Calor, mucho calor. Sólo se puede pensar en eso en verano en el litoral, porque es así: caluroso, húmedo y pesado. Al contrario del frío europeo intenso, que se cuela en los huesos, el calor no entra en el cuerpo sino que lo abarca, se ubica alrededor, una frazada invisible que aplasta. Esto solamente se puede sobrellevar en una pileta, en el río o en una habitación con aire acondicionado, si es que la luz no se corta, ya que aun a la sombra de un árbol no corre ni una gota de aire y, por más que no pegue el sol, la humedad se cuela y te acerca al piso.
Hoy es uno de estos días. Vinimos a visitar a Florencia que está viviendo en la casa con pileta que le dejaron sus abuelos en Serodino, un olvidable pueblo de la provincia de Santa Fe que solamente se sostiene por la soja que crece a los costados y los camiones que se la llevan una vez cosechada. El pueblo, que tendrá no más de diez cuadras de largo y cinco de ancho, pareciera que desde que el tren dejó de pasar el tiempo también dejó de hacerlo. Lo más destacado de la comuna es que fue cuna de un famoso escritor, pero sólo hay una placa alegórica al respecto; algunas casas más viejas y otras más nuevas son casi el único registro del paso del tiempo en el pueblo.
Llegamos ayer al mediodía en el auto de Oli y nos estaba esperando Yani, la mamá de Flor, con un banquete: unos sándwiches riquísimos, tortas y algunas delicias más. Flor, como para no dejar dudas, es igual a su madre, tanto físicamente como en su forma de ser, así que también nos atendió de mil amores durante el resto de la tarde y la cena. Por la tarde Yani volvió a Rosario una vez que bajó el sol, después de pasar la tarde en la pileta con nosotros.
Hoy nos levantamos a media mañana y no hicimos mucho más que estar en la pileta. Ya había pasado el mediodía y empezaba la siesta. Así se divide el día en el pueblo: a la mañana se desayuna y se trabaja, al mediodía se almuerza, a la siesta se duerme, a la tarde se trabaja y a la noche se come y finalmente se duerme. Como se ve, el cronograma está armado para escapar del sol y el calor. Pero como es fin de semana no nos regimos por el horario laboral sino por el que se nos antoja, aunque el sol, que no entiende de jornadas laborales, por más que sea domingo configura al mediodía la peor hora.
Nosotros aún no habíamos almorzado, entonces con la Colo tomamos la decisión de ir a comprar comida. Flor nos dio las instrucciones pertinentes y partimos: una cuadra hasta la avenida y tres a la izquierda. ¡Perfecto! ¿Cuánto se puede tardar en hacer cuatro cuadras? No más de diez minutos, pienso, mientras me pongo las chancletas y la remera. Salimos de la casa por la tranquera a la calle de tierra, un poco embarrada por la lluvia de ayer. Vamos caminando y charlando, riéndonos, doblamos a la izquierda y salimos a la avenida, o a la ruta en realidad, ya que respeta la fisonomía de la mayoría de los pueblos de estas llanuras, en la que la calle principal en realidad es la ruta que cruza el pueblo, como diciendo que lo más interesante del pueblo es realmente salir de él.
Caminamos por un lado y por otro del bulevar que separa la ruta de la colectora y hablamos de que está bien cuidado pero que no hay un alma, que es aburridísimo, que no podríamos vivir acá, que cómo Flor vive acá. Vivir en un pueblo te achata: la misma gente, las mismas
conversaciones, nada sucede un día tras otro. Quizás por eso en los pueblos la gente es más descuidada y provocan innumerables accidentes de tránsito. Cruzamos el paso de la vía del tren y vemos un local. No sabemos si está cerrado o abierto; parece una casa, pero tiene un cartel que dice “abierto”. Lo suponemos nuestro destino y entramos. La puerta está abierta, pasamos y vemos una heladera mostrador con algunas empanadas, un poco de pan y no mucho más. Al otro lado de un mueble separador se escuchan ruidos de cubiertos. Vemos una nena que asoma de atrás del mueble, la saludamos, no nos responde el saludo y se esconde. Nos miramos extrañados. Sale de nuevo, pero esta vez acompañada de otro más grande. Volvemos a repetir la misma fórmula a las dos cabezas que sobresalen por detrás del mueble, con la misma suerte. Al rato vemos salir a una señora; parecía que le costaba hablar. Nos ofreció lo poco que quedaba. Éramos varios en la casa, así que no nos alcanzaba y retomamos nuestro rumbo, por la avenida, con los árboles y sin gente.
