Yo no sé, no. La Eva, desde que se anotó en el grupo de teatro en la Anastasio Escudero, escuela donde estaba por terminar la primaria, no veía la hora de subir y ganarse los aplausos desde el escenario mayor del salón de actos que era fabuloso. La Laura, que cantaba bien pero tenía miedo escénico, decía: “Algún día lo voy a superar y voy a ir al Servando Bayo y cuando salga mi voz me va a aplaudir todo el barrio”.
Por otra parte, José se metió a la conversación y dijo que para él el mejor escenario era tirarse desde arriba del Puente Gallego y que todos vean esa escena magnífica de clavarse en la parte más torrentosa del arroyo. Tiguín calculaba las velocidades de las bicicletas que preparaba y decía que algún día iba a haber unas bicis para poder cruzar la Vía Honda de terraplén a terraplén y que iban quedar todos con la boca abierta.
La Silvia, que se había comprado unos patines, se iba a la playa de la plaza Galicia y formaba un pequeño escenario donde ella era la figura principal. Cuando lograba llamar la atención, patinaba hasta arrancar algunos aplausos.
María se quedaba con la boca abierta cada vez que aparecía el parquecito de diversiones, un pequeño circo o alguna fiesta infantil: “El escenario de los títeres es fantástico. Quisiera estar ahí con mi voz o con una marioneta mía porque ese escenario me lleva a otro mundo”, decía mientras practicaba con una media en la mano.
Carlos, cada vez que cruzábamos la cancha grande del Club Hacienda, por Acevedo y Francia, decía: “Algún día, este arco va a ser escenario de un gol mío”.
El Huguito, cuando se enteró que iba a haber una muestra de habilidades en la plaza, decía que se iba a presentar a mostrar el dormilón, el medio mundo y el triángulo que había aprendido con el yoyo Russell para que lo aplaudieran.
Mónica, que a veces se aparecía con la guitarra y la punteaba lindo, cuando vio que estaban techando el escenario de Las Palmeras, donde alguna vez se subió Magaldi (o el hijo de Magaldi) cantando “Moscú está cubierto de nieve y los lobos aúllan de hambre”, decía que para ella subirse a ese escenario a hacer un acorde con la guitarra ya sería pasar a la historia. Manuel decía: “Yo no puedo subir a escenario alguno y menos para interpretar una obra porque no tengo memoria, pero lo que puedo hacer es de apuntador”. Es que no se perdía un solo día cuando pasaban por la televisión el programa Teatro como en el teatro y siempre espiaba a ver si podía ver al indicándole la letra a los actores”.
En realidad sí se había subido a un escenario unos años atrás a interpretar una obra de la escuela en el Club Echesortu. Era la de los indiecitos y el lobo y él tuvo que hacer de lobo. Se subió, hizo “uuuh, uuuh” y los indiecitos salieron de vuelo. Para colmo nadie sabía que era él porque estaba todo envuelto en papel crepe hasta la cara. Pedro, que se acordaba de eso, la calmaba a la pequeña Susi que estaba en el patio de la Santa Isabel porque tenía que interpretar una poesía y tenía un miedo que se atragantaba de sólo pensar que desde el escenario iba a haber un montón de gente mirándola.
Al ratito, un viento empezó a traer las primeras hojas resecas y formaban como un pisito. La pequeña Susi nos miró, vio que le sonreíamos, vio las hojas que caían y sintió que estaba en el mejor escenario posible. Y empezó a relatar su poesía, que era el otoño.
Publicado en el semanario El Eslabón del 11/4/26
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