Yo no sé, no. Una mañana de un sábado de agosto íbamos seis en un bondi rumbo al Saladillo, medio dormidos, y el único que sabía dónde sería el partido iba durmiendo de tal forma que sus párpados parecían que habían clausurado por largo tiempo la visión de José, el que había arreglado el encuentro contra un equipo de la zona de la bajada Mangrullo. Mientras tanto, sólo dos, los que estaban despiertos y atentos, mostraban su preocupación porque aparte de saber bien el paradero de la cancha teníamos que encontrar a los cinco que faltaban. Pedro murmuraba de vez en cuando: “Capaz que tengamos que buscarlos por la zona de pesca, esos sólo conocen el Saladillo por el pique del sabalaje y los amarillitos, no por otra cosa”. Habíamos tomado el bondi en Rosario Norte, después de comprar churros en la única fábrica que conocíamos y que a esa hora ya los ponían a la venta –en realidad sólo para los churreros–, pero como uno del equipo era vendedor ambulante (de churros, claro) nos pudimos hacer de un par de docenas igual. El Rubén (el churrero en cuestión) se cargó la canasta para vender después del partido. A eso de las 7.30, el bondi había agarrado por una avenida ancha y empezó a temblar. A la altura de la San Martín de los adoquines, José se despertó y sólo le quedaban 8 churros.

En ese año, 1970, un anuncio hacía temblar el mundo de la música: Los Beatles se separaban. Otro que colgaba los guantes era Mohammed Alí y en Timote, Montoneros ejecutaba a Aramburu. En Perú nacionalizaban los más importantes bancos y un urnazo en Chile hacía temblar, para bien, a la gran Patria: Salvador Allende era el presidente electo. Ese año, también, uno de los dos mejores del campeonato, el Canaya, casi casi contra Boca se queda con el título.

Viernes, tipo 4 de la tarde, el cornetazo del churrero nos pega un sacudón interrumpiendo la siesta. En algunos noticieros anuncian que el o los mercados están temblando y el motivo puede ser cualquiera, a esta altura sabemos que son los mismos angurrientos de siempre. Cuando salgo a la puerta lo veo a Pedro en la esquina mirando para un lado y para otro, esperando que aparezca un segundo churrero. Siempre en el barrio a minutos del primer cornetazo sobreviene otro, con un sonido de la corneta que nos parece más agradable, más musical.

Pedro, después de saludarme, me dice: “Para mí, todo empeoró entre otras cosas cuando los churros dejaron la madrugada para llegar por la tarde a los barrios. Y cuando el asfalto tapó lo que estaba parejo y firme” (está convencido de que uno se puede guiar por cómo se sacude un bondi para saber por dónde andamos). “La información correcta siempre viene de abajo. El viento de agosto, a esa hora, a los que salimos a las apuradas a la calle, nos hace temblar la mandíbula”. 

Pedro, mirando el canasto del churrero que se aproxima, me dice: “No es malo, no sería malo que esos que manejan los mercados empiecen a temblar por la decisión soberana de los pueblos de hacerse de los recursos financieros, de los recursos naturales y de todos los recursos económicos que garanticen el acceso de la gran canasta, la que contiene vivienda, trabajo, educación, salud y salarios dignos para todos. Cuando empiece el temblor de los poderosos, será porque despertamos y estaremos marchando”.

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