Hay una escena mítica en El dinosaurio y el bebé, la imperdible entrevista/documental que reúne a Fritz Lang (el dinosaurio, con más de cuarenta películas en su haber y ya casi bordeando el retiro) y Jean-Luc Godard (el bebé, con treinta y siete años al momento de este estreno —1967— y casi llegando a su primera década como director activo). La escena burla la instrumentación de la cultura desde un parafraseo: “Cuando escucho la palabra cultura, saco mi factura”. Para que nadie dude, el parafraseo se hace explícito: “Hace muchos años, unos años terribles, los nazis decían revólver en lugar de factura”.
Puede parecer que esta escena no tiene nada que ver con lo que este texto convoca, pero sí, porque por tiempo y espacio lo resume todo. ¿Dijimos 1967? Hagamos un breve viaje hacia atrás antes de volver al futuro.
En 1961 se publicó Muerte y vida de las grandes ciudades, el libro que se considera la obra maestra de la planificación urbana. Para sorpresa de nadie, la autora es una mujer, la gran y brava Jane Jacobs. Entre las mil maravillas que registra, acusa, profetiza con una destreza intelectual y política admirable, Jacobs da cuenta de una ruptura social que comienza en una privatización del espacio público que no es explícita, lo que la vuelve más peligrosa, y que a su vez distorsiona la posibilidad de reconocer qué es y qué no es espacio público.
Por ejemplo, las peatonales. Esas cuadras que parecen convocantes pero en la realidad terminan siendo centros comerciales a cielo abierto. Cuadras y cuadras llenas de comercios a un lado y a otro, los que, en cierto punto, quedan destinados al auge y decadencia de la peatonal. Ubicadas en zonas céntricas y bancarias, la utilidad comercial se ajusta a los horarios laborales: no serán lo mismo el lunes a las tres de la tarde que un sábado a esa misma hora. Y la multitud del lunes, a su vez, las transita bajo el vértigo de su rutina. Gente que va y viene del trabajo a la casa o a la universidad, a buscar a sus hijos o llevando a sus hijos a otras actividades, gente que va y viene y, en el mejor de los casos, puede resolver algunas compras de manera automática en ese ir y venir en un contacto comercial que está a un abismo de construir cultura de confianza (lo que podemos empezar a pensar a partir de la década del ochenta de la mano de Ray Oldenburg con la idea de “terceros espacios”, esos espacios esenciales para el lazo social no mediado, no interesado, no especulativo). Esta doble vida de las peatonales luego terminan necesitando inyecciones de “vitalidad”: ¿les suena “La noche de las peatonales”? ¿Qué tanta vitalidad comercial y social realmente inyectan estas noches? ¿O son sólo una postal linda para los reels oficiales que se filman con drone?
Ah, qué lindas son las ciudades miradas desde arriba: no hay veredas rotas, no hay luces quemadas, no hay árboles ni plantas agonizando, no hay olor a pis, no hay basurales a la vista, no hay una seguidilla de locales vacíos en oferta ni otros abandonados esperando un hada madrina de la especulación inmobiliaria para hacer su gracia. No hay gente durmiendo, sólo hay gente consumiendo y participando. De abajo, acusando historia; de arriba, una fiesta que confunde masividad con popular.
Con Jacobs entonces descubrimos una planificación urbana que toma el espacio público en pleno control de tu tiempo no laboral, de tu ocio. Un ocio que, a conciencia o no, no puede pensarse por fuera del consumo, de lo útil y productivo. Hoy podemos decir que tu tiempo de ocio también le sirve a las municipalidades para subir contenido en redes: una tarde estás tomando mate en la costanera, y antes del anochecer, pum, estás en un reel oficial.

Los planteos de Jacobs son revolucionarios porque están en gran medida adelantándose. Hace un diagnóstico urbano profundo, aún en plena época dorada del capitalismo, y con crudeza empieza a comprender consecuencias que hoy las tenemos totalmente naturalizadas. Tanto que nos cuesta verlas como parte de los muchos problemas que tenemos que resolver social, política y culturalmente. La pregunta es si realmente contamos con la cultura para resolver algo, y focalizo en la cultura porque es la que motoriza el urbanismo moderno: la gentrificación (un término que nace a principios de los sesenta en Londrés, de la mano de la geógrafa Ruth Glass, y que, para definirlo fácil y a toda luz, sin matiz, cito a Jorge Sequera Fernández: “La gentrificación es la expulsión de gentes, prácticas y saberes de un territorio concreto a través de la reinversión de capital público y/o privado y la incorporación de una población con mayor capital económico o cultural. Tiene lugar en áreas urbanas populares cuya renovación está íntimamente relacionada con la especulación inmobiliaria, el desplazamiento de la población más humilde y la conversión en zonas de moda frecuentadas por personas con un alto capital económico y/o cultural”).
