Sin siquiera imaginarlo, bajo una balacera pierden al compañero de clases con quien soñaban terminar la secundaria. De un día para otro se tienen que mudar de barrio porque le piden la casita bajo amenaza de muerte, y en esa corrida se van también los hijos de la escuela. No hay horarios para los tiros. Hay temor en las familias de que sus hijas e hijos caminen solos unas pocas cuadras para ir o volver de clases. Las maestras aseguran que, antes, cuando salían a recorrer las casas de sus alumnas y alumnos a lo sumo temían que las mordiera un perro; y ahora la “tranquilidad” pasa por no llevar nada encima. Y que hoy no sólo se encuentran con un niño que tiene sus necesidades más básicas sin resolver, sino que además le mataron a su mamá en la cara. Solamente en enero de este año, se registraron 24 homicidios en el departamento Rosario, la cifra más elevada desde 2016 ¿Cómo pensar la educación en esa realidad donde la violencia es lo cotidiano? Dos educadoras que enseñan en escuelas de Rosario y un docente de la universidad pública opinan que la clave está en escuchar, contener, abrir la escuela lo más que se pueda y saber que “el enemigo de la educación es la idea de lo definitivo, de la determinación total, de la impotencia, de lo irreversible”. Y que “desde hace varios años a esta parte rescatarle un pibe al sistema es una gran victoria y una gran batalla”.

Sólo para graficar una de las maneras de expresarse de esa violencia territorial: en el departamento Rosario se registraron 24 homicidios en enero de este año, la mayoría en la ciudad de Rosario (17 de ese total). Es la cifra más elevada desde 2016. La mayoría de las víctimas son varones de entre 15 y 19 años; y en casi un 5 por ciento de esos homicidios la víctima no era la destinataria directa del ataque. Los datos surgen del reporte de enero 2022 elaborado en forma conjunta por el Observatorio de Seguridad Pública y el Departamento de Informaciones Policiales D-2, ambos pertenecientes al Ministerio de Seguridad, y por el Ministerio Público de la Acusación. Se vale de información de fuentes policiales, judiciales y de efectores de salud. Lo que pinta de febrero no mejora para nada ese panorama. 

Un reporte similar –elaborado por los mismos organismos– señala que de las 87 personas reportadas como heridas con armas de fuego, en enero pasado en el departamento Rosario, 82 corresponden a la ciudad de Rosario. También las víctimas son mayormente jóvenes y varones. Además, el informe detalla que “la cantidad de personas heridas por armas de fuego en enero de 2022 se ubicó entre las más elevadas desde enero de 2019, por encima del promedio mensual de los últimos tres años”. 

En esos números hay nombres propios, historias de vida. Están las escuelas, las chicas y los chicos, sus familias y las docentes directa o indirectamente afectadas. Con frecuencia aparecen mensajes de dolor en las redes sociales despidiendo a una o un estudiante asesinado o alguno de sus familiares. O se conoce lo inédito de la noticia de que se baleó el frente de un establecimiento escolar ¿Cómo pensar entonces la escuela? ¿Cómo pensar la tarea de enseñar? 

Estoy para escucharte, para mí sos importante, contás conmigo”. Eso es lo primero que Daniela Castaño intenta transmitirle a cada niña o niño de su escuela. Desde hace seis años trabaja en la Escuela N°1326 Maestro Sergio del Coro, de Solís 191, en barrio Ludueña. Habla de la escucha atenta para generar vínculo y confianza, la base para que suceda la tarea educativa, también para que la palabra tenga su lugar de relevancia. “Desde ahí parto, porque considero que después es desde donde podés avanzar en lo pedagógico”, dice.

Daniela sabe que esa no es una tarea solitaria, por eso se afirma en lo colectivo, y asegura que “toda la institución está en el afán de trabajar en ese sentido”.  

Pero la realidad en la que deben llevar adelante esas premisas y estrategias no le hacen las cosas sencillas. Genera dolor, inseguridad y angustia en el trabajo docente. “Los relatos que escuché el año pasado me afectaron muchísimo”, confía Daniela. 

Repasa que en los seis años que lleva en esa escuela, en dos oportunidades tuvieron que entrar a los chicos a las aulas por los tiroteos que había en el barrio. A eso se suma la angustia de ver que ya no solo se trata de atajar los problemas que llegan con la pobreza sino también con la violencia y la inseguridad.

