“Que […] el teatro abandone definitivamente
esa barata y resignada ambición de ser la alternativa
y se reencuentre simplemente con lo que fue:
rito subversivo y vital.”
Mauricio Kartún

En un siglo atragantado de pantallas y bombardeado por estímulos dopamínicos viciosos, empezar a ver teatro supone un ejercicio cerebral casi doloroso, casi aburrido, casi prescindible. Hasta que, después de probar con algunas obras, te habita. Hasta que entendés que no hay nada que entender porque el secreto está simplemente en estar donde tu cuerpo está. Sostener la mirada, agudizar los sentidos, aguantar la vida incluso cuando la mente insista en irse hacia otro lugar. Prestarse al juego.

“Nunca se pongan por debajo de la obra que van a ver”, nos dijo una profesora de primer año a mí y a mis compañeros de la carrera de actuación. Si te gustó, te gustó. Si no te gustó, no te gustó. Fin. El teatro no es algo que los espectadores tengamos que entender técnicamente. La invitación es, de alguna manera, tangible: permitirse ser atravesado. Cuestionado. Amado. Escuchado. Reflejado. Para pensar en la composición están quienes dirigen, quienes escriben, quienes actúan, quienes producen. Vos, relajá: sos el agasajado. El teatro es un acto de servicio. Es tuyo. Es de todos. Tomalo. Llevalo. Compartilo. ¿O acaso es lo mismo reírse solo que reírse con otros? ¿Y llorar solo? La angustia se atraviesa mejor cuando estamos juntos, ¿no? Ni te digo cuando se trata de soportar la hijaputez del contexto al que estamos sometidos. Antes del Estado, del mercado, incluso antes de la escritura; el teatro ya estaba ahí. Ni grandes edificios ni ambiciosas producciones: cuerpos en escena y cuerpos expectantes, siempre cerca del abrigo del fuego. Si de la civilización quedaran sólo los escombros, el teatro seguiría ahí.

En una coyuntura signada por el desfinanciamiento cultural atroz, perpetrado por la mismísima insensibilidad con patas y por una pandemia de soledades arrasadoras, obstinarse con el arte, más que una actitud ilusa, es una respuesta política. Es prender linternas frente al apagón al que, con prisa y sin pausa, nos estamos sumergiendo. El teatro no va a cambiar el mundo, pero tal vez haga que nos sintamos un poco más cerca de la alegría y más lejos de la muerte y eso, hoy, creo que ya es más que potente. 

Necesitamos de la producción simbólica como se necesita de comer cuatro veces al día. Necesitamos que otros hagan el trabajo poético de pensar nuestras vivencias para poder tomar prestadas algunas palabras, algunas sensaciones, y así volver a armarnos de autoestima colectiva. Necesitamos que alguien cuente nuestras historias, las historias de todos. Necesitamos volver a reconocernos en los otros, humanamente iguales. Necesitamos la catarsis. Necesitamos de la afectación que produce la desdicha ajena como una práctica consciente contra la indiferencia. Necesitamos volver al pulso compartido, a la compañía del ritual, al juego infantil de poner bajo la lupa (o bajo la luz de un escenario) escenas cotidianas que nos ayuden a transitar, digerir, respirar la vida. Necesitamos volver al cuerpo, al tacto, al roce de la piel con la piel. Necesitamos la lentitud, la contemplación, éticas y estéticas que le hagan frente al horror. Necesitamos del convivio, que no es más que el arte de convivir. 

Esta sección intentará ser una guía, un puntapié para que logres salir del sillón y los algoritmos. Para que te vistas lindo, te perfumes un poco y salgas a ver qué es lo que está pasando en la calle teatral rosarina que, de paso, nada tiene que envidiarle a las producciones porteñas. ¿Dios atiende en Buenos Aires? Minga. En Rosario existen muchas salas de teatro que mes a mes ofrecen una gran variedad de obras hechas por gente de acá, para gente de acá como vos, como yo.

Si estás produciendo, asistiendo, dirigiendo o actuando una obra, si tenés fechas programadas en alguna sala teatral independiente de Rosario, escribinos! Queremos ayudarte a difundir tu trabajo, que se ocupen las butacas, que se corra la bola, que la gente se encuentre, que el ritual se complete. 

*Estudiante de Actuación en la Escuela Provincial de Teatro y Títeres

 

Publicado en el semanario El Eslabón del 4/4/26

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Un comentario

  1. Haney Mitchell

    11/04/2026 en 3:59

    A veces uno se acostumbra tanto a lo rápido y lo digital que se olvida de lo que es vivir algo en persona.
    Geometry Dash Lite

    Responder

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