La verdad es que pocos se animan a gritar que la mayoría somos víctimas de una estructura de trata y manipulación dentro del periodismo. ¿Cuántos saben esto realmente? ¿Cuántos son cómplices por callarlo, por no rebelarse ante el horror? La imagen de la maquinaria de Massera en la Esma, con víctimas de la dictadura utilizadas para coberturas periodísticas de los mismos que los torturaban, es una síntesis perfecta del modelo actual: si pudieran esclavizarnos, lo harían. Y, en cierta medida, lo hacen. Nos usan.
Mi propia trayectoria está marcada por esta situación: recibí todo tipo de acoso desde mi primera carrera de Periodismo de Investigación en la Universidad de las Madres, Producción de TV en ISER y hasta la Maestría en Periodismo y Medios en la Universidad Nacional de La Plata, que se produjo en el mismo edificio donde se dictaba la Maestría en Inteligencia. Hoy lo comprendo con claridad: ingresar al engranaje de la comunicación o del Estado es una puerta directa a convertirse en una marioneta sin darse cuenta. Y en los últimos años la impunidad les permitió pasar de controlar nuestras vidas, a jugar con ellas.
Tras haber tenido un breve vínculo afectivo con un director de noticias después de mi participación en el caso Loan, las cosas para mí empeoraron de manera terrorífica. Una sucesión de eventos planificados me fue demostrando la maquinaria en la que vivía; desde entonces, no paro de sorprenderme y nunca dejo de tener miedo. Me colocaron en una triangulación con otras periodistas utópicas, que logró desgastarme y colocarme sistemáticamente en el lugar del reclamo. La falta de rebeldía ajena nos condena.
El terrorismo sexoafectivo
Tampoco se habla de la violencia sexual y afectiva detrás de esa manipulación a la cual nos someten. Existe un acoso feroz a la intimidad, una intervención directa en nuestros vínculos y una diagramación de relaciones sociales que responden a intereses precisos de control. Mi denuncia principal en este Ni Una Menos es la existencia de una terrible dictadura sexual, en el aspecto más amplio de la palabra. Te quitan amistades, te quitan amores, te ponen parejas a dedo, te desarman vínculos reales y te incitan a relaciones tóxicas para quebrarte emocionalmente y que no molestes. Te enamoran falsamente para que cambies tu ética; te difaman públicamente para romperte.
La mayoría de las personas en los medios están solas debido a la violencia laboral e institucional, siendo víctimas de trata afectiva sin saberlo. Es un Gran Hermano no remunerado del que nadie habla, pero que dirige el terrorismo sexoafectivo actual. Si una persona de los medios conoce a un artista revolucionario y es conmovida o influenciada por él, por ejemplo, le mandan relaciones falsas al artista para romper el vínculo antes de que crezca. Nos contienen con vínculos falsos mientras nos alejan de los reales. Nos dejan sobrevivir como si fuéramos presas de juguete mientras practican la tortura. Y ojo: las relaciones falsas son más medibles que las relaciones rotas, las disuadidas, las que podrían haber sido. Los mensajes que no llegan. Esta dictadura invisible nos rige y urge hablarla.

El costo de meterme a fondo en los derechos humanos fue una persecución abrumadora: el control de mi vida íntima, el acoso sexual permanente, el boicot de todos mis proyectos y de mis vínculos afectivos. Sembraron traiciones durante años a mi alrededor, sufriendo además violencia vicaria. Tengo muchísimos ejemplos y pruebas de la persecución: amenazas por años, violencia laboral extrema en la Defensoría del Público, y una censura que incluye sabotajes y bloqueos digitales. Pero lo más traumático fue cuando participé en la reparación institucional que frenó la misoginia mediática de Baby Etchecopar por orden judicial. El Ministerio Público Fiscal premió mi trabajo, y me dejó sola frente a sus consecuencias.
Desde ese 2016 todo empeoró en mi vida, y me hicieron notar, en tiempos previos a mi despido reciente, que era espiada también en mi domicilio y en mi lugar de trabajo. Hay experiencias que fueron aterradoras y que todavía no puedo contar así.