Ahora nos encontramos con otro niño que no solamente viene con esa carga de  necesidades básicas no resueltas, sino también con traumas como el de haberle matado a la mamá en la cara. Por más que busque mostrarle otras realidades, cómo le decís que puede transformar la suya si está totalmente traumado por eso”, pregunta Daniela en voz alta.

Asegura que toda la escuela –con la directora al frente– está todo el tiempo trabajando preocupaciones como las de inseguridad y salud, pero “a veces se nos trunca el camino, porque ya escapa a nuestras manos”. Reconoce entonces que si bien han pasado tiempos de mucha violencia, “ahora es un nivel bastante alto que no lo hemos atravesado nunca”.

También habla de los tiempos de las instituciones del Estado, que no están en sintonía con las urgencias de lo que las escuelas necesitan, y es cuando se les hace difícil remar el día a día.

La maestra de Ludueña se planta en la meta de demostrarles a las niñas y a los niños que son importantes, que tienen que vivir su infancia, y también a reconocerles “esas ganas de aprender, porque, más allá del contexto, siempre pueden aprender”.

Escuchar y contener

Cristina Jelonche es vicedirectora de la Escuela María Madre de la Civilización del Amor (Uruguay al 4000, casi Avellaneda). Coincide con Daniela en poner a la escucha y la contención como pilares fundantes de lo que después transcurra en el aula. Una tarea que además considera recíproca:Como muchos temas que hay que abordar en las escuelas están los urgentes, los importantes, los que ya se vencieron antes de ayer y que estamos llegando tarde. Por eso lo que podemos hacer es trabajar, conversar y aprender con las familias”.

Cristina dice que las balaceras en el barrio que rodea a la escuela “son constantes y no hay horarios”; y de paso agradece al cielo que todavía no hayan baleado el frente de la institución como pasó a fines de 2021 con dos establecimientos educativos de la ciudad. Un hecho que nadie olvida. 

Directa o indirectamente esos hechos violentos afectan a quienes transitan la escuela de barrio, desde vecinos, conocidos o familiares de sus alumnas y alumnos. Muchas familias se tienen que ir, y casi como a escondidas piden el pase de sus hijos para otra escuela. Algunas porque son amenazadas, otras porque les piden las casas y les dicen que si no las dejan los van a matar. “Esa es la realidad que venimos viviendo desde antes que empezara la pandemia”, admite Cristina.

La docente asegura que en estos dos años estos hechos de violencia se hicieron visibles en los medios, a través de las balaceras, pero que vienen de antes de la pandemia, en todo caso ahora se agudizaron.

Lo que intentamos desde la escuela es contener –dice la vicedirectora– lo que deriva de todas esas situaciones y se expresa en las aulas”. La María Madre Civilización del Amor cuenta con el apoyo de una trabajadora social, pero “no da abasto” con tanta problemática por atender.

Para pintar cómo ha cambiado la radiografía de Rosario, Cristina cuenta que mucho tiempo antes –lleva 24 años de trabajo en la docencia–, al inicio de su carrera, cuando salían a visitar las casas de sus alumnas y alumnos “no había más riesgo que el de un perro que te mordiera. Hoy en día es otra realidad. Y aunque la gran mayoría nos siga respetando, caminar tranquilas por el barrio es hacerlo sin nada”. 

La violencia se sufre en lo más cotidiano, como ir o volver de la escuela aunque quede a pocas cuadras de los hogares. “Las mamás tienen miedo de que sus hijos vayan o vuelvan solos. Es muy difícil salir a trabajar y tener que ver quién los va a ir a buscar”, agrega la vice.

Cristina reconoce que a la escuela se le pide todo, y que el Estado a veces hace agua ante estas demandas. Pero también sabe –afirma– que la escuela es parte de ese Estado. 

¿Cómo resolvés los problemas que se te presentan? ¿Qué herramientas tenemos nosotros para resolverlos?¿Hay instituciones que nos pueden ayudar? De esa manera se van abordando los problemas. Claro que hay casos donde se te queman los papeles”, admite la docente.

