Yo no sé, no. Laura apareció cargando una mesa sobre la espalda. Decía que la había encontrado en un contenedor de Quintana y Biedma, cerca de una obra en construcción. La gente del barrio, cada vez que hay un contenedor, le pone cosas que ya no usa o están rotas. La Eva, cuando sintió eso, dijo “ni loca me lo voy a perder” y salió de vuelo en busca de ese contenedor para ver si encontraba una mesita de luz. Es que ya estaba viviendo en un cuarto sola en la casa pero le faltaba una mesita de luz.
José al rato apareció con un tacho de esos que los albañiles usan para apagar la cal. Estaba medio averiado pero decía que si lo arreglábamos nos iba a servir para la parrilla, para hacer un pequeño hornito que iba a ser contenedor de los mejores manjares, tanto de carne como de pescado.
Carlos estaba en el taller haciendo horas extras porque había aparecido un tipo que quería unos contenedores de lata y como Carlos se daba maña para todo, le dijo al patrón que él lo podía hacer. La Mónica, cuando se enteró que cerca de Seguí un tipo estaba tirando discos y que había muchos longplays de los lentos, se fue a ver si conseguía los últimos vinilos de Los Plateros.
Isabel llegaba siempre tarde porque venía de la plaza, se había puesto de novia con un flaco que tenía unos brazos largos y decía: “Sabés cómo me contiene cuando me abraza”. Al flaco, cuando entramos en confianza, le empezamos a decir El contenedor.
Tiguín agarró una motito de esas que tenían los que repartían leche o pequeños productos, y como ya no servía le hizo modificaciones. Le puso unas rueditas que encajaban en la vía y armó como una zorrita contenedora con la que jugábamos en la vía del fondo, que era poco frecuentada por el tren, hasta que nos vieron los de la seguridad de la fábrica Acindar y tuvimos que suspender. Duró poco porque nos podían acusar de que la usábamos para chorear fierro o algo por el estilo.
Ricardo una tarde no aparecía y lo estuvimos buscando hasta que alguien avisó que estaba más allá del tambo, cerca de Avellaneda, y cuando llegamos sentimos los gritos de Ricardo que se había metido en un gran contenedor de una empresa que estaba por sacar las montañitas o algo por el estilo y como era medio petiso no podía salir. Y todo porque vio unos guantes de arquero, o algo parecido, pero le calculó mal y tuvimos que sacarlo con una soga.
Marta y la pequeña Susi se fueron para barrio Acindar porque había un circo que, después de una gran tormenta, había sufrido daños graves y, como venía mal tiempo, los dueños decidieron rajarse y habían dejado las cosas que se le habían roto por la tormenta. Habían contratado un contenedor de la Municipalidad pero no aparecieron y las pibas fueron más rápidas. La pequeña Susi, mientras cargaba en un bolso lo que veía, alguna blusa de una bailarina o el sombrero de algún payaso, decía: “Esto para la escoba, esto para la escoba”, como siempre decía su abuela cada vez que recogía algo que servía. Manuel que llegó justo también a ese montículo, encontró unos zapatos grandes de payaso que cuando caminaba parecía que hablaban.
Eran como las siete de la tarde y Pedro sintió la corneta del churrero que pasaba con un canasto más grande de lo habitual y parecía un contenedor. Aparte de churros llevaba torta frita y frascos de mermelada casera y miel pura. Pií ya le había arreglado la mesa a Laurita, le había agregado la pata que faltaba. Nos reunimos alrededor de la mesa, a la que alguien le había puesto un hule verde, el mate, las tortas, los cigarros y un mazo de cartas para jugar a la escoba de quince.
Publicado en el semanario El Eslabón del 18/4/26
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