En un contexto de ausencia estatal, agresividad permanente y represión de la protesta, las organizaciones populares se hacen cargo de la reconstrucción del tejido social. El arte como resistencia.
Hace un par de semanas se produjo la que fue, seguramente, una de las mayores convocatorias a movilizar el 24 de Marzo, afianzando la certeza de que lo que suceda en nuestro país deberá pasar en el marco de una democracia. Tendremos que ver cuáles son los mejores calificativos para que esa democracia pueda ser vivida como la concretización del estado de derecho. Podemos hablar de participación, de espacios de decisión compartidos, de justicia social y de equidad, pero si algo queda claro es que un sector muy amplio de la sociedad no está dispuesto a aceptar autoritarismos.
Cuando nos preguntamos acerca de las organizaciones políticas y sindicales, podemos ver que en muchos casos el modelo organizativo y el ejercicio del poder es más parecido al del liberalismo y de su estructura jerarquizada piramidal que al del funcionamiento asambleario. No es justo generalizar: seguramente podremos encontrar organizaciones y experiencias que escapan a esta lógica. De todos modos, es importante recalcar que muchas organizaciones del campo popular funcionan participativamente, de manera asamblearia, sin un ejercicio pronunciado de poder, en las que las relaciones y vínculos se definen por lógicas que no apuntan a la jerarquización.
Tampoco a un modo que minimiza a quien se encuentra más abajo en en la pirámide de poder, para quienes ser posibilidad de ser referente tiene más que ver con asumir responsabilidades y no con delegarlas. A su vez la inaccesibilidad a los lugares de decisión, y a las personas que tienen la potestad de definir lo que se hace y lo que no, imprimen una dinámica sin debate. Se acata y nada más.
Resistencia desde las bases
Es en contextos como éste, como también sucedió en el macrismo o en el menemismo de la década infame de los 90, o incluso como vivimos en la dictadura del 76, cuando se conforma un tejido de resistencia cultural que acerca, que incluye y cuestiona. La brutal sinceridad de los 90 en el rock alternativo. Ya no se buscaba la perfección de un estilo sino la estridencia, la simpleza y el desahogo. Y estaba bien. Si el mundo se iba a la mierda lo mejor era ayudarlo a derrumbarse. La cultura siempre estuvo, en el arte, en los modos de relacionarnos, en las tribus urbanas. La cultura siempre pone en jaque al consumo y este último la combate con su arma más poderosa: el look, la monetarización de la subjetividad, que no tiene nada que ver con la personalidad. y que. además no implica ningún sacrificio ni ningún compromiso. Así es fácil.
Con la llegada al gobierno de quienes vienen detentando el poder real a lo largo de toda nuestra historia, el bombardeo simbólico al que nos sometieron produjo un repliegue de los sectores que plantean un modelo más equitativo. Si consideramos los antecedentes de estas metodologías, por su virulencia y su nulo respeto a la alteridad, encontramos al modelo propagandístico de la dictadura militar el que definía como enemigo a todo aquel que pensara distinto. Ese intento de homogeneización, de no aceptación de la diferencia, no tiene otro sentido que naturalizar las desigualdades sociales, por un lado, y, deslegitimar a las clases populares por el otro, llevando al extremo la intolerancia a la pobreza y la culpabilización de quienes no tienen decisión sobre la realidad a la que están sometidos acusándolos de ser la causa de todos los males.

En un contexto de agresividad permanente, de represión de la protesta, aportan mucho más a la reconstrucción del tejido social las organizaciones que contienen afectivamente, que propician encuentros para disfrutar, tienen una dinámica participativa, funcionan en base a la invitación, a la apertura de espacios colaborativos en los que todas las personas que están presentes son importantes. Es raro en esos lugares que se tenga que votar. Tampoco es necesario pensar igual, con que exista la posibilidad de colaborar cada cual desde su punto de vista es suficiente.
Centros culturales, bibliotecas populares, clubes de barrio, radios comunitarias, centros de estudio, vecinales, centros de jubilados, son sólo algunos de los lugares en los que la vida social se expresa de manera comunitaria. Son los lugares en los que confluyen personas para constituir subjetividades grupales. Y así como las personas tenemos contradicciones, los sujetos colectivos también las tienen. La participación social todavía hoy, a tres años de finalizada la pandemia, sigue siendo un desafío, continúa interpelándonos e invitándonos a salir de la virtualidad. Cuando el estado se ausenta, cuando no genera políticas en respuesta a las necesidades del pueblo, cuando sólo tiene como función generar condiciones a la reproducción y apropiación del capital por parte de una minoría, olvidando los preceptos constitucionales, estamos en problemas.