Vivo en Rosario hace poco más de un año y una de las primeras cosas que tuve que aprender es que acá la cultura independiente, al menos la que predomina en medios y conversación (no tan) pública, lleva logo de la municipalidad también. Más aún, aprendí que podés describirte contracultural teniendo cargos en la gestión, plantas permanentes, trabajando en los medios principales, que prácticamente son todos el mismo medio, o sea, podés describirte así y actuar como vocero oficial sin ruborizarte pero enojándote si alguien, una porteña, te marca la contradicción, lo imposible, lo surreal de esa comprensión.
Las mismas personas que reclaman por falta de espacios y oportunidades culturales ovacionan la maquinaria de eventos multitudinarios sin entender que una cosa no es sin la otra. Ovacionan, participan, y yo no digo que se inmolen, porque hay que trabajar y culturalmente es una misión casi imposible hacerlo en Rosario por fuera de la Municipalidad, pero una cosa es trabajar y otra hacerle propaganda activa a la misma estructura que complica tu desarrollo, tu existencia, tu práctica, entre otras tantas tragedias. Claro, muchas de esas tragedias colectivas se resuelven individualmente, y entonces la cosa va funcionando.
Por supuesto, salvo excepciones, la crítica cultural brilla por su ausencia, y con mucha tristeza es fácil confirmar que en gran medida por autocensura, por voluntarismo, por clara comodidad en esta forma de subsistencia que favorece a todos los procesos de desplazamientos que impulsan los gobiernos gentrificadores. “Cuando la cultura se ha convertido en el principal instrumento del capitalismo avanzado, ¿tiene sentido plantear la necesidad de una nueva relación entre política y cultura? Podemos argumentar que sí, siempre que violentamos el sentido mismo de esas dos palabras, llevándolas más allá de la gestión cultural, pública o privada, que administra bienes y productos considerados culturales”, agita Marina Garcés, y es casi mi oración de cada noche antes de dormir. Un rezo al Paraná.
La solución individual al problema social es parte de los efectos de una urbanización que ve a la ciudad como mercancía y a la vez como aliada para poder hacer negociados en paz. La gentrificación no sólo impulsa los desplazamientos, sino que estimula esa desafectación social: ciudadanía dispersa, entretenida, participativa pero no involucrada.
¿Para qué se quisiera hacer un parque acuático en un espacio público que ya funciona social y culturalmente? Más aún, ¿para qué imponer un entretenimiento con horario y valor de entrada donde se puede mejorar libre y gratuitamente lo que ya acontece social y culturalmente? Negocios, claro. Espectacularización de la obra pública, sin dudas. Pero también, de nuevo, controlar tu uso del espacio público porque es la forma de mediar tu relación con tu entorno, con tu barrio, y sobre todo, con tu vecino, con tus pares, con los que podés reconocer y abordar como social lo que estás cómodo resolviéndolo individualmente.
El concepto de Oldenburg es clarísimo sobre la importancia de los terceros espacios: esos lugares que no son ni tu casa ni tu trabajo y que operan como espacios de encuentro que posibilitan el acontecimiento. Es decir, no cuando funcionan exclusivamente mediados por el consumo obligatorio, las programaciones estratégicas, el control institucional y la ambición por armar un relato y/o una estética. Esto no niega la condición comercial de algunos de esos lugares que dependen del consumo para subsistir (librerías, bares, clubes de barrio, sociedades de fomento), lo determinante acá es que sus necesidades comerciales no jerarquicen la interacción ni la dirijan.
En 1968, Henry Lefebvre publicó El derecho a la ciudad, y en 1974, La producción del espacio, otros dos indispensables, bíblicos. Con Jacobs, la santísima trinidad. Lefebvre también se adelanta: apenas empezaban los incendios en el Bronx para volar a los negros y latinos cuando él ya le anunciaba a la humanidad que su principal enemigo no serían los robots ni los aliens, sino las inmobiliarias. También advertía del vocabulario: las ciudades ya no se vivirán, se habitarán, todo pasará a ser una experiencia porque ya no habrá ciudadanos, sino usuarios, y entre las muchas definiciones que alumbra, mi favorita: las hegemonías no son sólo las corporaciones, también son las comunidades culturales.

