Yo no sé, no. Esa mañana cuando Pedro desenvolvió el tercer paquete notó que al camión que le había pedido a los reyes, uno grande con acoplado, le faltaba una rueda. Estuvo hasta pasado el mediodía buscando una solución. Era hermoso el camión, todo de madera incluso las ruedas. ¿Y dónde conseguir una un domingo 6 de enero?, pensó. En los aserraderos cercanos, seguro habría, pero tendría que esperar al lunes. Y ponerle una rueda de plástico de otro camión no daba, los pibes de la cuadra le iban a decir que los reyes le habían traído un camión usado. De todos modos lo quería mostrar, les iba a decir que el barrio se había puesto fulero y que a la mañana lo dejó un rato en la vereda y en un descuido le afanaron una rueda. El relato sería creíble porque a don Ángel, el verdulero, en la noche del viernes le habían hecho la de auxilio. Al final vio que el acoplado tenía una de auxilio pero venía pegada, así que con un martillo y un cortafierro la sacó. Ese año, en la Exposición Rural, una empresa de tractores presentaba uno cuya rueda era dos veces y media la altura de Pedro. Pasaron un par de años y por Lagos, a la altura de Centeno, donde había un callejón de tierra, a Pedro lo agarró la noche volviendo para su casa.

El callejón estaba muy oscuro y le agarró un poco de cuiqui, necesitaba una compañía para atravesar esos 400 metros de oscura soledad. Por suerte, a un costado del camino de tierra, vio una rueda en una zanja. En realidad era una cubierta de alguna chata, como las que lucían las F 100. No lo dudó, tomó la rueda y encaró la vuelta a su casa jugando con ella. Ya no sentía miedo, nada le podía pasar piloteandolá hasta que llegó a la altura de Garibaldi y Crespo, donde terminaba el callejón y aparecían las caras conocidas. Pedro agarró la cubierta y, desde el medio de la calle, con un fuerte envión, la mandó hacia el oscuro callejón. La vio yendo como 50 metros, derechita, hasta que la perdió de vista. Cerca del callejón había una canchita nueva en la que los más grandes jugaban partidos de 7 y los más chicos jugábamos de 11 y nos sobraba cancha. Al equipo nuestro se incorporó uno que jugaba de arranque en la posición del 8 pero al rato, como era rápido y manejaba bien las dos gambas, te corría toda la cancha y terminó siendo la gran rueda de auxilio que el equipo necesitaba. 

Y hablando de gambas, una noche en la Santa Isabel de Hungría, bah, en el campito de al lado de la Iglesia, habían organizado una kermés y Pedro se gastó dos gambas (doscientos pesos) en la Rueda de la Fortuna. El primer premio consistía en una Pepona pecosa, patas largas, y una número 5 de cuero con los gajos romboidales. La Pepona, de ganarla, se la regalaría a la Susi, esa piba encantadora que esa misma noche cantaba en la kermés con un conjunto llamado Los Coyuyos. Ese año, Pedro terminó la primaria y sabía que de a poco dejaría de frecuentar ciertos caminos en los que siempre, o casi siempre, la cosa estaba bien. Como decía el abuelo de Cacerola cuando le preguntaban cómo andaba: “Todo bien, todo marcha sobre ruedas”.

La otra noche, ya tarde, serían como las 11 y con Pedro pensábamos en el nuevo camión que tendría un pibito de la cuadra, el pequeño Vinicius, que siempre que tiene un camioncito nuevo le revisa las ruedas en forma muy meticulosa. Y también se sentía a los gurises meta jugar y reírse. Era la noche de Reyes y Pedro me dijo, al sentir ese griterío de las y los pibes como si fueran pájaros de medianoche: “Me tranquiliza, es como si por un rato uno siente que el alma tiene una rueda de auxilio”.

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