En el camino, mientras andamos, Lore se queja de los hombres. Era un tema recurrente en ella: nunca había tenido novio y casi ninguna relación muy estable, y en este momento estaba con muchas ganas de tener uno. Yo recién estoy saliendo de una relación muy importante en mi vida y también me encanta estar en pareja, tener otra persona para hablar, abrazar, besar. Alguien con quien llegar a casa. Entonces nos reímos y dijimos: somos novios de Serodino, y nos dimos la mano. Yo por delante, ella por detrás. Jugamos a agarrarnos y vimos cómo nos resultaba más cómodo, reconociéndonos: los dedos, las pieles, como dos adolescentes que se encuentran por primera vez. Caminamos un trecho de la mano casi sin decir nada.
Nos cruzamos con una estatua de Mafalda –Dios sabrá qué hace acá– pero nos hace sentir que estamos en otra provincia, como si camináramos por algún pueblo de la provincia de Buenos Aires.
En nuestro silencio un perro salchicha se nos cruza, lo acaricio. Lore lo mira se ríe, nos miramos y con un exabrupto me dice Pancho, se llama Pancho, nos reímos y seguimos caminando con Pancho al lado nuestro como si fuera nuestro primer hijo.
Andamos con Pancho, y nos cruzamos con una estatua como las que se ven en las películas yanquis de obras precolombinas: un tronco de madera tallado, con alas de águilas, no muy oriundo de estas pampas sino más bien cercano a Twin Peaks.
Llegamos al kiosco, el único abierto las 24 horas. Compramos empanadas, pizzas, unas gaseosas y unos quesos para la picada. El pago por transferencia bancaria se volvió burocráticamente incómodo porque requerían que les enviáramos el comprobante por Whatsapp. Me enojo con Lore por lo que está tardando, lo veo a Pancho impaciente, me pongo aún más ansioso, le saco el celular de la mano y realizo el trámite de mala gana. Una vez que salimos del quiosco, Lore me mira con sus ojos un poco llorosos, me dice que no haga eso nunca más en mi vida, que no la podía tratar así, le pido perdón, tiene razón, trato de justificar mi impaciencia con el calor, con que ya no soy un chico, no sé, excusas. Lore me perdona y seguimos nuestro camino.
Volvimos a la casa de Flor caminando lento, con un paso cansino. La humedad te hace andar más despacio y hace que todo cueste un poco más. Por la misma avenida chata, sin gente y calurosa, con los árboles muy prolijamente podados, Pancho a nuestro lado andaba cada vez más adelante, como si no le pudiéramos seguir el ritmo hasta que se metió en una casa, supongo que será su casa. Pasamos por el paso del tren. Seguimos de la mano hasta que nos soltamos, pero seguimos caminando juntos. Las casas parecían un poco más viejas con la luz del sol bajando a la hora de la siesta. Al rato doblamos a la derecha
esta vez, cruzamos la calle de tierra; el barro se ve que se había secado con el sol y había dejado la calle en peores condiciones que las que la habíamos dejado. Finalmente llegamos a la tranquera. Estaba un poco desgastada del lado de afuera; supongo que entre risas no lo notamos a la salida. Abrimos, nos extrañamos al no ver el auto de Olivia, nos reímos y pensamos que lo debe haber escondido para hacernos un chiste. Finalmente entramos a la casa, gritamos –siguiendo la broma– que no sabíamos dónde estaban, pero vimos la televisión prendida, la presentación de Friends sonando a todo volumen, y alguien sentado en el sillón. Flor es fanática de Friends, así que suponemos que es parte de la joda. Nos acercamos y le tocamos el hombro. Se da vuelta una señora a la que tuvimos que mirar dos veces. Al principio pensamos que era Yani. Nos miramos con Lore en desconcierto: no habíamos visto el auto de Yani en la puerta. La señora nos mira y se ríe. Finalmente dice: —Olivia se fue hace cuarenta años. Se cansó de esperarlos. Yo le dije: seguro se perdieron en el tiempo del pueblo, ya van a volver.
Publicado en el semanario El Eslabón
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