa Girón, y entonces después me nombraron jefe del Estado Mayor del Ejército más grande de Cuba y por ahí me fui desviando poco a poco para lo que me necesitaban o para lo que yo podía aportar algo. De ahí tuvimos el Congo con el Che, que me fue llevando por distintos caminos”.

Varias décadas de historia y de vivencias se reflejan en Fernández Mel. Sus recuerdos están ahí presentes como si hubieran ocurrido hace apenas unos instantes. “Son cosas que me pasaron, que muy profundamente adquirí e hice con mucho interés”.

“Mi etapa como médico al lado del Che fue una etapa muy bonita, y el Che en cierta forma me cuidó, aunque yo también lo cuidé a él cuando tuvo la fractura en el codo en Cabaiguán y le puse el aparato, y él se lo quito cuando le dio la gana”.

“Todos los muchachos que traté me recuerdan y los recuerdo con mucho amor. Dese cuenta que estuvimos juntos no sólo en la Sierra Maestra con toda la invasión, sino en venir de la Sierra Maestra hasta Las Villas a pie, metidos en las ciénagas 47 días; eso nos tiene que aunar mucho a la gente”.

“Para no cogerme la entrevista para mí, quiero decir que si esa invasión se hizo se debe únicamente y exclusivamente a la autoridad, el cariño y el respeto que nosotros le teníamos al Che, porque hubo momentos que en realidad se pensaba que aquello no caminaba y era por seguirlo a él que eso se hizo”.

“Indiscutiblemente que el Che conmigo resolvió el problema de los heridos y ya él no se preocupaba, sólo preguntaba: «¿Adónde están los heridos?», y la respuesta era que ya estaban en camino. Y así fue como lo fui ganando, y me hice mucho más que un amigo, mucho más que un subordinado a él. Yo viví en la casa del Che hasta que me casé’. Me hice un amigo, un familiar, un hermano de la vida”.

Ya finalizado el almuerzo, en los patios del Hotel Nacional de La Habana, volvió a acercarse, preocupado acerca del poco tiempo de charla y si aún nos quedaban cosas para preguntarle.

“¿Su apellido va con dos eles?”, fue la inquietud, pensando en estas líneas que íbamos a escribir. Él sonrió, pasó su brazo por mi hombro y aclaró: “Mel, con una sola ele, sino deberé darle explicaciones a mi madre”.

Foto: Andrea Holgado

Un revolucionario polifacético

Nació en Colón, Cuba, un 24 de marzo –una fecha nefasta para los argentinos– pero de 1931. Oscar Fernández Mel excede por mucho la mera condición de médico. Su carrera revolucionaria lo llevó a ser uno de los primeros doce generales de Fidel Castro, a ocupar los cargos de jefe de Estado Mayor del Ejército de Occidente; jefe de los Servicios Médicos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR); viceministro de las FAR; alcalde de La Habana –entre 1976 y 1986–; jefe del Ejército Juvenil del Trabajo; director de un hospital e incluso dos veces embajador: ante Inglaterra, de donde terminaron expulsándolo, a causa de una operación montada por la CIA, y en Finlandia.

Pero de todo eso, nada es comparable con lo que más lo enorgullece: que el Che haya sido su padrino de bodas. Y en un viaje a la Argentina, hace más de una década, en una entrevista a un diario porteño, puso ese orgullo en palabras: “Para mí fue una gran satisfacción, porque él no era un hombre de actos protocolares”.

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