Yo no sé, no. Esa tarde Graciela y Laura tenían una sonrisa de oreja a oreja. Andaban con una palita y un rastrillo. “Nos vamos para la canchita. La vamos a limpiar”, dijeron. Querían sacar todas las malezas que frenaban la pelota y lastimaban las piernas. Se lo dijeron a las otras chicas. Sabían que iban a empezar a usar la canchita que usábamos siempre los varones y propusieron que ellas arrancaban con la limpieza y después la tarea se compartía. “La vamos a dejar una pinturita”, decían. Ya tenían ganas de jugar. Primero sería entre ellas; después, quién sabe, capaz que con el tiempo pintaba un fulbito mixto.

José también salió con una pequeña pala y una zapita, de esas para cortar los yuyos de los bordes. “Voy a limpiar alrededor de los bretes donde voy a pescar”, decía. Quería sacar piedras y todo lo que molestara porque, cuando llovizna y más en este otoño, la cosa se ponía peligrosa. Si despejaba bien el lugar, podía llegar mejor a las posiciones donde le gustaba pescar. “Le voy a hacer una limpieza de aquellas”, prometía.

Tiguín, por su parte, estaba haciendo una changa. Limpiaba y engrasaba todos los engranajes de una chata medio vieja. “Lo principal es que estén limpios y bien engrasados para que esto funcione como la gente”, nos decía mientras metía el pincel y las manos en una lata de grasa.

Mónica y María se habían ido para el otro lado de Acindar. Estaban limpiando un patio porque la abuela de la Moni les había dado permiso para hacer una juntadita, un asaltito, con música no muy alta. Pero “limpien todo”, les dijo. Así que se fueron a poner en condiciones el patio donde en quince días nos íbamos a juntar todos, con gaseosa, algo para picar y buena música.

Pií y Tamba habían agarrado una changuita: limpiar un par de techos y tapar agujeros. Pronosticaban lluvia y había que evitar las goteras en unas casillas con techos de chapa y otros que ni siquiera tenían cielorraso. “Lo vamos a limpiar bien y le vamos a buscar la vuelta para que no haya goteras”, decía Pií mientras encaraba con unos tachos y unas escobas para la changuita.

Manuel, por otro lado, decidió que ya era hora de limpiar la jaula de los conejos. “Si los conejos tienen limpia la jaula, capaz que la reproducción es más rápida y dentro de poco tengo más conejitos”, decía. Así que se propuso dejar impecable el nidito de amor.

Carlos y otro flaco con el que había trabajado en una metalúrgica estaban limpiando un galpón. Lo habían alquilado y querían probar suerte. “Lo limpiamos bien y ponemos un tallercito. Está saliendo laburo y la metalúrgica está funcionando. Hay que ponerle pilas y tener el lugar en condiciones. Así que en eso estamos”, y empezaron por una limpieza general del galponcito.

Raúl estaba en la canchita con un cuadernito en la mano. “El cuatro no va más. El ocho, más o menos. Y me parece que el nueve también. Si hago una limpieza en el equipo agrego a otros, para que éstos se pongan las pilas”, decía. Estaba decidido a hacer la limpieza y agregar algún refuerzo. “Sin una pequeña limpieza el equipo no funciona”, repetía.

Mientras tanto, el Huguito limpiaba con un cepillito su yo-yo Russell. “Hay que mantenerlo limpio, que no tenga tierra ni basuritas para que el hilo funcione y suba y baje como la gente”, explicaba mientras manipulaba ese cepillo.

A las ocho y chirolas estábamos cerca de la plaza cuando vimos a doña Rosa limpiando una mesa y cambiando el mantel. A esa hora arrancaba otro turno de pan casero, algunos con grasa y otros con chicharrón. La mesa estaba tan limpia que daban ganas de sentarse al lado de ella a tomar unos mates.

Al rato pasaron unos trabajadores, varios metalúrgicos que venían contentos. Según ellos, el escrutinio provisorio había limpiado a la dirigencia del sindicato. “Hay que moverlo, hay que mover la estructura desde las bases”, decían. Y para eso, según ellos, había que limpiarlo a puro voto. Aparentemente, los números indicaban que esa limpieza ya había empezado.

Al rato sentimos los pasitos de la pequeña Susi que llegaba. Había conseguido permiso para venir a la plaza porque había limpiado de hojas todas las veredas de la casa, incluso la del vecino. Y de pronto dijo: “Están todas”. Cuando la miramos, Susi estaba mirando al cielo. “Están todas las estrellas, están todas”. 

Un buen viento de junio había despejado las nubes amenazantes y había dejado el cielo limpio. Tan limpio que se podían ver todas las estrellas. Y para la pequeña Susi, efectivamente, estaban todas. Estaban todas.

Foto: Boletín Enredando

Publicado en el semanario El Eslabón del 6/6/26

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