Acorde a la realidad de la Argentina gobernada por Milei y compañía, la salud mental también está en jaque. El desfinanciamiento, el punitivismo, la crisis social y económica, el individualismo y la soledad.

El deterioro de la salud mental no puede ni debe separarse de los contextos porque eso implica que el sufrimiento psíquico indefectiblemente deje de leerse como un problema social para convertirse en una responsabilidad individual. La crisis económica y social, el aumento de la pobreza, la precarización laboral, el aislamiento y el avance de discursos individualistas conviven con un Estado que desfinancia o vacía directamente los dispositivos de atención y que atina a responder con lógicas punitivas a problemáticas sociales complejas. El gobierno de Javier Milei convirtió la agresión verbal y los discursos de odio en parte de su identidad política y la reacción de buena parte de la oposición suele ir por el mismo camino: llamar “loco”, “desquiciado” o “enfermo” al Presidente y a sus funcionarios se volvió una práctica común y peligrosa. La escena revela algo mucho más profundo: una época que patologiza la violencia política al tiempo que abandona las condiciones materiales y colectivas para el cuidado de la salud mental. 

Natalia Palma, presidenta del Colegio de Psicólogas y Psicólogos de Rosario, remarca en diálogo con este semanario que “en 2025 se registró un aumento del 77 por ciento en las internaciones por salud mental y creció un 134 por ciento la demanda de atención ambulatoria”, y fustiga: “Cuando más hay que invertir en la salud mental de la comunidad, lo que aparece son todas respuestas opuestas a lo que uno estaría esperando: la respuesta punitiva, la respuesta del desmantelamiento, de la precarización de los trabajadores y el cierre de los dispositivos”.

Tiempos difíciles

Natalia Palma se toma su tiempo para hablar de problemáticas complejas que atañen a la salud mental, elige las palabras, realiza pausas, pero a la vez se apasiona porque entiende que en este contexto es fundamental hablar de estos temas, abrir los debates y sobre todo buscar soluciones, trazar objetivos y reclamar al Estado que deje de atacar a sectores que hacen a la construcción de un país más justo. “Hay un vaciamiento en torno a las políticas públicas que viene desde hace años y que van en detrimento de las condiciones de existencia de la población. Desde la modificatoria de un montón de normas que se presentaron con la ley Bases, todo lo que fue cumpliendo el gobierno nacional fue en torno a la profundización de esos vaciamientos. Salió la reforma laboral, se efectivizó el desfinanciamiento a la educación y a la salud pública, se vacían dispositivos, y en relación a eso se va constituyendo o se intenta constituir un tipo de sujeto, un tipo de persona, un tipo de individuo. ¿Qué tipo de sujeto se pretende construir en este contexto?, sería la pregunta”, se cuestiona, y argumenta: “Se desfinancia el sistema de prestaciones por discapacidad porque lo ubican como un fraude; se pretende modificar la ley de salud mental porque aparece nuevamente la idea de la peligrosidad, lo mismo que la ley penal juvenil. Es decir, se instalan temas, se construyen figuras, se construyen representaciones primero de los sujetos y después aparece la reforma, aparece la ley, aparece lo que va a cambiar. Lo primero que hacen es instalar esas figuras para después poder construir un consenso social en el que se pueda avalar por ejemplo la reforma de una ley penal juvenil. Hace unos días cuando se crea la comisión de salud en Senadores, la directora nacional de salud mental, Liliana González, va construyendo de algún modo esta idea de la peligrosidad y que el otro es un riesgo. Instala la idea de los antecedentes para construir la figura del otro como un otro peligroso al que no puedo acercarme y ahí es donde aparece más fuertemente la fragmentación del lazo social”.

Foto: Nicolás Parodi

Palma refiere el Relevamiento Federal de 2025, realizado en 18 provincias y expuesto en el Tercer Encuentro Federal de Salud Mental de abril de 2026, en el que los datos son abrumadores: las internaciones en casos de salud mental crecieron un 77 por ciento y la demanda de atención ambulatoria un 134. “Estos son datos federales, pero tenemos también datos del órgano de revisión provincial que hablan de 156 casos de suicidios de adolescentes en 2025. El desafío es poner en la agenda política la salud mental para hablar de estos temas porque sino aparecen como indicadores o nomenclaturas aisladas cuando en realidad están dentro de un gran conglomerado de emergentes que hoy tenemos que leerlos en clave de una gran crisis del pacto social. Si se los lee así, recortados, aparecen como una cuestión más individual, patologizante. Entonces, dentro de este contexto, vale ubicarlo como un gran problema, como uno de los grandes emergentes. El desafío es poder tener la capacidad de unificar y pensar en algo más integral porque justamente lo que tiene el campo de la salud mental, y también es una deuda pendiente, es que no sea tomado como un campo que atraviesa todas las problemáticas sociales. Todo el tiempo se habla de salud mental, cuando alguien se queda sin trabajo surge la pregunta coloquial, cotidiana de ¿cómo le estará pasando?, ¿qué efectos tendrá esa pérdida de trabajo en esa persona? O en situaciones de acoso entre pares en los colegios secundarios, lo que se conoce como bullying, en todos esos momentos se habla de salud mental, el tema es que ver qué se dice, cómo se informa, qué se entiende por salud mental, porque sino pareciera que el nombre queda como desencajado de las problemáticas de la época o no queda transversalizado”.

