El jueves 4 fue la primera mañana sin Juane y empezó un poco antes de las 8. Ese día, desde la cama leí infinidad de mensajes, despedidas en redes sociales y medios de prensa de la ciudad.

Sé de su militancia, de lo imprescindible de su hacer y del periodista comprometido, pero merodea en mi sabiola los recuerdos de ese pibe que perdía todo; desde las llaves hasta un buzo o los documentos. Infinidad de oportunidades, entre ellas, después de los partidos de fútbol en la facu, me llevaba lo que se había olvidado él. “Loco, vos no agarraste mi buzo”, me preguntaba al volver a vernos con la esperanza de recuperar lo perdido.

La cantidad de mensajes y WhatsApp me atrapa a la cama. Uno más y me levanto, me digo. Pero surge un recuerdo, y otro. Y me acuerdo de cuando le recriminé que no tiró el centro atrás en aquella jugada, en una canchita, en aquel picado.

Y los almuerzos después de una mañana en la redacción, cuando se hacía cargo de la cocina. “Soy el que mejor cocina”, nos decía a Julián y a mí que apenas calentamos, hervimos y quemamos alimentos. Más tarde, me pedía que haga el café, diciendo que yo era el que mejor batía el soluble.

Y una cerveza en algún lugar, y un “dale Pecardo” para terminar de convencerme que teníamos que usar el quincho de la terraza de mi casa de Presidente Roca para hacer asados más seguido. Y no puedo levantarme.

Siento que la cama es el refugio, que levantarme implica comenzar a vivir sin Juane. Por un intersticio se filtra entre recuerdos –y me dio gracia reconstruir– su cara de boludo cuando lo gastaba con algo que le molestaba, la cual ponía sin decirme palabra. En otra fracción de segundo veo con cariño su millonésimo intento de peronizarme, que obstinadamente repetía cuando la ocasión se presentaba.

Hace calor o ya refrescó, me pregunto, y busco las ojotas alrededor de la cama para comenzar este jueves en que lo voy a despedir. Y surge, otra vez, el recuerdo de cuando se pasaba un rato largo caminando por las calles aledañas a la redacción porque no recordaba donde había dejado estacionado el auto, y me cago de risa. “Me convenía irme caminando”, le decía.

Aún habitan mi frezzer las latas que olvidó sacar a tiempo. Tengo ganas de que queden ahí como señal paradigmática de un instante compartido, pero sé que a él no le gustaría y Emmi, mi hija, reclamará espacio para su chocotorta. De repente me doy cuenta que estoy desvariando a partir de su ausencia y me critico por no poder salir de ese colchón, casi con bronca.

Las vacaciones en la costa que hicimos con nuestras familias y el viaje al campo de Vale, cuando se cayó del caballo con Juana, y aquella vez, y la otra. Y la cabeza se frenó, reflexionó y me di cuenta que hace como 25 años que andamos por el mismo sendero, sin muchos abrazos, con miles de discusiones, pero cerca, siempre cerca.

La puta digo, no me puedo salir de esta cama. Me propongo recuperar las fotos de mi casamiento para volverlo a ver y me quedo saboreando, como rumiante entre dientes que extrajo pasto de uno de sus estómagos, los inventos para pagar la imprenta cuando eso los resolvíamos nosotros dos, que de alguna manera era la forma de extrañar a Lafuente.

No pude pensar cuánto vamos a necesitar a ese referente de los DDHH para hacer una patria en la cual quepamos todos, lo único que supe esa mañana es que voy a extrañar a ese compañero de la facu con el que coincidí en el sendero. También me quedó claro que no tenía que levantarme, que las vísceras o el corazón o no sé qué carajo me pedía a gritos que me quedara moqueando. Y abracé la almohada el rato que hizo falta.

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Un comentario

  1. veronica

    18/03/2021 en 14:52

    muy lindo y emotivo el recuerdo de Juane fuerza a sus compañeros de vida una gran perdida siempre en nuestro corazon .

    Responder

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