Mucho más que ir a votar
En un texto de increíble astucia, Cornelius Castoriadis diferencia a la democracia como procedimiento de la democracia como régimen. Cuando la democracia es sólo un procedimiento, o sea votar cada cuatro años, la separación de poderes no es más que una serie de formalidades que garantizan que la mayoría sólo obedezca. En algún punto, es la garantía de que la dirección del Estado esté a cargo de tecnócratas. mientras que a las mayorías sólo les queda la función de obedecer. Plantea que la trampa reside en la separación artificial de lo público (votar) de lo privado (la economía), y como las decisiones económicas no se discuten en asamblea, ni hay mecanismos participativos de la ciudadanía, la libertad del ciudadano termina donde empieza el poder del mercado.
En cambio, la democracia como régimen incorpora la idea que es un modo de vivir colectivamente y no sólo una manera de gobernar. En esta modalidad de ejercicio de la democracia, se intenta hacer confluir la idea de libertad con la de equidad. Esto significa que la igualdad es sólo una formalidad, en una sociedad en la que sus habitantes no tienen la misma capacidad de decidir los destinos comunes. Castoriadis deja en claro que un régimen de estas características es muy frágil; a lo que agrego que es ilusorio e idealista pensar en una sociedad así.
Sin embargo, estas afirmaciones nos sirven para pensar por qué, en un contexto como el que nos toca vivir, las organizaciones políticas y sindicales, con sus estructuras tradicionales de ejercicio piramidal de la jerarquía, generan mucho menos participación que los espacios más horizontales donde en lugar de este modo de poder sobre las bases, se produce una asunción de diferentes responsabilidades en cada coyuntura. Éstas además no corresponden con una estructura de poder cuyo fin es perpetuar a sus dirigentes; sino que intenta construir sentidos nuevos, que posibiliten la construcción de comunidad.

Los modelos en pugna hoy en todo el mundo pueden resumirse en dos grandes vertientes. La de mayor difusión, encabezada por los gobiernos de EEUU y de Israel, que en nuestro país se expresa a través de la figura de Milei. Quienes gobiernan en este caso son las grandes empresas junto al sector de las finanzas. Aunque se planteen como antiestatistas y que tengan una guerra retórica con los sectores de la política tradicional acusándolos de casta, siguen participando del juego democrático invirtiendo recursos, medios y tiempo en instalar una cultura que carga las responsabilidades sobre quienes menos tienen. Esta visión empresarial, ideológicamente ubicada en la meritocracia, parte de una premisa falaz. Plantea que somos todos iguales, más allá de si pudimos alimentarnos de niños o no, si crecimos en abundancia o en la necesidad más cruel, parten de una igualdad formal que en los hechos es irremontable.
En las antípodas se encuentra una cosmovisión que de a poco se va completando. Diferentes movimientos van marcando una agenda de participación y movilización amplia y pluralista. En el seno de estos movimientos se dan discusiones de todo tipo, sin embargo, hay aspectos que mantienen en común tanto el movimiento de mujeres, el de derechos humanos, el ambientalismo, y es que pensamos un mundo cada vez más inclusivo. Comparten la idea de un destino común, de que habitamos el mismo mundo y tenemos que cuidarlo en todos sus niveles, en el ambiente, en las relaciones, en el respeto por la dignidad de la vida.
Las ideas políticas sirven para orientar nuestras prácticas, más aún las que fueron desarrolladas en nuestras latitudes. Hay que recuperar la capacidad de reflexionar sobre estas cuestiones porque nos permiten caracterizar el contexto y, en algunos casos, hasta nos permiten cambiar aspectos de la realidad. Porque no se trata sólo de los aspectos netamente materiales, sino la percepción que tenemos de ella, la disputa simbólica por el sentido de la vida, de la historia, por la concepción de comunidad, de Estado y de soberanía. Necesitamos construir una nueva cosmovisión que pueda rescatar lo más humano de nuestra historia, los momentos en que la mayor cantidad de gente tenía derechos y era consciente de su importancia. Pero también hay que encontrar lo nuevo, lo que tiene que emerger del tejido social, de nuestra cultura, porque si no vamos a seguir siendo los conservadores de este tiempo, los que pedimos a gritos que la historia vaya para atrás y recuperemos esa hermosa capacidad de inventar un mundo donde quepan todos los mundos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 11/4/26
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