Las palabras de El Mencho siguen resonando en sus oídos: “Pensalo. O empezás a laburar ya mismo, o te pueden seguir pasando cosas como las de anoche”. La apretada es evidente y siente que cada vez le queda menos margen de acción como para intentar evitarla. De todos modos, todavía resiste. Como en otras situaciones parecidas, el recuerdo del padre vuelve, nítido y poderoso, para reforzar el intenso conflicto que, dentro suyo, se establece entre Necesidad y Deber.

Puede decirse que su vida no es otra cosa que el lugar de unos tironeos insoportables que no tienen solución. Su deseo se debate entre dos mujeres al menos, sin que sepa por cuál debería optar; su paternidad se divide entre la obligación de ocuparse de su hijo a nivel material y afectivo y las exigencias laborales que lo alejan de ella; su situación social se disocia entre dedicarse a pasar el tiempo libre con sus amigos en el bar o participar del nuevo sindicato de los motoqueros, que también lo reclama.

“A quién habrá salido este chambón”, siente que dice una voz, mientras camina por la avenida. “A vos seguro que no”, escucha que responde otra, que agrega: “Lo que pasa es que vos siempre lo exigiste por demás”. “Ah, claro –continúa la primera voz–, ahora resulta que porque le exigía conducta salió tarambana”. 

Cruza una esquina en la que unos perros callejeros lo chumban. Ladran sin atacar, por lo que pasa de largo sin mirarlos, ya que sabe que un gesto de enfrentamiento o una simple mirada puede costar un ataque feroz por parte de esa jauría. Una vez que ha pasado la esquina y que los perros se detienen, comprendiendo que no es un oponente a vencer, las voces vuelven a hablar. La primera dice “Salió así porque lo consentiste siempre”. “No lo consentía, lo mimaba un poco para que no sufriera tanto con tus retos y tus castigos”, contesta la otra. “Me acuerdo cuando lo dejabas sin comer en el patio las noches de invierno –prosigue– porque decías que los hombres se hacen a través de la fuerza”. 

En la calle no hay nadie, pero las voces siguen hablando. Ahora escucha cómo la segunda emite un sollozo. La primera, seguramente fastidiada, le reprocha: “Se hacen gracias a la fuerza y no a las mariconadas. Ya ves cómo salió”. Entonces la otra responde “Sos un monstruo”, a lo que la que la primera reacciona: “¿Un monstruo?… ¡Y vos una pavota!…”.

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