Tres amigos. Tres amigos mirando. Tres amigos mirando por la ventana.
—Imposible– dice Nano, terminante.
—No seas amargo, el pronóstico es clarito, negro– dice Leo, mientras se frota la punta de la nariz con pulgar, índice y mayor, como para sacarle brillo.
—¡Oxímoron! –exclama el cabezón, divertido, sirviéndose más Old smugler en la taza de café.
—¿Óxido de qué? ¿Qué te agarró cabezón?
—Oxímoron, bestia –intercede Leo. —Es cuando unís dos palabras de sentido opuesto en una misma frase y…
—Algo así como inteligencia militar –interrumpe el cabezón, mientras pasa el escarbadientes de un lado a otro de la boca. —Yo lo veo complicado.
—¿Por qué es complicado?, las condiciones son ideales –insiste Leo–, hace un frío de cagarse hace una semana, está húmedo, nublado. Si a las nubes se les ocurre llorar…
—Llorar voy a llorar yo si no seca un poco, no tengo más calzoncillos y estoy cansado de respirar agua –dice Nano enfurruñado.
–Interesante sinestesia –el cabezón sabe que a Nano le revienta que le hablen con palabras que no conoce– y en ese sentido tenés razón, no creo que pase nada.
—Si estuviéramos en Lausana, con este clima, estaría nevando sin duda –dice Leo, mientras sirve otra ronda.
—Pero esto no es Lausana –agrega Nano, enojado
—¿Se puede saber por qué te enojaste? –Leo mira a su amigo con cierta cara de reproche– ¿qué te pasa?
—¿Qué me va a pasar? ¡Nada me pasa! Uh loco, ustedes dos me prenden fuego el balero.
—¡Alta metonimia! –grita riendo el Cabezón, y acto seguido se tapa con la campera, para evitar el impacto del pedazo de pan que le tira Nano. —¡Eh loco, paraaa, notenojé! ¡Leo, defendeme!
—Vos también Cabezón, cómo te gusta el quilombo, deja de hacerte el literato que Nano está enojado.
Nano, agitado, con los ojos muy abiertos, cae en la cuenta de su bronca, como enterándose de lo que le pasa en ese mismo instante. Mira hacia el techo, inspira profundamente y se prepara para zambullirse en la pileta de las confesiones. Enciende un cigarrillo, da un trago al Smuggler y empieza a hablar:
—Ustedes no entienden muchachos. Cincuenta años es mucho. ¿Se dan cuenta que nos pasamos la vida esperando? Cuando sos un pibe, nada es para vos, tenés que esperar a ser grande. Para salir a jugar, para tu cumpleaños, para las fiestas, para todo tenés que esperar. Y si sos de Tablada, más todavía. Porque a lo que todos esperan, agregale la luz eléctrica, el pavimento, una escuela como la gente, el colectivo… ¡todo! Todo es una interminable espera…
Leo, el señor viajado del trío (con mucho avión, pero poca calle) apura un —¿Y por qué te enojas así con la nieve, qué tiene que ver?
Nano lo mira con extrañeza, sorprendido que su amigo no comprenda algo tan simple:
—Porque fue la única vez en mi vida que no tuve que esperar Leo. Me levanté una mañana y estaba ahí, ¿entendés? ¡Ese fue el día más feliz de mi vida, tenía nieve en mi casa!
El cabezón, pensativo, escucha a su amigo. Sorbe lentamente el whisky, la mirada hacia adentro, tomando nota con sus pensamientos. Mira a Nano y le dice:
—Y a partir de ese momento empezaste a esperarla también a ella.
—Así es cabeza –su voz denota tristeza. —Una cosa más que esperar
De pronto, se pone de pie, toma su abrigo y dice:
—Pero se terminó, hasta acá llegué muchachos. No espero más.
Leo y el cabezón se incorporan, se ponen sus abrigos. Sólo se escucha el susurro del calefactor. La tristeza flota en el aire.
Salen al patio. El verde del jardín se contagia del gris de la tarde. La escena es una foto antigua.
—¡Qué frío la reputísima madre que los parió! –exclama Leo, dando saltitos de un pie al otro.
—Seee, de cagarse –le sigue el juego el cabezón ¡Qué lindo que es putear cuando tenés frío o estás triste! Nano no dice nada. Silenciosos, salen en fila india por el pasillo, Nano al frente y el cabezón cerrando la marcha.
Al llegar a la puerta, los tres quedan atónitos.
—Pero qué carajo…
Pensaron que había comenzado a lloviznar, pero pronto notaron que no. Esto no era lluvia, la lluvia sencillamente cae. Y esto era como una flor de Diente de león gigantesca que alguien había soplado para ellos.
—¡Nieva, boludo, nieva, está nevando, te das cuenta! –Grita Nano enloquecido, con ocho años otra vez.
—¡Como en Lausana, qué mierda! –Dice Leo a las carcajadas.
El cabezón observa y fuma, tranquilo. Nano se acerca, lo abraza y lo levanta con un abrazo de oso como cuando eran dos atorrantes de 15 años y jugaban a luchar. Cuando lo suelta, lo mira a los ojos, toda sonrisa y emoción.
—¿Te das cuenta? ¡La desgraciada vino cuando dejé de esperarla!
El cabezón miró a su compañero de mil batallas, y, sabiendo que esta se la iba a perdonar, le guiño un ojo y le dijo:
—Hermosa metáfora. ¿verdad?
Publicado en el semanario El Eslabón del 11/7/26
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