La noche es el momento de las cuentas. Aparecen cuando Tomi ya se durmió, cuando la casa se aquieta y la cocina queda en silencio. Mariana se sienta en la mesa con el cuaderno rayado que ahora vive en el segundo cajón. No nació para eso, pero terminó siendo “el cuaderno de cuentas”. Entre los números hay recetas, teléfonos viejos, un dibujo infantil de una casa con un sol gigante arriba.
Mariana anota:
Pan.
Leche.
Crema para las piernas de la abuela (urgente)
Un cuaderno de comunicaciones de tapa azul.
Hace la suma y vuelve a hacerla. Siempre algo no cierra.
Hace dos meses Mariana y Tomi se mudaron a la casa de la abuela. No fue una mudanza heroica ni una decisión pensada. Fue un momento en que el alquiler subió otra vez y Mariana entendió que no iba a poder. Lo entendió mirando el recibo.
La abuela tampoco llegaba. Con la jubilación mínima se le iba casi todo pagando el alquiler de la casa que vive desde hace 50 años. Entonces hicieron lo que hacen las familias cuando el mundo aprieta: juntar las casas.
Ahora viven los tres juntos. La abuela en su pieza de siempre, Mariana y Tomi en el otro cuarto, donde quedaron cajas viejas de cosas que nadie vino nunca a buscar y una bicicleta rodado 24, oxidada, de su infancia.
Volver al barrio fue raro. Las baldosas de la vereda siguen rotas. Mariana las reconoce una por una. Ya estaban así cuando se fue hace veinte años y ahora están peor: más hundidas, más torcidas, con pasto creciendo entre las grietas. Tiene que mirar bien dónde pisa, igual que cuando era chica y salía corriendo para la escuela. Algunas cosas cambian mucho en veinte años. Otras, parece que nadie vino nunca a arreglarlas.
La panadería de la esquina sigue largando ese olor dulce a la mañana. La escuela también está igual: el portón verde, los murales descascarados. Este año Tomi empezó primer grado ahí. En la misma escuela en la que Mariana aprendió a leer.
Mariana pensó también en las maestras de la escuela de Tomi. Este año las clases no empezaron exactamente cuando debían. Arrancaron el día después porque muchas docentes habían parado. No fue una decisión fácil: el gobierno avisó que a quienes hiciera paro le descontarían el día y podían perder un plus del sueldo que se paga sólo si nadie falta nunca. Igual pararon muchas. En las asambleas habían rechazado la propuesta salarial. Mariana pensó en ellas cuando vio a Tomi entrar por primera vez al aula. En esas maestras que enseñan a leer, a sumar, a escribir los primeros cuentos. En esas mujeres que sostienen las escuelas del barrio con cuadernos, paciencia y una vocación que a veces parece más grande que el sueldo. Y pensó que también ellas, como tantas otras, están siempre haciendo cuentas para que la vida alcance.
El primer día lo miró a Tomi salir con su mochila enorme y sintió algo difícil de explicar: una ternura mezclada con una tristeza antigua. Como si el tiempo hubiera dado una vuelta demasiado grande para volver al mismo lugar.
—¿Todavía estás con las cuentas? —pregunta la abuela desde la pieza.
—Sí.
La abuela no pregunta más. Hay silencios que las mujeres reconocen enseguida.
El domingo amanece con sol.
Tomi está jugando al minecraft y Mariana se levanta porque también trabaja los domingos, limpiando en una clínica del centro.
Lo deja con la abuela.
—Portate bien.
—Siempre.
—Mentiroso.
Se ríen.
Cuando vuelve, a la tarde, el barrio está con el movimiento lento del domingo: gente en la vereda, algún parlante sonando a lo lejos, bicicletas que pasan.
En la casa de Nora, en la misma cuadra de la casa de la abuela, ya están las otras.
Hoy no hay comida de olla. Es merienda.
Sobre la mesa hay un bol enorme con masa y las manos de Nora llenas de harina.
