Desde fines de 1969 y hasta marzo de 1970 los obreros de Acindar llevaron adelante una heroica lucha por la reincorporación de la Comisión Interna y de varios delegados despedidos por la empresa. Sin embargo, los damnificados finalmente negociaron con la patronal una indemnización millonaria.

Las consecuencias de este conflicto fueron desastrosas, en particular para los obreros de Acindar y, en general, para el movimiento obrero local: la mayoría de la Comisión Interna de Acindar fue despedida junto con los activistas más representativos y combativos, la Comisión Directiva debió renunciar por presiones del Secretariado Nacional de la UOM y la seccional fue intervenida. Los obreros quedaron desmoralizados y desconfiaban de los sindicalistas y de los sindicatos como herramienta de lucha económica para la defensa de los intereses de la clase trabajadora. Este contexto de repliegue local generó salidas individualistas.

A pesar del avance de Acindar sobre los derechos de los trabajadores y de la pérdida de una visión de conjunto de los intereses de los trabajadores, un pequeño grupo de obreros impulsados por Orlando Sagristani, un ex integrante de la Comisión Interna despedido, continuó reuniéndose. En una primera etapa, en forma secreta y clandestina debido a la deficitaria relación de fuerzas.

La patronal, amparada por la política antiobrera de la dictadura de Onganía, profundizó la represión sobre cualquier atisbo de germen de organización. Se autodenominaron “GODA”: Grupo de Obreros de Acindar y fueron extendiendo su influencia a otras fábricas, convirtiéndose en el Grupo de Obreros Combativos del Acero (GOCA). Después de una primera etapa de denuncias de los atropellos de la patronal se plantearon alcanzar reivindicaciones laborales, de seguridad, de salubridad. Los logros obtenidos le permitieron a este grupo de obreros alcanzar una gran representatividad.

A partir de la restauración democrática se produjo un importante crecimiento cuantitativo que permitió, a su vez, que sus actividades se desarrollaran en un ámbito de mayor libertad. Así comenzaron a fijarse como objetivos la normalización y democratización de la seccional local. Para esto se organizaron primero como Movimiento de Recuperación Sindical para las elecciones de Comisión Interna y luego, ya para presentarse a las elecciones de Comisión Directiva que debían realizarse en marzo de 1974, como Lista Marrón.

Los afiliados de la UOM local acusaban al secretariado Nacional de la UOM de intervenir la seccional local para privar a los afiliados de los servicios más elementales. Con más de 4000 cotizantes en la década del ´70, los aportes por cuota sindical y social eran considerables. Sin embargo, el secretariado nacional giraba montos irrisorios que apenas permitían costear dos médicos (para alrededor de 10 mil personas) que otorgaban sólo 10 turnos diarios.

El servicio local de salud era deplorable, los obreros villenses, en casos de enfermedades complejas, de gravedad o urgencias, eran derivados a nosocomios de la UOM de Rosario o Capital. Por esta razón, una de las reivindicaciones de la Lista Marrón más representativa fue la construcción de un sanatorio y que los interventores dieran explicaciones sobre el destino de los descuentos por cuota sindical y de los aportes por obra social (ley 18.610).

Otra reivindicación era la recuperación y normalización del sindicato, su democratización y la elección de las autoridades locales por sus afiliados, lo cual consideraban un medio ineludible para conseguir los otros fines. 

La burocracia sindical, temiendo perder el control de una seccional tan importante por la cantidad de aportes que realizaba, pergeñó una maniobra para impedir las elecciones: suprimió a Villa Constitución de la lista de seccionales a normalizar. Los obreros tomaron las fábricas y nuevamente, con un amplio apoyo de toda la comunidad, lograron que se firmara un acta en la cual la burocracia se comprometía a normalizar la seccional en un plazo de 120 días. Este conflicto desarrollado del 7 al 16 de marzo se conoció con el nombre del Villazo y significó un triunfo glorioso de la clase trabajadora.

Durante el Villazo los obreros comenzaron a desarrollar una praxis política-gremial en donde se destacaron las asambleas; las tomas de fábricas; la formación de piquetes de autodefensa, así como de grupos de control de entrada y salida de la fábrica, con responsables por piquete y por turnos; la construcción de barricadas; el control del sistema eléctrico de la planta; el control del funcionamiento de la sirena con códigos de toque para convocar a asambleas; la prohibición de bebidas alcohólicas; la formación de una comisión encargada de contactarse con otros gremios y demás fuerzas sociales y políticas de la ciudad y de la zona; la creación de una comisión con tareas a desarrollar fuera de la fábrica –en el local de la lista marrón–, la cual debía establecer contactos con otras zonas del país para informar y recibir apoyo solidario; la constitución de piquetes externos, con movilidad propia para recorrer y chequear la seguridad de las viviendas de los principales dirigentes y la formación de una comisión de solidaridad y apoyo.

La burocracia continuó con sus maniobras dilatorias, por lo cual las elecciones recién se efectuaron en noviembre, triunfando la lista encabezada por Alberto Piccinini.

Pero la primavera democrática duró poco más de tres meses. El 19 de marzo, el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, por medio de un comunicado de prensa anunció que los organismos de inteligencia habían detectado un complot subversivo tendiente a paralizar la actividad del cordón industrial del Río Paraná, con epicentro en Villa Constitución. En la madrugada del 20 de marzo, la ciudad de Villa Constitución fue sitiada por las fuerzas represivas, más de 150 obreros fueron encarcelados, comenzando una experiencia piloto de lo que sería la represión desencadenada en todo el país a partir de la dictadura.

La represión puso en evidencia el verdadero complot, orquestado por la burocracia sindical, el gobierno y las patronales. Los tiempos venideros develaron los objetivos del complot: descabezar al movimiento obrero combativo, disciplinar la mano de obra, imponer un proyecto político de neto carácter antipopular y eliminar los focos de resistencia a ese proyecto. Las consecuencias fueron funestas para el movimiento obrero local: centenares de obreros encarcelados, más de 800 obreros despedidos y decenas de personas salvajemente asesinadas.

*Profesor e historiador del Villazo

 

Publicado en el semanario El Eslabón del 7/3/26

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