Para Cristina la fortaleza de la tarea pedagógica está en el trabajo por proyectos, en redes y en equipo. Nunca solas. 

La mirada emancipatoria

Allí donde todo es violencia, nada es violencia porque no hay registro del límite transgredido”. Es uno de los primeros principios fundantes para pensar toda tarea educativa que marca el profesor de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) Gustavo Brufman.  

Brufman es director del Centro de Estudios, Investigación y Documentación Educativa Simón Rodríguez, que funciona en el ámbito de la Facultad de Humanidades y Artes (UNR); docente de Ciencias de la Educación y parte del Consejo de Investigaciones de la UNR. También tiene una larga trayectoria militante con las infancias de la barriada de Ludueña, en toda la década del 90, y aún después de 2001. Allí trabajó junto a Pocho Lepratti. 

El educador habla de la necesidad de volver a construir relaciones con las pibas y los pibes golpeados por la violencia cotidiana. “Hablamos de primeras infancias que buscan espacio, lugar, constitución subjetiva en marcos de profundo dolor y deterioro. Hablamos de heridas muy profundas que atacan la propia subjetividad infantil desde la primera hora”, dice, y expresa: “Es muy difícil pensar en desandar ese camino si los educadores no logramos anclar e intervenir fuertemente a partir de refundar el vínculo con ellos”.

Otro punto que señala Brufman en este desafío es salir al rescate, hacer visibles “esas experiencias pedagógicas que se dan en las fronteras escolares” y que muestran cómo las infancias buscan “su modo de sobrevivir en medio del dolor”. 

El educador afirma que es sustancial “apuntar a la invención, a la posibilidad de crear la singularidad de cada chico, de cada chica, de cada historia de vida; para establecer puentes y cada quien pueda encontrar un nosotros. Y por qué no nosotros –docentes– también”. 

Dice que “poner en palabras mediatiza la posibilidad de que todo sea un acto compulsivo, que medie representación, y que no todo sea una acción que brota sin explicación”. De allí que defiende lo central que es que “aparezcan diversas formas de narrativas de sus historias de vida y que podamos como educadores estar abiertos a poder escucharlas, y permitan subjetivarse de otra manera” 

Para Brufman se trata de no perder ese optimismo indispensable, esa mirada esperanzadora y emancipatoria que tiene el acto educativo. Lo dice de manera directa y desafiante, también a modo de invitación para no dudar en qué lugar de educadora o educador pararse: “El enemigo de la educación es la idea de lo definitivo, de la determinación total, de la impotencia, de lo irreversible”.

Convoca así a pensar que la educación requiere de nuevas narrativas y lenguajes donde anclar. “Históricamente nos formamos con un ideal de totalidad de escuela que representa el futuro, el desarrollo, que hoy no existe. Desde hace varios años a esta parte, rescatarle un pibe al sistema es una gran victoria y una gran batalla. Dejamos de ser el eje central y pasamos a ser habilitantes, posibilitantes para que ese pibe o esa piba puedan construir otra historia”.

Y para dar esa batalla –opina el docente e investigador–, “en lugar de cerrarse en sí misma, la escuela debe abrirse todo lo que pueda”. De eso se trata la pedagogía de frontera: “Aún en los lugares más violentos, dolorosos y terribles existen microexperiencias de gente de la barriada que en su padecimiento y en su necesidad de sobreponerse busca, encuentra, resiste y se vincula”.

Brufman afirma que “el mayor resguardo es habilitar el mayor contacto con la gente con la que trabajamos. No al revés, de cerrar la puerta detrás nuestro. Porque eso fortalece la debilidad”. También que “la posibilidad de configurar un nuevo nosotros, aun en las condiciones de dolor, es un andarivel posible para afrontar todo este escenario”.

Uno de los reclamos más escuchados, cuando se discute cómo enseñar en estas realidades atravesadas por la violencia narcocriminal, es demandar la presencia del Estado. El profesor Brufman prefiere responder con una indirecta al planteo: “Hay ausencia del Estado porque está demasiado comprometido. Este es el punto ¿De qué tipo de ausencias estamos hablando? Estamos ausentes para determinadas cosas que deberían ser las funciones históricas del Estado. Pero, ¿de qué Estado estamos hablando?”.

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