El abuelo siempre nos estaba enseñando cosas, muchas, de las buenas y de las otras. Mamá cada tanto lo cagaba a pedos y argumentaba que éramos chicos, que no ves que eso lo van a querer hacer cuando estén solos, que se van a lastimar (¡o a matar!) y cosas por el estilo. Pero el abuelo persistía. En la mesa familiar un domingo o a escondidas en el galpón del fondo, según la peligrosidad del asunto. Así aprendimos a hacer diferentes nudos para atar los anzuelos, trampas para ratones, gomeras, barriletes, trucos o castillos con las cartas, fuegos artificiales con una virulana, barquitos y sombreros de papel de diarios, a mover las orejas y a empalmar cables para arreglar un velador. Una vez incluso nos mostró cómo podíamos llamar por teléfono cuando la abuela le pusiera el candado al disco del aparato: tenías que apretar repetida y rápidamente la palanca que servía para cortar, según el número que querías marcar, esperar un segundo y hacer lo mismo con el siguiente. La cagada es que para el cero había que apretar diez veces y no terminabas nunca, o perdías la cuenta. Pero el quilombo se armó la noche en que el abuelo nos convenció a mí, a mis hermanos y a mis primas de irnos de campamento al terreno abandonado que estaba detrás del cañaveral. Nuestros padres se habían ido al casino de la capital y el viejo nos hizo llenar las mochilas con pinzas, alambres, martillos, clavos, un machete, ropa de cama de esa que ya no se usaba más, cinta adhesiva, frascos de vidrio con tapa, bolsas de basura, unas latas de viandada, un par de picadillos, galletitas y botellas con agua.
—Y linternas, no se olviden las linternas —nos susurró cómplice antes de salir.
Hugo, que así se llamaba el padre de mi madre y de mi tío Luisito, armó una carpa usando de varillas unas cañas verdes dobladas que antes cortó y afiló con el machete, le hizo el toldo con sábanas despeluchadas y hasta un sobretecho con las bolsas de consorcio unidas prolijamente con la cinta de embalar.
—Por si llueve —señaló, levantando los hombros y las cejas.
Después nos hizo agujerear las tapas de los frascos con los clavos y a martillazos, salimos a cazar bichitos de luz y los metimos ahí. Enseguida nos dijo que apagaramos las linternas, que ya no las necesitábamos más. Parecía que las estrellas habían bajado a nuestra altura. Cada uno con su farol natural (así los bautizó la Jime), caminamos en hilera hasta la barranca del río cantando: “Apaga luz, Mariluz, apaga luz, que yo no puedo dormir con tanta luz. Los borrachos en el cementerio, juegan al mús”.
Cuando se impuso la oscuridad, ya no le teníamos miedo ni a ella ni a nada más.
Publicado en el semanario El Eslabón del 11/4/26
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