En 1984, plena era Reagan, con una Nueva York ya totalmente sumergida en los procesos de desplazamientos, se funda el relato gentrificador y lo reconocen la periodista Cara Ryan y la historiadora y crítica de arte Rosalyn Deutsche a partir de lo que ocurre en Harlem y Brooklyn. Como un patrón, el relato arranca hablando de zonas abandonadas, tierra de nadie, de las grandes definiciones políticas de salir a recuperar las calles (¿de quiénes, de qué?, más aún, ¿quiénes, por qué, para qué dejaron abandonadas esas zonas en caso que realmente lo estén?), y un florecimiento de conceptos que van de “polo gastronómico” a “ciudad/capital cultural”, y otros por el estilo.
Cuando escuchás “ciudad cultural”, cuando escuchás “abandono”, “ruinas”, “recuperación”, lo único que tenés que saber es que hay algunos sectores facturando. Tal vez, incluso, sin talonario, ya sabemos cómo es esto (el que no sabe puede preguntarle a Adorni, ja). Pero hay algo más que tenés que saber, y es que vos también tenés cosas para agarrar: tu billetera, seguramente –más temprano que tarde– los anuncios de alquiler, o un nuevo plan de ocio porque el río, la plaza, la costa, la escalinata, el aire libre ya no será tan libre y tendrás que pagar una entrada, o tendrás que ir en determinado horario, o vas a ir para leer un rato tranqui y (como ya te viene pasando mucho) vas a tener que convivir con espectáculos constantes con el logo de tu municipio.
Y voy a ir un poco más allá, porque hay algo que la discusión por el derecho a la ciudad no puede ni debe perder de vista: cuando escuches “ciudad cultural”, “zona abandonada”, “recuperamos estos espacios, estas calles”, también agarrá fuerte tu alma, tu formación sentimental, tu memoria. No vienen sólo a materializar negocios, sino que vienen por tu tiempo, tu energía, tu alegría de vida, tu proyecto de vida. Porque la gentrificación se planifica en torno a una pregunta fatal: quiénes son útiles a la productividad de la ciudad.
Útiles y bellos. La precarización y el racismo disfrazado. Lo que en los noventa era un florecer de parripollos, lo que se resolvía con una ventana a la calle vendiendo toda clase de chuchería o levantando el portón del garage venido a menos para hacer un almacén, hoy está disfrazado de otra cosa: de la cervecería artesanal a la invasión de pistacho, cafeterías de especialidad y pastelería seriada, clubes de (inserte aquí el consumo cultural de moda). Emprendimientos para clases medias y comunidades culturales que, luego de haber participado activamente de ciertos desplazamientos, empiezan a ser desplazadas; mientras que los históricamente desplazados son maltratados por las policías municipales mientras intentan juntar el mango vendiendo pañuelitos, medias, harinados en una esquina.
Estamos en “la era de la glaciación suave, de la anestesia continua y ligera con recreos organizados, pensamientos dirigidos y vidas en migajas, y además cantidades de objetos para aturdirse, impedir la sorpresa, el paso lateral, la puesta a distancia efectiva en el instante”, escribe Anne Duffourmantelle, y dialoga directo con Marta D. Riezu: “El infierno es un lugar donde todo es moderno, atractivo, fácil y entretenido”. Y aunque esto sería otra nota, dejame decirte que no sólo la ciudad cultural es un infierno, sino que en un pestañear se pasa de la ciudad cultural a la ciudad punitivista.
Como me dijo Tomi Monteverde la otra noche en Factos: vengo del futuro. Quien quiera oír, que oiga. La Rosario de hoy está viviendo el mismo aceleramiento que vivió la Buenos Aires de Larreta, pero que arrancó bastante antes, con Macri de intendente y Lombardi de ministro de cultura. Dos ciudades que replican todo lo que esos libros de los sesenta a los ochenta ya advertían. De manual. Buenos Aires ya está saturada, de espaldas al río, todo cemento, casi sin espacios verdes, con servicios que no pueden cubrir la demanda básica, y una crisis habitacional que aporta grosor a la pobreza planificada.
Rosario está iniciando su aceleramiento, pero parece estar a tiempo. Tal vez la pulseada por la torre en el casco histórico, el delirio del parque acuático y las más de 32 mil viviendas vacías mientras crece el número de familias viviendo en la calle porque no acceden a un alquiler aún teniendo ingresos fijos, despierte lo que haya que despertar para torcer el destino fatal. Para romper el hechizo maniático de mirar a Buenos Aires aspiracionalmente. Para entender que esa cercanía de Rosario, que se canta felizmente, merece pensarse en términos políticos, sociales y culturales, porque si no, más que hit, será su hecho maldito.
Publicado en el semanario El Eslabón del 16/5/26
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