La profesional destaca lo paradójico y cruel que es que “con el incremento de las problemáticas en salud mental se viene el desfinanciamiento”, y critica: “Cuando más hay que invertir en la salud mental de la comunidad, lo que aparece son todas las respuestas opuestas a lo que uno estaría esperando, que es la respuesta punitiva, la respuesta del desmantelamiento, de la precarización de los trabajadores y el cierre de los dispositivos”.

La caja boba

Cuando éramos chicos en la mayoría de las casas había un sólo televisor y muy pocos canales, lo que implicaba que a las ocho o nueve de la noche, a la hora de la cena, la familia entera veía el noticiero de turno y se daba una suerte de sobremesa en la que se hablaba de lo que estaba ocurriendo en el país o en el plano internacional. Hoy, hay dispositivos por toda la casa y cada miembro de la familia está inmerso en su propia pantalla y en su propio mundo. Son cuestiones que van incidiendo en los vínculos, en los lazos sociales cada vez más dispersos e individualistas. 

Natalia señala también que “la soledad de los pibes es algo que venimos trabajando en los espacios educativos, la soledad con que transitan incluso la experiencia de la amistad, que es la experiencia de los vínculos entre pares”, y se explaya: “Cómo esa primera experiencia exogámica fuera del ámbito familiar, que es parte de la construcción del proceso social, se empieza a teñir de otros motivos que están más a mano, que son las respuestas más inmediatas y que tienen que ver con esa construcción a través del vínculo con el dispositivo. Para un adolescente o niño también es un vínculo saber que el otro está conectado y hasta la amistad si se quiere se construye a través de las redes sociales. El hecho es estar atentos a cuando eso implica un riesgo, cuando no sabés con quién están chateando o en qué páginas están entrando. Pensar incluso si no habría que empezar a preguntarles cómo te fue hoy con internet así como les preguntamos cómo te fue en la escuela o en el club, porque si no se va perdiendo la pregunta y se pierde también este diálogo intergeneracional que es una de las rupturas más palpables, la pérdida de la cadena. Pero no podemos dejar de lado que si un trabajador que es padre de familia se queda sin trabajo y tiene que salir a buscar o hacer changas, ¿cuánto tiempo le puede dedicar a su hijo? ¿cuánto tiempo le puede dedicar a tareas cotidianas o salidas de placer o de paseos? Esto es lo concreto en la población que se va perdiendo, los espacios de ocio, la posibilidad de construir una vida en comunidad y familiar”. 

En cuanto a los desafíos que se trazan desde el Colegio, Palma enumera: “Lo principal es el sostenimiento de los espacios intersectoriales, que en estos tiempos es muy importante contar con trabajadores de diversos ámbitos, del campo de la infancia y de adolescencia, que también trabajan en los ámbitos de salud, de desarrollo social, educación, organizaciones sociales y otros colegios de profesionales. Fortalecer los dispositivos que ya existen y que vienen funcionando a duras penas con el esfuerzo de los trabajadores, con la disponibilidad que cada uno viene poniendo en los espacios laborales porque hay un compromiso, porque hay cierta expectativa de que esto puede ser de otro modo. Y también hay una gran responsabilidad por construir otra mirada con las infancias y adolescencias.

No claudicar y recordar que en otros contextos hubo políticas de Estado, en otros gobiernos, que fueron muy buenas, que pudieron darle un aire y generar proyectos de vida. Seguir solicitando y reclamando, a quien corresponda, más inversiones y más recursos humanos para seguir sosteniendo los dispositivos, los distintos programas”.

A modo de conclusión, Natalia Palma comparte una pregunta que nos interpela y nos atraviesa a todas y a todos: “¿Cómo se viene pensando, cómo se construye el sufrimiento hoy? ¿Cómo se concibe? Y, sobre todo, ¿cómo vemos el sufrimiento del otro?

En cuanto al sufrimiento propio, detenernos y tomarnos el tiempo para ubicar qué es lo que queremos, por qué estamos en los espacios que estamos, qué queremos construir con el otro. Y en torno al sufrimiento del otro, no perder nunca la idea de no ser indiferente”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 9/5/26

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