La dialéctica del horror: noticias fabricadas y cuerpos botín
El entramado mediático-corporativo no sólo digiere las subjetividades de quienes trabajamos en él, sino que manipula la percepción misma de la vida y la muerte. Gozan de la fabricación de noticias para jugar a los vaivenes. Hay noticias inventadas, y no se dice. Hay asesinatos mandados a fabricar desde el mismo sector donde se dirige su denuncia y su cobertura periodística, y no se dice. Hay sangre para el goce de quienes mandan, y no se dice. Las mata la policía entonces, que son los medios, e insoportablemente no se dice. Las mujeres, las personas discapacitadas y las personas jubiladas son usadas por los mismos que las golpean. De mi vida en riesgo por decir lo que no se dice, estoy hablando.
Esta es, en última instancia, una carta abierta frente al terrorismo híbrido y la entrega del oficio; alertas sobre una dictadura que no vemos pero que opera sobre nuestra carne. Como en la dictadura cívico-militar, se reedita la nefasta lógica de clasificar a las mujeres entre “putas y guerrilleras”. Algunas somos prostituidas sin darnos cuenta pero somos la contención para que el mal sea menos terrible; somos burladas y engañadas, pero al mismo tiempo pretendemos ser la salvación de la patria. Convencemos, como mamá que cuida, al mal de que no hace falta crueldad. Somos explotadas afectivamente y nadie nos paga el Gran Hermano al que nos someten. Rotas por donde miren, pero pensando rápido. Siempre entreteniendo al otro para sobrevivir, siempre donando la propia intimidad al poder.
El presupuesto destinado a la inteligencia estatal en Argentina se encuentra en un punto de inflexión, siendo el más alto de la historia, lo que implica una enorme discrecionalidad secreta para intervenir en nuestras vidas privadas. Ante este panorama, el verdadero peligro no es sólo que nos quiten el trabajo, sino que nos roben la capacidad de sentir y de crear. El éxodo de los artistas hoy es hacia adentro; nos roban la creatividad de manera irreversible.
Esta nota no busca únicamente denunciar cómo operan las máquinas del espionaje y la manipulación afectiva, sino dejar asentada una huella para el futuro. Es una carta para que mi hijo no se quede con la duda de quién era yo, para que haya valido la pena perder todo lo que tuve. Es una carta para liberar a otras esclavas, para salvar mis ganas y seguir llamando a la paz ante todas las cosas.
Aquí estoy hablando de que vivo espiada, de que espían la intimidad toda de las mujeres, de que se obsesionan con el amor que esta mierda les roba estoy hablando. Del acoso que sufro, pero también de la pérdida de talentos, de la pérdida de toda nuestra cultura mientras tantos periodistas son silenciados.
Estoy hablando de que estamos en el mundo del revés.
De que las redes de trata manejan el combate contra la trata.
De que las petroleras manejan la ciencia de las energías renovables.
De que los organismos de derechos humanos son controlados por la misma infiltración mafiosa.
De que todos los medios son lo mismo y juegan a lo diverso, para divertirnos
De que no hay libertades, estoy hablando.
De la dictadura que no se ve.
Recordemos, fundamentalmente, que la poesía es la otredad, es la magia de la comunicación, es la vida ganando; y no hay poesía sin un otro que se conmueva. En esa creatividad que diferencia a la Integridad Argentina de la Inteligencia Artificial, es donde debemos salvar la patria. Si logramos salvar la sensibilidad y la verdad en este rincón del mundo, el sur no se oxida. Ayúdenme a poner límites.
Si leíste hasta acá, sabés que el silencio es complicidad. ¿Cómo construimos colectivamente una respuesta desmonte esta dictadura, antes de que terminen de vaciar nuestra identidad?
Si querés contactar a la autora para más información: IG:@argentintiti
*Especialista en comunicación, productora audiovisual y docente.
Publicado en el semanario El Eslabón del 6/6/26
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