En estos días aparecieron una serie de pintadas en Rosario, la primera de ella en el Barquito de Papel de Parque Norte -lugar ciertamente icónico de la ciudad-, y después en el frente de diversos edificios públicos, como la Municipalidad, la Catedral y la sede del Gobierno Provincial. Decían, palabra más, palabra menos, «Plomo y humo, el negocio de matar», asociando en un único vocablo -negocio- dos acciones criminales que los habitantes de Rosario venimos padeciendo desde hace mucho tiempo: la quema de pastizales en las islas, y los asesinatos de infinidad de rosarinos, muchos de ellos niños y adolescentes, en las zonas calientes de la ciudad, en principio -aunque quizás no excluyentemente- por el accionar narco.

El slogan, o lema, como se prefiera, expresa de manera contundente el denominador común de esas dos especies de muerte que nos asolan y destruyen sistemáticamente. Ante ello, hubo una respuesta aberrante por parte del secretario de Gobierno de la Municipalidad, que atribuyó esas pintadas a «grupos mafiosos de la política mafiosa», reclamando su esclarecimiento y sanción para los responsables de su inscripción en el espacio público.

Sin precisar quiénes serían esos grupos, pero dejando todas las pistas necesarias como para que la interpretación de sus dichos se oriente hacia sus rivales políticos en la ciudad, la provincia y la nación, el funcionario actualizó, como tantas veces se hace, el discurso represivo-dictatorial de la derecha argentina, que clama siempre reclamando castigo cuando los actores del campo popular se manifiestan.

Pero más allá del arranque fascistoide el mencionado secretario, el acontecimiento supone una veta ciertamente interesante, en estos tiempos de pasividad política por parte del movimiento popular. Una pintada, o varias pintadas, como se prefiera, logran impactar en el imaginario ciudadano, provocando una conmoción que revela el exabrupto del funcionario del gobierno municipal. Ello significa que el mensaje inscripto por un grupo de activistas sobre las paredes rosarinas ha provocado efecto: se trata, por cierto, de un verdadero acontecimiento -tal como lo llamaría el autor del descomunal y decisivo tratado intitulado «El Ser y el Acontecimiento»- que no pudo ser previsto por nadie, pero que, una vez ocurrido, genera efectos inconmensurables, que reconfiguran por completo la escena política, social, cultural e histórica previa.

Porque de ahora en más, una palabra proferida sobre la escena pública nombra, como no fue nombrado antes, un estado de cosas intolerable e inaceptable.

Por ello, ninguna reconvención, amenaza o acción punitiva podrá desalojar del imaginario ciudadano lo que ha sido dicho como nunca se dijo, poniendo en evidencia para la conciencia de la comunidad el carácter mercantil de la muerte ecocida y de la muerte narco.

¿Servirá el acontecimiento para poner límites al accionar de esos señores de la muerte en nuestra ciudad?…Probablemente no, pero puede ser una bisagra, un momento de salto, que permita canalizar positivamente el malestar ciudadano.

Y, para terminar, una pequeña reflexión. En la historia política de este país -seguramente como en la de muchos otros- las pintadas callejeras, los graffiti, fueron durante gran parte del siglo pasado un excelente instrumento para expresar el discurso resistente de los sectores populares. El peronismo en sus años de proscripción y exilio de su líder, supo utilizar con maestría esos recursos de la comunicación popular, que llegó a su cenit durante la campaña del «Luche y Vuelve» a principios de los años setenta.

Eran tiempos anteriores a la revolución digital que alteró de raíz las formas de la comunicación social que pasaron, desde los años noventa del siglo pasado, a estar regidas por los dispositivos electrónicos e informáticos. Como es sabido, con esos dispositivos llegaron las redes, que a su vez posibilitaron nuevas formas de comunicación y agitación popular, de la que los académicos suelen proponer como paradigma la llamada «primavera árabe».

Ello hizo suponer a muchos que la mediatización operada por las redes venía a suplantar la mediatización más elemental y directa que suponían las pintadas callejeras. Pero lo que acabamos de vivir en Rosario nos demuestra que para nada es así: una buena pintada, hecha con creatividad estratégica, termina siendo replicada, y multiplicada exponencialmente, por las redes y los medios de comunicación electrónicos.

Lo cual demuestra que los aerosoles, como la vieja tiza o carbón, mantienen una vigencia absoluta, para dolor del funcionariado que se lamenta, sangrando por la herida infligida a su neoliberalismo oligárquico.

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