—La sangre llena todos los lugares equivocados. Usted lo sabe, porque se dedica a cubrir policiales —dice el comisario, y prende el cigarrillo para darle la primera seca de la noche.
El reportero anota una palabra en la libreta y dice:
—Un crimen a veces comienza por un error.
A pesar de ser la terraza de una comisaría, está ocupada por muchos alambres y caños oxidados. También hay latas agujereadas, como si hubieran recibido proyectiles. A lo lejos, unos relámpagos muestran guapeza. El comisario mira el cielo agrietado y dice:
—Hubo signos, no lo supimos ver.
—¿Qué signos, comisario?
—Primero, el descenso acelerado de homicidios en la ciudad. Esta pasmosa tranquilidad que antecede al huracán.
—Fue como dice, comisario, casi no trabajamos. El lector está hambriento de tragedias y tuvimos que llenar páginas con la noticia de los peces muertos del Paraná.
El comisario mira a lo lejos, como si estuviera buscando un mensaje en las estrellas que se esconden y dice:
—Esto no es lo natural, como las catástrofes.
—¿Como la última tormenta?
—Sí. Esos granizos que parecían meteoritos. Está en las Santas Escrituras.
—Al otro día vino la tarde de domingo primaveral. Como si nada.
—Sí, con temperaturas de verano, ideal para que la gente se entregue a la calma del río, de los parques, que salgan de sus casas.
—Como usted dice, comisario, esa tarde un silencio de desierto parecía colonizar los barrios.
—Por eso nadie escuchó cuando bajaron por los techos. La esquina tiene antecedentes, ahí apareció apuñalado hace unos años Don Héctor. Sin embargo, hasta el día de hoy no encontramos cuentas pendientes.
—Lo recuerdo, comisario, cubrí el caso. Apareció atado a la silla, con todas sus pertenencias. Los delincuentes se habían equivocado de casa.
El comisario le da una pitada al cigarrillo y dice:
—La calma no nació para el hombre. Deja partir a mi pueblo, para que me rinda culto en el desierto, le dijo Dios al Faraón, y nos dice en el tercer mandamiento: Santificarás las fiestas. La víctima tenía la comunión de su sobrino. No fue. Se quedó durmiendo la siesta.
—¿Cómo sería eso?
—Si hubiera asistido a la Santa Misa de las cuatro de la tarde, no hubiera estado en el lugar equivocado. Usted sabe lo que le digo.
—Comisario, ¿y si hubiera ido a la isla con los amigos?
—El kayak se hubiera dado vuelta, y estaríamos buscando el cuerpo.
—¿El destino, comisario?
—Si ese domingo hubiera ido a la iglesia.
—Yo no tendría esta noticia. Comisario, ¿por dónde entraron a la casa?
—Es un misterio. La víctima afirma que la cortada de la esquina es un portal de paso a otros tiempos. Dice que el día siguiente a los acontecimientos, el dinosaurio merodeaba la zona. También afirma que lo veía en la puerta de su casa con frecuencia, que viene desde la cortada, donde a la noche se va y a la mañana, de nuevo ahí, en la puerta, estacionado. Un dinosaurio de edad y estatura mediana, verde, y bien carnívoro. La víctima parece asombrada por la salud del animal que se muestra entero, como si tuviera que realizar una orden que ejecuta a la perfección. Un dinosaurio que parece libre, hambriento. La víctima cree que tendrían que estar extinguidos hace mucho tiempo. Eso no lo ponga, los portales del pasado sólo están en el desierto o en algún lugar sagrado del oriente medio. Además, los vecinos desmienten la versión.
—Vamos al hecho puntual, ¿dónde atacaron a la víctima?
—Según él, se encontraba en la habitación, durmiendo, con el ventilador. Pudimos indagar a algunos vecinos de la zona y hay quienes afirman que esa mañana se veían algunos rostros pocos frecuentes. Lo de siempre, uno en la parada del colectivo, otros dos arriba de un Falcón verde de los años 70. Según pude averiguar, estaba estacionado en la cortada. Un auto en buen estado. Esto tampoco lo ponga, ponga más bien que la víctima siente ruido y sale de la habitación.
—¿Con qué se encuentra, comisario?
—Dos masculinos. El más alto tenía una improvisada capucha, ponga eso, lo hace más realista. Agregue que la capucha estaba hecha con una remera y que no tenía arma de fuego, más bien un arma blanca en su mano izquierda. Escriba que la víctima dice que la vio brillar como el sol y que pensó que ese cuchillo podría romper el candado de la puerta del Gehena. Esto último mejor no lo ponga. Escriba que el más robusto usaba guantes y fue el que se acercó y lo redujo en el piso. Sabemos cómo se hacen estas cosas, las manos van en la nuca y una almohada sobre ella para que la oscuridad gobierne. Bueno, esto último no lo ponga. No importa que haya sido así.
—Comisario, ¿qué le robaron?
—Una herencia que acababa de cobrar. No mucho. Unos pocos pesos en moneda extranjera.
—¿No le parece que a esta historia le hace falta un acto de rebeldía de la víctima?
El comisario le da una pitada al cigarrillo y dice:
—¿Para qué?
—Para que genere empatía en el lector.
—Mire, no se haga problema. La gente ama a las víctimas. Hasta salen de marcha por las víctimas. Las víctimas nunca fallan.
—Comisario, perdone que insista. Hay que anotarle una a favor, al lector le gustan los héroes.
El comisario mira el cielo, expulsa humo por la nariz y dice:
—Bueno. Hizo algo por la madre.
—¿La madre estaba en la casa?
—No, estaba protegida. Había ido a la iglesia, a la comunión familiar.
—¿Y qué hizo por la madre?
—Puso la oreja en el piso, como en las películas. La víctima ve muchas películas de cowboys y quería comprobar que la madre no había regresado. Agradece a las películas que le enseñaron a estar tranquilo. Si usted me pregunta, considero que la víctima debería estar más agradecido al Santo Padre que le está dando una segunda oportunidad en este valle de lágrimas. Pero volvamos a los hechos: cuando le ponen la almohada en la nuca, gira la cabeza y apoya la oreja derecha sobre el piso, como los indios, que lo hacían para saber qué se avecinaba, una manada de búfalos o lo que sea. La víctima no escuchó nada.
—Un trueno interrumpe al comisario. Las luces de la calle están encendidas, imponiendo destellos de su presencia en la terraza–. Le hicimos pericia psiquiátrica y ve dinosaurios.
—¿A la víctima, comisario?
—Sí, se la voy a leer para que tenga una idea —dice y saca un papel del bolsillo de la camisa, lo abre y se acerca a la cornisa para ganar la claridad de la luz de la calle. Lee: “A los dinosaurios los quiero lejos, pero están en mis sueños, en mi cabeza, en mis brazos que tiemblan, en la voz que me dice que ponga las manos en la nuca y me tire al piso. Están en los coletazos que destrozan mi pieza, volando las cosas por el aire. En la pesadilla de la almohada en la nuca. La capucha y el brillo de la punta del cuchillo que amenaza con pincharme. En el hambre por el papel verde, cabeza grande, inmigrantes del norte. Pienso en mi mamá que pudo volver de un momento a otro y doy gracias a los indios de las películas que me enseñaron a escuchar en el piso y en la oscuridad. Estuve solo, a merced de los dinosaurios, en la fragilidad de la vida que se esfuma”.
El comisario guarda el papel y dice:
—No ponga eso, a nadie le importa.
Publicado en el semanario El Eslabón del 7/3/26
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