Observa cómo le acerca el libro, empujándolo apenas con la punta de los dedos sobre la mesa del bar.

—¿Te gustó?

—No pasé de la segunda hoja, es aburrido.

—Y sí, Hesse puede ser un poco denso, se apresura conciliador.

—Mañana me voy, viajo a ver a mis viejos —dispara ella.

—¿Cuándo volvés?

—No vuelvo, recibí una propuesta de trabajo, allá en Buenos Aires.

Traga saliva, indaga en los ojos negros, pero no encuentra nada, no hay afecto, ni simpatía, ni siquiera una migaja de esperanza, lo que había existido, o creía que había existido, ya no está. Lidia se incorpora y cierra su campera con movimientos impacientes.

—¿Ya te vas?

La mujer se arregla el pelo mientras le dedica un guiño amarrete, apenas un temblor de párpados, se levanta, camina hacia la salida. 

—¡Chau, cuidate! —murmura por sobre el hombro antes de desaparecer de su vida. La mano de Alberto ensaya un gesto de despedida que se disuelve en el vacío. Después, avergonzado, trata de disimular recorriendo los bordes del libro, desde su portada el lobo de la estepa lo mira crítico. Termina el café de un trago, tiene gusto a chapa oxidada…, a sangre, el viejo bar ahora le parece sucio y ajeno, el sol de enero que se descuelga entre dos edificios explota en su espalda, se sofoca, gotas de sudor resbalan por su frente y mojan el osito de paño, la habitación está a oscuras, pero algunos rayos de luz se filtran y dibujan formas caprichosas en la ventana, desde la cama ve un duende chiquitito saltando de uno en uno los listones de la persiana, aparecen un conejito y un payaso con bonete que tropieza y cae, Albertito ríe a carcajadas, la puerta de la habitación se abre y la mano de su madre le acaricia la cara 

—¡Este chico está ardiendo de fiebre! ¡Hay que llevarlo a la guardia! —está sentado en la camilla, hay estantes con frascos y un escritorio metálico, el olor a desinfectante le hace picar la nariz, un médico de guardapolvo arrugado sentencia con voz grave: 

—¡Es neumonía! —mientras agita una placa que entona truenos lejanos, es una lámina negra, cruzada por estelas lechosas que parecen el rastro que dejan los aviones al trepar por el espacio vacío, a través del cristal curvo de su lata cósmica contempla cómo agonizan estrellas, planetas y satélites atrapados, como él, por el devorador del universo y Alberto, Capitán Beto sin anillo, se mece hipnotizado en la cornisa del agujero negro, huele el pasto recién cortado, escucha el viento entre los árboles, y una voz que le dice: 

—¡Ya se durmió mi bebé!, mi Tito pequeñito, feliz de la vida tomando sol en el jardín, bien abrigado con su gorro de lana blanca que le llega hasta los ojos. ¡Divino! ¡Si hasta parece un astronauta!

Publicado en el semanario El Eslabón del 30/5/26

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