El escenario que se nos presenta, en el que se votará en el Congreso el retroceso más grande en materia de derechos del que tengamos memoria, trae aparejado que cada provincia –en su mayoría en consonancia con el ajuste propuesto por el gobierno nacional– reduce las políticas de asistencia social y deja a las personas abandonadas a su suerte. Al tiempo que a los empleados públicos les ofrecen aumentos que están muy por debajo de la inflación, construyendo un relato en el que la realidad es un cúmulo de datos que deberían tranquilizarnos pese a que a mitad de mes la billetera parezca un galgo.

La pregunta del millón es: ¿qué pasó que no salimos a la calle a romper todo?, ¿por qué aceptamos mansamente la pérdida de derechos?

El cierre de Fate, que revela la saña con la que el sector financiero se encarniza contra la industria, deja en claro que quienes padecen las inclemencias de la economía son las y los trabajadores. Las patronales se reconvierten a un sector en el que no se necesitan grandes inversiones, ni tiempos para instalarse y comenzar a funcionar. Sacan el capital de la industria y lo ponen a rodar en la bicicleta financiera. La capacidad instalada queda en espera hasta que aparezca un gobierno popular, industrialista, que ponga fin a la especulación financiera, como ya ha ocurrido en otras oportunidades.

La pregunta del millón es: ¿qué pasó que no salimos a la calle a romper todo?, ¿por qué aceptamos mansamente la pérdida de derechos? Como siempre en estos casos, los motivos son múltiples. Algunos de larga data, como la ideología antiobrera que pulula en todos los medios de comunicación desde siempre. La aceleración de la información en los últimos 20 años es el golpe de gracia a una identidad muy marcada hasta los años 90. Ser trabajador era una forma de ser, un modo de vivir, hasta cuando te iba mal. Ser villero también lo era, las cumbias de los 80 son un testimonio vivo del orgullo de ser negro y parrandero. Había una dignidad implícita, justificada por la biblia, por el peronismo, y antes por el anarquismo real (que es la antítesis del anarcoliberalismo), que se materializaba en el trabajo y sobre todo en las y los laburantes. Esa dignidad se construía en la calle, colectivamente, en luchas, en ollas populares, en carnavales y bailongos. En estos lugares se conocía el amor, el compañerismo, la solidaridad, la fuerza de lo colectivo. El compromiso tenía sentido, era la fuerza que amalgamaba todo lo demás.

Foto: Jorge Contrera – RR/El Eslabón

La fuerza de la repetición de las letanías de televisión en las que los malos siempre éramos los que movilizábamos, los que cortábamos el tránsito, sumada a la exigencia de los privados de coincidir con las nuevas técnicas de manipulación escondidas en las políticas de seguridad e higiene, fueron individualizando y llevando a competir a quienes habían sido compañeros, reemplazando las funciones de los delegados sindicales. El lenguaje publicitario te proponía ser consumista y dejar de renegar en las asambleas después del horario de laburo. Las horas extras, los turnos rotativos, la intensificación del trabajo, también son tácticas para la reducción de autonomía. El confort del hogar como narrativa permanente. Los cursos de formación, el perfeccionamiento constante y la promesa del ascenso. La precarización laboral, las reformas en los 90 del sistema de contratación hacia una mayor “desregulación”. Los mismos eufemismos que alentaban a la cultura del trabajo sin importar las condiciones en que el mismo se realizara. La inseguridad en los medios también fue guardando a los vecinos en sus casas, cuando antes se mateaba en la puerta. Inseguridad que a su vez fue planificada durante gobiernos neoliberales con la maldita policía que llenó las villas de fierros y merca.

Foto: Jorge Contrera – RR/El Eslabón

La desactualización de los contenidos en la escuela pública, la desaparición de las materias con contenidos de ética, la destrucción de las escuelas técnicas, tenían un sentido definido: extirpar de la formación las discusiones más profundas acerca de los valores que rigen tanto a la política como al Estado mismo. La mercantilización de los contenidos de la Universidad Pública, la investigación puesta al servicio de intereses privados y el régimen de pasantías para disciplinar desde antes de recibirse a los futuros profesionales en el arte de aceptar, de no cuestionar, de adaptarse. No estamos descubriendo nada nuevo, estamos entendiendo que la realidad que nos toca es parte de un proceso de acumulación económica, pero también institucional y simbólica, cultural y social, en la que los sujetos no son quienes deciden y definen sus destinos, sino que son una plastilina (plastimasa para los más jóvenes) que se utiliza para lo que sea, que se le paga lo que sea y que queda postergada cuando no son útiles a la concentración del capital. Porque lo que las y los trabajadores producen ni siquiera es valorado por ellos mismos. Esta relación con el trabajo, con el consumo, con el confort como ideal, fue planeado, estudiado, modificado y ajustados sus fines en función de los momentos históricos que recorrimos en los últimos 50 años.

