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Luisina Bourband acaba de publicar su primera novela, La vida breve de Sabanita. Su título encierra un homenaje a Juan Carlos Onetti, autor de La Vida Breve. Es legítimo en tanto tributo, pero si se hubiese tratado de acudir a un título que aludiera al contenido del libro, acaso hubiera correspondido llamarle Lo Siniestro, como el célebre texto de Sigmund Freud.

Es sabido que, en Freud, ese término refiere a una experiencia por la cual lo conocido se vuelve extraño, puesto que un objeto familiar de pronto provoca sentimientos de horror y de angustia. La tesis que formula el maestro de Viena al respecto es que, en esa experiencia, un miedo atávico, acuñado en la infancia y después reprimido, retorna en la presencia de aquello que nos es cercano e íntimo.

Es por ello que decimos que el título freudiano bien podría haber encabezado la novela de Luisina Bourband. Porque algo de eso hay –algo que es mucho, sin dudas– en lo que cuenta la narradora de La vida breve de Sabanita.

La historia que cuenta es la de una niña que fue ella misma, y que ahora, de adulta, se propone narrarla, contando asimismo el proceso de escritura de su relato. Dicho esto, debemos aclarar que en ese sentido puntual el texto de Luisina Bourband evoca al de Onetti, que también narra el proceso de su propia escritura, y se caracteriza –como bien señalara Josefina Ludmer– por basarse en una compleja dialéctica que simula desplegarse entre la realidad, la ficción y el sujeto que las articula.

Pero si nos permitimos sugerir que, desde el punto de vista del contenido, la novela bien podría haber portado ese nombre freudiano, es porque ese fenómeno de inquietante extrañeza, de mutación de algo familiar (heimlich) en algo siniestro (un-heimlich), es lo que domina y rige la perspectiva de la narradora.

Aunque lo siniestro no irrumpe de entrada, sino que se va desplegando, progresivamente, a lo largo de la narración. Lo que sabemos, en principio, es que la narradora de la novela se propone reconstruir la historia de su familia, compuesta por sus dos padres y sus tres hermanas. Y que para ello recurre a un método propio de la ciencia social, como es realizar una serie de entrevistas con el fin de conocer esa historia ignorada.

Sin embargo, a medida que el relato avanza, nos enteramos de que ese método es insuficiente, puesto que la historia familiar aparece plagada de huecos, de cosas no dichas o silenciadas.

Hay algo de paradójico en ello, porque la familia se aviene de buen grado a participar de las entrevistas, y el padre atesora una serie de objetos y documentos que podrían contar como un auténtico archivo para la investigación.

No obstante ello, ni las respuestas resultan satisfactorias, ni el archivo resulta perfecto, puesto que de él faltan algunos objetos significativos. Por ejemplo, un álbum, o una hoja de un libro de Historia.

La narradora nos hace saber, por medio de una serie de procedimientos que corresponden a distintos formatos y géneros –crónica, entrevista, memoria, relato– que sus padres fueron una pareja contradictoria, dado que por una parte exhibían un espíritu propicio a las experiencias artísticas, y por otra participaban de instituciones privadas como la Cámara Junior, que pretendía uniformar y normativizar la vida de sus miembros en sus relaciones o lazos sociales.

En ese contexto, situado en los años previos a la dictadura genocida, irrumpen en el relato dos hermanos amigos de la narradora, el menor de los cuales terminaría siendo uno de los treinta mil detenidos desaparecidos.

Pero en aquellos años infantiles e iniciáticos, la suerte de ese amigo, como tantas otras cosas, no era más que un enigma. No sería exagerado afirmar que ese enigma situado en la esfera de lo social termina por instalarse en el seno mismo de la familia: de ahí su carácter ominoso, o siniestro.

A lo largo de la novela, ciertas incógnitas como la del amigo perdido terminarán por develarse, mientras otras, relacionadas con la misma vida familiar, permanecerán irresueltas.

Sin embargo, esa no es la cuestión, sino otra. Porque más allá del hallazgo –o no– de una verdad comprobada, lo que cuenta es el esfuerzo, el trabajo de su búsqueda. La narradora actúa al modo más que de una investigadora, de una psicoanalista. Ante los restos del pasado, ante la evidencia de que hay sentidos no dichos, en vez de orientarse hacia el plano de los hechos objetivos, de los documentos y los testimonios, se orienta hacia las palabras de quienes dialogan con ella en las entrevistas. Y a esas palabras las oye, las interpreta, persiguiendo una verdad que no está del lado de las cosas reales, sino de las voces que de esas cosas le hablan.

A propósito de esto, vale recordar lo que sostenía Marthe Robert en su libro Novela de los orígenes, orígenes de la novela. Allí, la crítica francesa sostenía que, en tanto ficción, la novela no es más que una ilusión. Y que esa ilusión puede cobrar dos formas posibles, mostrándose francamente como tal, o invistiéndose con las formas de la vida.

Esa dualidad, según Robert, obedece a un deseo de cambio, pues al escribir el novelista pretende cambiar lo que es, o cambiar lo que es él mismo. Y ese deseo, según ella, tiene un origen, una fuente, en lo que Freud denominó novela familiar del neurótico, entendiendo por tal la fábula que los niños urden en la instancia de la resolución del complejo de Edipo.

Los niños inventan caracteres y aventuras de sus padres, que luego reprimirán cuando el Edipo sea resuelto. Pero esa novela familiar persistirá, dirá Robert –siguiendo a Freud– como contenido reprimido, para volver, triunfante, en el caso de los novelistas que encuentran allí la potencia creativa para escribir sus obras.

Plegándonos a esa línea argumental, podemos decir entonces que La vida breve de Sabanita no es otra cosa que la plasmación de una novela familiar, en la letra de una narradora adulta.

 

Fuente: El Eslabón

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