Víctor Vargas reconstruye en el libro Mi Sangre yagán, a través de un relato familiar, la historia negada del pueblo originario fueguino que incluye además la invención de su exterminio.

“Cuando era pequeño empecé a conocer la forma de vida del pueblo yagán, al que pertenezco. Nosotros no decimos «descendiente», porque somos el pueblo hoy. En la escuela decían que no había más yaganes, por eso me preguntaba ¿quién soy yo?”, cuenta a El Eslabón Víctor Vargas Filgueira, autor del libro Mi Sangre yagán (ahua saapa yagan). Movilizado por las contradicciones del discurso oficial remarca: “Siempre quise contar mi propia historia, desde el punto de vista de nuestro pueblo, juntar los manifiestos de los abuelos y demás».

El escritor de Ushuaia publicó su libro en la Editora Cultural Tierra del Fuego, en 2017. El personaje de la narración es Asenewensis (bisabuelo de Víctor), testigo de la invasión del hombre blanco al Onashaga (Canal de Beagle). Su investigación relata la historia desde finales del siglo XIX hasta la segunda década del XX. Además de ser escritor, Víctor es artesano de la cultura yagán, reconocido creador de piezas en cuero y primer consejero de la comunidad.

 “A través del testimonio de nuestras abuelas, mi madre, y mujeres, sumado al estudio realizado durante toda mi vida, comprobé que la historia no era la que se contaba”, destaca Vargas.

Hace unos 6 mil años, llegaron a esos territorios y sus aguas los yaganes. Es la zona de cordillera hundida en mares y de la que surgieron los archipiélagos, conocidos como “los del fin del mundo”, pero para otros son los del “comienzo del mundo”. 

Esos mares bravos y congelados fueron navegados por rústicas canoas entre las ásperas rocas que conforman las costas con las diversas fisonomías como acantilados, ventisqueros o playas con ventosas orillas que desaparecen al subir la marea.

Bahía profunda

En el territorio se instalaron grupos de cazadores y recolectores nómadas. Eran los onas o selkman, y los yamanez o también conocidos como yáganes, más al sur, en franjas costeras del actuales del canal Beagle, en la Isla Navarino y en los estrechos que recorrían y navegaban hasta el cabo de Hornos.

El nombre Ushuaia halla sus orígenes en el idioma yagán y significa “bahía profunda” o “bahía al fondo”. Hasta la ocupación blanca en 1884 se llamaba “Oshowia”. Cruzando el canal Beagle, desde Ushuaia, se llega a Puerto Williams, capital de la provincia Antártica Chilena, ubicada al norte de la isla Navarino. Esta localidad disputa con la argentina el título turístico de ciudad más austral, pero desde este lado sostienen que la capital fueguina es una ciudad hecha y derecha mientras que la población chilena se trata de un asentamiento administrativo militar, con sólo unos 2 mil habitantes fijos.

En tanto, Víctor –además guía turístico del Museo del Fin del Mundo– admite que, al llegar su libro a las bibliotecas escolares de la provincia, espera que ayude a no olvidar los orígenes. Y reivindica a los abuelos del pueblo “por tanta sabiduría y así poder aprender muchísimo de la vida”.

El relato colonialista mostraba cientos de fotografías que divulgaron los científicos. Las imágenes de indígenas fueguinos tomadas con la visión europea acentúan su desnudez, precariedad y primitivismo. Las fotos enfocan el dolor, las peripecias de la sobrevivencia en ese clima crudo. Pero fue la llegada del blanco la que trajo el sarampión, la tuberculosis y las enfermedades venéreas que no eran conocidas en estas regiones, como así también las bebidas alcohólicas.

Desde 1826, el capitán Fitz Roy y el científico Charles Darwin arribaron en la corbeta Beagle para investigar la zona. Sospechados de espías de la corona británica, también se llevaron a cuatro nativos para “intervenirlos” con la culturización y evangelización, que luego se expandría por todo el territorio.

Reconocimiento de derechos

El Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI), a cargo de Magdalena Odarda –organismo descentralizado del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación– inscribió en marzo pasado la personería jurídica de la comunidad indígena yagán Paiakola, de Ushuaia. “Este reconocimiento legal constituye un gran logro para la comunidad yagán, ya que significa un instrumento jurídico, herramienta para garantizar sus derechos”, dice Víctor.

Cabe destacar que a la vez se están realizando las gestiones necesarias para llevar a cabo la restitución de los restos de Maish Kensis y otros tres miembros del pueblo yagán –actualmente en poder del Museo de la Universidad de La Plata– a la comunidad indígena de Bahía Mejillones de Puerto Williams. La restitución se realiza desde el Programa Nacional de Identificación y Restitución de Restos Humanos Indígenas del INAI, en conjunto con el gobierno de Tierra del Fuego, la Embajada chilena y la comunidad. 

Víctor estima que en Puerto Williams viven unos 4 mil yaganes y en Ushuaia 350 descendientes.

El ancestral grito

Las lenguas son base de la identidad, la divulgación del pasado y preservación de relatos orales de los ancianos. Desde hace años, los medios anuncian con letras catástrofe: “Lola Kiepja falleció el 9 de octubre de 1966, en Tierra del Fuego, fue una chamana y cantante selk’nam” (Diario El Pingüino).

O también: “El 18 de octubre de 2020 falleció Martín González Calderón (67) dirigente de Puerto Williams y de la comunidad de Bahía Mejillones” (El Sureño.com). 

“Leímos durante mucho tiempo historias que hablaban del «último yagán» o «el último hablante del yagán». Pero hoy podemos decir que están vivos en nosotros y en la memoria de la comunidad”, advierte Víctor.

José Luis Alonso Marchante, en el prólogo del libro, resalta que “es un pueblo que se atreve a escribir su propia historia y que no está dispuesto a permitir, nunca más, que otros relatan su pasado”.

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