Foto: Jorge Contrera – RR/El Eslabón

El poder real, esa alianza entre las familias más ricas de nuestro país en consonancia con los sectores del poder financiero internacional, pergeñaron una estrategia para la destrucción sistemática de las organizaciones colectivas que bregaban por los derechos sociales. La promoción y el apoyo a sindicalistas que podríamos enmarcar dentro de una línea histórica que arranca con el vandorismo, llegando a nuestros días con entregadores como Antonio Caló o José Luis Barrionuevo (sindicalista y empresario), cuyos principios están más asociados a garantizar la productividad que el bienestar de los trabajadores. Las contradicciones en el seno del movimiento obrero, de las organizaciones sindicales, son grandes. Siempre ha habido sindicatos combativos y dirigentes honestos. Dirigentes sindicales que no tienen propiedades, ni autos de alta gama, que trabajan de la mañana hasta la noche y recorren el país acompañando a los delegados y trabajadores en sus luchas cotidianas. Es interesante ver que quienes más corruptos son, son aquellos que salen en las fotos con las patronales a las que deberían enfrentar.

Foto: Jorge Contrera – RR/El Eslabón

La proliferación de partidos políticos dirigidos a público muy acotados, estudiados en grupos focales y en investigaciones de toda índole que no tienen objetivos propios, sectoriales sino que responden a quienes los financian y que están dispuestos a votar, a levantar la mano sin siquiera leer lo que votan, también generó un nuevo escenario político. El financiamiento por parte del poder de estas organizaciones que no tienen ninguna vida partidaria más que armar listas y presentarse a elecciones tiene un fin evidente. Aprovechar el descontento hacia la clase política y juntar votos con candidatos que no son capaces de pensar por ellos mismos. Construir consensos en las redes sociales y sostener una cosmovisión que sea simplista, que no necesite demasiadas explicaciones, que conecte con imágenes que en el imaginario social estén bien consideradas, como los superhéroes o los perros.

Foto: Jorge Contrera – RR/El Eslabón

Es quizás hora de entender que, para actuar sobre ese sector de la población, necesitamos simplificar lo que decimos, conectar con recuerdos que sean agradables, que permitan asociar esos momentos de bienestar al compartir con otros, al sentido de pertenencia, a algo más grande. Si lo que transmitimos es el sufrimiento, es probable que las generaciones que vienen atrás no quieran hacer lo mismo. El trasvasamiento generacional, cultural y político no puede ser construido sobre la base de la angustia, de la ansiedad o del sufrimiento. Salir a la calle hoy debería ser algo del orden de lo valorable, de lo placentero. Una energía vital potente está detrás de esto. La sobreexposición a la información es el modo que encontraron para que la rebelión no exista.

Foto: Jorge Contrera – RR/El Eslabón

Un paro es, después de todo, una medida que tiene que dolerles más a ellos que a nosotros. Si no existe la convicción de que estamos haciendo lo correcto, la sensación de derrota se apodera de nosotros y lo que debería ser político y colectivo pasa a ser psicológico e individual. Gran parte de la derrota que sentimos tiene que ver con esto. La valoración de lo que hacemos requiere poder abarcar varias cuestiones. Una personal, la imagen que asocio es la de estar frente al espejo, a la mañana, recién levantado y, al mirarse, reconocer a alguien que está enfrentando lo que considera injusto. En segundo lugar, los espacios por los que transitamos a lo largo del día. Grupos, organizaciones, partidos. Los espacios que elegimos para compartir esa sana rebeldía de saber que construimos una subjetividad colectiva para cambiar esta cultura. En estos espacios es necesario que haya respeto por las diferencias y se priorice la formación colectiva en base a las experiencias de los demás. Y, por último, en tercer lugar, un espacio social en el que confluyan todas esas identidades colectivas, una utopía que nos guíe hacia un mismo horizonte sin tener que dejar de lado las convicciones personales ni grupales. Empezar a vivir de otro modo es un imperativo. Valorar lo que hacemos cotidianamente para cambiar esta realidad es la herramienta más concreta que tenemos al alcance de la mano. Dejar de sentir que manejan nuestras vidas es un modo concreto para que dejen de hacerlo. Creer en nosotros individual, grupal y colectivamente, entender que tenemos que modificar cosas, generar mecanismos que nos empoderen, transformar las organizaciones, el sistema político y electoral, en función de los objetivos de ampliar la participación y repensar la representación.

El paro general se construye y se hace realidad en la participación. Los derechos son tales no sólo cuando los defendemos porque nos los quieren arrebatar, sino cuando estando en un trabajo en blanco luchamos para que se cumplan. Implicamos a los delegados, al sindicato y si es necesario a la Confederación para que se hagan cargo. Defendemos lo nuestro cuando somos conscientes que somos muchos y no tenemos miedo. Si la política es el arte de transformar la realidad, generemos la posibilidad de hacerlo cada cual desde su lugar. Comprar es necesario para vivir, consumir es atribuirle un valor mayor a ese acto. Competir es bueno en el deporte, para la vida es mucho más sana la cooperación. Démosle importancia a la participación de todas, todos y cada uno, como dicen Las coplas del payador perseguido: “La arena es un puñadito, pero hay montañas de arena…”.

Publicado en el periódico El Eslabón Nº 753

Más notas relacionadas
Más por Mariano Paulón
Más en Política

Dejá un comentario

Sugerencia

Ya salió El Eslabón N° 762

En esta edición: Ubersidad. A pesar de las leyes, los congresos, las calles y la Justicia,