Se sabe que las publicaciones que analicen el arte local no suelen abundar. Más aún cuando hablen de autores y autoras del tiempo presente. Por lo tanto, nunca mejor recibido Un círculo que se abre. Arte contemporáneo en Rosario editado por la Asociación mutual del personal Grupo San Cristóbal en el que colaboran Clarisa Appendino, Nancy Rojas, Benedetta Casini y dirige Alfredo Daniel Cherara.

La antología genera esa vieja emoción de álbum de figuritas por completar. Uno va adivinando los nombres o arriesgando filiaciones y genealogías y, en caso de no conocer a tal o cual autor, se maravilla con los nuevos hallazgos que encuentra.

Un círculo que se abre reúne un elenco diverso en todos los aspectos: desde las propuestas conceptuales hasta los materiales y soportes de los que cada artista se sirve. Doce autores y autoras que reflejan muy bien un panorama recortado del arte actual en la ciudad. La selección que sirve de muestra funciona como una circunferencia que obviamente podría abrirse y expandirse mientras que se recurre a la figura del nudo que se retuerce y se reconecta brindando estructura al texto, enlazando imágenes y palabra escrita.

Como una mirada fugaz por la colección nutrida de una pinacoteca, las obras de Diego Vergara se abren paso al espectador. En sus lienzos, la pintura adquiere un sentido abarcativo y su densidad histórica se muestra en toda su complejidad. Esto se aprecia, por ejemplo, en esos trazos gestuales entre los que se adivina una “figuración desmembrada”, como bien dice el texto. Los detalles que el espectador va descubriendo podrían corresponder a etapas indefinidas de la historia del arte que, sin embargo, no alcanzamos a precisar.

La operación de Mariana De Matteis, más vinculada al espacio y a la escultura, tiene como punto de partida la pieza museística. En sus series de objetos, la materialidad y la perdurabilidad se interpelan. Si, por un lado, la arena con la que “envuelve” los elementos cotidianos hace pensar en la fugacidad, por otro, la impronta de las telas suspendidas sobre estatuas invisibles nos habla de una sustancia inalterable pero inasible.

Vico Bueno aborda en sus pinturas de paleta atempera y tonos verdosos y rojizos temas cargados de intimidad. En sus cuadros, las transparencias y la evanescencia de los objetos contrasta con la aplicación matérica del óleo. Una especie de paradoja que remite directamente a los artilugios de la representación.

En sentido contrario, Medianeras (dúo formado por Analí Chanquía y Vanesa Galdeano) se vuelca al espacio público, lugar en el que sus enormes murales coloridos juegan con las anamorfosis, la monumentalidad y el diseño.

Las fotos y videos de Mauro Guzmán ponen a la figura humana en un lugar protagónico. Al pasar las páginas dedicadas a este artista, es imposible dejar de pensar en la teatralidad del barroco y, al mismo tiempo, en el arte pop, en el kitsch y en la estética queer. En sus escenificaciones lo erótico nunca deja de estar presente y los juegos visuales por momentos hacen pensar en las películas de serie b y sus efectos especiales ingeniosos.

En sus series fotográficas, Ximena Pereyra intenta recrear poses y gestos de un antiguo álbum familiar. En estos trabajos, el ensayo y repetición de encuadres y tomas le permiten reconectarse de una manera íntima y corporal con el momento de exilio de sus padres. Esta continua ficcionalización la coloca como protagonista y a la vez espectadora del momento pasado.

En un acto igualmente reparatorio, el colectivo de fotógrafas Camarada nos brinda un instructivo para preservar nuestras viejas fotografías analógicas. Para ello recurre a la imagen de la caja de zapatos como equivalente de un cofre del tesoro en que la evidencia del recuerdo se vuelve invalorable.

Derivas de mar y de río, veleros que el viento lleva y botellas que la corriente esparce son figuras recurrentes de la obra de Pauline Fondevila. Su continuo deambular de náufraga, repitiendo motivos y frases, retomando viejas canciones cantadas con emoción, hablando de la soledad y de la angustia, siempre la encuentran con un papel a mano. La acompañan, como es debido, sus colegas de ayer y de hoy: las artistas a quienes llama a integrar sus obras y de cuyas imágenes se sirve para construir sus propios dibujos.

Aún se sienten vestigios de la pintura moderna en las piezas de Carlos Aguirre. Sus obras recuerdan al arte concreto e incluso a autores como Juan del Prete pero a diferencia de la, a veces opulenta, tradición pictórica argentina, los materiales de sus obras son modestos. En sus collages los envoltorios, retazos de madera, hilos y una cantidad enorme y sorprendente de materiales de descarte se disponen meticulosamente sobre planos que nunca son neutros.

La propuesta de Fede Gloriani involucra ciencia y técnica. Su producción diversa y compleja, llena de diagramas y aparatos funcionales y obsoletos, hace pensar en los antiguos radioaficionados y en el meticuloso trabajo del modelismo y las maquetas.

Mimí Laquidara desarrolla en su obra una serie de señalamientos que, desde diversos dispositivos, apuntan y dirigen nuestra atención a todo un mundo de formas sencillas y ordinarias. Estos señalamientos recortan la realidad y resignifican nuestra percepción. Ese proceso de descontextualización hace que uno se quede fascinado mirando la línea precisa y continua del contorno de un clip.

Luis Rodríguez multiplica el espacio en miles de fragmentos con sus trozos de espejos dispersos en la pared e insiste en repetir con sus marcadores de colores y sus lápices, el efecto del material sobre la superficie. El resultado: una obra que lleva al límite su materialidad sin perder una estructura y un ritmo que resultan hipnóticos.

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