Hoy cayó en mis manos, un poco por casualidad, el libro de Manuel Gálvez Vida de Hipólito Yrigoyen, del año 1939. Después de un subtítulo, El más odiado y el más amado, dice lo siguiente: “Ningún hombre de nuestra historia ha sido a la vez tan amado y tan odiado como Hipólito Yrigoyen (…) Las clases alta odian a Yrigoyen desde los primeros meses de su presidencia. Se sienten desposeídas de lo que creen corresponderles. Hasta el advenimiento de Yrigoyen las candidaturas presidenciales, lo mismo que otras candidaturas, se incubaban en el Jockey Club. Yrigoyen rompe con esa tradición. Ahora las candidaturas salen de los comités y de las convenciones (…) Ese intruso, Hipólito Yrigoyen, para los hombres del Régimen, es chusma despreciable (…) Odian las clases elevadas no sólo por haberles quitado el placer de gobernar, sino principalmente los sueldos y todas las ventajas que reporta el ejercer ciertos altos cargos (…) El odio a Yrigoyen es un odio de clase”.

También amplias capas de las clases medias, siempre mirando hacia arriba, se contagiaron de ese odio. Circulan antiguas fotos de estudiantes universitarios -varones casi todos- que marcharon en 1930 propiciando el golpe de Estado, acaudillados por ceñudos representantes de las derechas -por entonces se llamaban la oligarquía- y anche de algunas izquierdas calcadas de Europa.

El odio de clase se mantiene incólume, aunque adoptó nuevas formas en poco más de un siglo. De hecho, durante el primer gobierno de Perón se resignificó, lo que se puede sintetizar en dos o tres frases. La primera la pronunció el diputado radical Ernesto Sammartino, al llamar “aluvión zoológico del 24 de febrero” a quienes ese día de 1946 dieron el triunfo al naciente peronismo con el  53,71 de los votos, superando por diez puntos a toda la oposición coaligada. Aparece aquí una variación elocuente: el odio de clase se conjuga con un odio racista. Para el imaginario blanco-europeo de las clases altas y medias resulta intolerable la irrupción de los cabecitas negras en un espacio que consideran propio. Esos cuerpos marrones que con sus voces y sus vestimentas afean un paisaje refinado que simbolizan la Sociedad Rural o el Teatro Colón.  Otra novedad, más pequeña, es que los odiados de ayer pasaron a ser los odiadores del momento. Buena parte del partido radical, ese que había nacido como partido del pueblo contra el régimen, se pasaba al otro bando.

La segunda frase es del contraalmirante Arturo Rial, quien tras el golpe de Estado de la Revolución Fusiladora dijo: “Sepan ustedes que esta gloriosa revolución se hizo para que, en este bendito país, el hijo del barrendero muera barrendero”.  Es decir, lo que molesta son los derechos conquistados por los trabajadores, su ascenso social y el de sus hijxs, gracias a mejores salarios y más educación.

La tercera frase no tiene autor; eran manos anónimas las que llenaban los muros de las ciudades con la expresión “Viva el cáncer”. Celebraban la muerte de Evita. Diríamos, parafraseando a Gálvez, la más amada por el pueblo y la más odiada por las derechas -que por entonces eran los contreras y poco después se los llamaría gorilas-. Aquí ya se observa una variación mayúscula: el odio de clase se potenciaba al conjugarse con otro, el odio a las mujeres. O dicho con más propiedad, el odio a las mujeres que alzaban su voz en el espacio público, osando desafiar los mandatos patriarcales de sumisión y silencio.

En síntesis, la reacción al peronismo convirtió aquel viejo odio de clase en un odio interseccional, ya que fue a la vez clasista, racista y patriarcal. Ese sentimiento pervivió desde entonces, atravesando épocas de alternancia entre dictaduras y períodos democráticos. En ocasiones disimulado, expresado en sordina, regresó con toda su potencia frente a las conquistas de la década ganada, con Néstor y Cristina. El odio de clase se disparó contra trabajadorxs que ahora podían mejorar su casa o irse de vacaciones. El odio racista se manifestó en la estigmatización a lxs morochxs de los barrios populares que ganaban el derecho a recibir la AUH y computadoras en las escuelas, los ataques a los migrantes de países hermanos o a los mapuches y otros pueblos originarios que comenzaban a recuperar sus tierras. Al antiguo odio de género hacia las mujeres se sumó la intolerancia hacia las personas de la diversidad que por fin podían salir del closet gracias a los derechos conquistados.

Hoy el odio es exacerbado desde las máximas autoridades del poder. A las frases soeces y agraviantes de los dirigentes macri-mileístas y su ejército de trolls y periodistas comprados se suman actos de violencia como los palos y gases a jubiladxs, fotoperiodistas e incluso niñxs. Apunta en particular a Cristina Fernández de Kirchner, con un intento de magnicidio en el espacio público que, como la bala no salió, se transforma rápidamente en su condena y proscripción política decidida por jueces corruptos. Del otro lado, como siempre, está el pueblo. Que no se resigna, ocupa calles y plazas, agradece a los balcones, hace circular mensajes, apuesta a lo colectivo. Hace ver a los odiadores que nunca podrán cumplir su sueño del último clavo en el cajón.

En síntesis, está ahí la resistencia, cada vez mayor. Resistencia que en algún momento se convertirá en votos. Y eso es lo que más odian: saber que vamos a volver.  

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Un comentario

  1. Mariana Caballero

    30/06/2025 en 11:17

    Muy bueno Eduardo, para pensar el odio, nunca nuevo, siempre contra el pueblo y sus derechos. Y si, vamos a volver¡

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