—Llegaste justo —dice. Estamos haciendo tortas fritas.
El aceite empieza a chisporrotear.
Otra mujer calienta agua para la leche. Otra ceba mates para todas. Alguien abre un paquete de cacao en polvo como si fuera un pequeño lujo. Tomi aparece enseguida con otros chicos y se queda mirando cómo las tortas fritas se inflan en la sartén. En un rincón de la mesa hay un celular apoyado contra un frasco de azúcar. De ahí sale la voz de un programa de streaming. Tres o cuatro pibes hablan sin parar. Se ríen. Discuten quién estuvo con quién, quién le dejó de hablar a quién, quién se chapó a quién en una fiesta. Una historia interminable de detalles que parecen importantísimos para ellos y completamente inútiles para el resto del mundo.
—Mirá de lo que hablan —dice Nora, divertida.
—Bueno, peor sería escuchar noticias—dice otra. Todas se ríen.
Las voces del celular siguen flotando en el aire mientras la cocina se llena de olor a masa frita. Mariana mira alrededor.
Las manos que pasan el azúcar. La abuela sirviendo la leche.
Los chicos peleando por la primera torta frita.
—Mañana es la marcha —dice Marta mientras espolvorea azúcar arriba de una tanda.
—Sí.
—¿Van?
—Claro.
No hay discursos. No hace falta. Todas saben por qué.
Porque están cansadas de hacer cuentas que no cierran. Porque están cansadas de que el esfuerzo alcance cada vez menos. Porque cada crisis vuelve a caer en los mismos lugares. En las cocinas. En los cuadernos de cuentas. En las mujeres. Pero en esa mesa también hay algo más. Hay risas.
Hay harina en las manos. Hay chicos que comen tortas fritas calientes con la cara llena de azúcar. Hay una alegría pequeña, obstinada, que aparece incluso cuando todo aprieta.
Tomi vuelve corriendo con una hoja doblada.
—Hice un dibujo.
Mariana lo abre. Es una mesa grande. Muchas personas alrededor y una pila enorme de tortas fritas en el medio.
—¿Qué es?
—La merienda.
La ternura aparece así, de golpe, como un pequeño golpe en el pecho. Esa noche Mariana vuelve a abrir el cuaderno. Las cuentas siguen ahí. Ahora escribe otras cosas.
Harina —Nora.
Cacao —Marta.
Azúcar —la abuela.
No es dinero. No es exactamente economía pero también es una forma de balance. La economía secreta del barrio. La de las manos que alcanzan un plato. La de las casas que se juntan cuando el alquiler expulsa. La de las abuelas que abren la puerta cuando la jubilación no alcanza. La de las mujeres que vuelven a empezar cuando todo parece romperse.
Mariana cierra el cuaderno, escucha a Tomi respirar en la otra pieza, escucha a la abuela acomodarse en la cama. A veces piensa que el país se sostiene de maneras muy raras. No por los gráficos de la televisión, ni por los pibes del streaming hablando de con quién se besaron el sábado. Se sostiene porque hay mujeres que hacen cuentas. Porque hay mujeres que comparten casa. Porque hay mujeres que hacen tortas fritas un domingo a la tarde para que nadie sienta que falta todo. En la casa. En el barrio. En las mesas. Y aunque nadie lo diga en voz alta, muchas lo saben: si la vida todavía sigue en pie es porque hay mujeres sosteniéndola.
El lunes, en el centro de Rosario, la marcha avanza despacio.
Mariana camina con Tomi de la mano y la abuela del otro lado. Hay bombos, carteles, glitter, pañuelos, risas, bronca, canciones. Tomi mira todo como si fuera una fiesta enorme.
En un momento levanta la cabeza y pregunta:
—¿Por qué hay tanta gente?
Mariana aprieta su mano. Mira alrededor. Mujeres de todas las edades caminando juntas. Y piensa que, tal vez, algún día las cuentas dejen de doler. Pero mientras tanto, siguen caminando.
Publicado en el semanario El Eslabón del 14/3/26
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