“Yo voy a soltar esta bolita acá –dijo el profesor Casablanca ante las cámaras de Canal 3, en cuclillas en medio del cantero central de la miniavenida que es Francia entre el ingreso al túnel Celedonio Escalada y la escultura de chapa del Barquito de Papel– y ustedes podrán apreciar cómo ésta va a rodar precipitadamente hacia el río”.
Todos los presentes, en su mayoría curiosos que querían salir en televisión, se rieron. Hasta el cronista soltó una risotada sobre el micrófono que saturó el sonido de la transmisión. Pero cuando la pequeña esfera de vidrio fue andando sin freno para el lado de las islas, las carcajadas pasaron a ser congeladas muecas de miradas nerviosas. Fueron contados segundos de un silencio extraño hasta que alguien intentó decir algo pero un productor lo interrumpió: “Estamos fuera del aire”, dijo. Un monitor mostraba la tanda de frenéticas publicidades.
Rosario estaba cada vez más inclinada hacia el este. Los bienes materiales de las mayores riquezas de la región, sumada al peso específico de las megaestructuras de esos magníficos edificios que fueron poblando la zona del viejo embarcadero del barrio Refinería estaban sobrecargando la endeble orilla. Demasiado cerca del río y sin contrapunto edilicio de magnitud en el chato oeste de la ciudad. Lo mismo pasaba en la costa central.
“Esta ecuación ya no es la teoría de un problema, es una preocupación urgente”, insistía el catedrático.
Pero ya no lo rodeaba nadie, ni curiosos ni la prensa televisiva.
Todos habían corrido a ver cómo cruzando la calle se levantaba la carpa de un circo.


