Hay algo profundamente inquietante en ciertos espacios que hablan todo el tiempo de cosas alternativas. Cuanto más se repiten palabras como “consciente”, “tribu”, “libertad”, “sanación”, “energía”, más difícil se vuelve señalar la violencia que está generando ruido interno.

Las dinámicas de grupo pueden ser tóxicas aunque digan sanar. Los hostels, por ejemplo, son espacios de convivencia que pueden estudiarse profundamente, apenas como un síntoma visible de algo mucho más grande.

El poder se manifiesta en sus mecanismos discursivos acercando o alejando a la gente de la noción de secta. Una forma de funcionamiento que aparece en comunidades alternativas, voluntariados, círculos espirituales, espacios culturales, ecoaldeas, grupos terapéuticos improvisados o pequeñas microsociedades donde alguien administra afecto, pertenencia y necesidad.

Hay una generación entera atravesada por el cansancio económico, el desarraigo, la necesidad de comunidad y la precariedad afectiva. Gente que llega a ciertos lugares buscando aire. Techo. Contención. Sentido. Un freno al mundo competitivo y violento de afuera.

Y sin embargo, muchas veces se encuentran con versiones distintas del mismo mecanismo:

Lo que se vende como horizontal muchas veces es apenas una jerarquía más estética; aparecen líderes simpáticos, personas aprendiendo a usar lenguaje emocional para ejercer control sobre otros. Porque el poder nunca desaparece, solamente aprende nuevos idiomas

Ya no necesita uniforme, escritorio ni gritos. Ahora puede aparecer vestido de sensibilidad, de deconstrucción o de espiritualidad.

Lo ves cuando empiezan las dinámicas invisibles: construcción de personajes; el “hombre consciente” que en realidad necesita centralidad constante; la mujer que administra emocionalmente el grupo mientras reproduce violencias hacia otras mujeres; las competencias silenciosas; los favoritismos; las personas lindas convertidas en capital social; los varones expulsados simbólicamente porque amenazan un equilibrio interno de deseo y poder; el elitismo disfrazado de buenismo; las chicas retenidas emocionalmente alrededor de ciertos referentes; la sexualización permanente disfrazada de libertad. Y lo más peligroso, lo que me lleva a escribir esta nota: el borramiento de la protección integral de las infancias.

La violencia se esconde en todo eso que no se puede decir, pero que sucede mientras se habla de amor. Ese es quizá el mecanismo más perverso: la utilización de discursos nobles para volver ilegible la violencia.

Porque cuando una persona finalmente se siente incómoda, agotada o manipulada, el grupo ya tiene preparado el vocabulario para neutralizarla: “estás vibrando bajo”, “tenés el ego muy activo”, “te falta sanar”, “trajiste mala energía”. Y así la víctima termina dudando de sí misma. El lenguaje espiritual reemplaza al autoritarismo clásico.

En muchos de estos espacios, además, el problema no es solamente el trabajo físico. Es el trabajo emocional obligatorio. La exigencia de disponibilidad psíquica permanente: tenés que asentir, integrarte, participar, adaptarte, no incomodar, no cuestionar demasiado. No romper la armonía grupal.

Entonces la convivencia deja de ser convivencia y se convierte en una tensión constante donde todo está mezclado: trabajo, sexualidad, amistad, liderazgo, dependencia económica, validación emocional.

Y cuando todos los límites están mezclados, el abuso se vuelve difícil de nombrar.

El conocimiento es poder

Hay algo muy contemporáneo en esto: el capitalismo entendió que ya no alcanza con explotar cuerpos. También hay que explotar deseos, traumas, necesidad de pertenencia, búsquedas espirituales y carencias afectivas.

Por eso muchos lugares ya no venden solamente alojamiento, experiencias o comunidad. Venden identidad.

Lo más triste es que muchos de estos espacios nacieron como una crítica legítima al mundo contemporáneo. Una búsqueda real de otras formas de vivir. Pero resulta que sin reglas claras, sin ética del cuidado y sin límites concretos, algunos terminan convirtiéndose en pequeñas estructuras de poder donde las personas más vulnerables quedan emocionalmente expuestas.

La promesa de ser amado. La promesa de pertenecer. La fantasía de escapar del dolor moderno. La misma semilla de una estafa.

Pero justamente porque la necesidad de comunidad es real, también vale la pena defenderla de quienes la usan para manipular. La comunidad no debería funcionar como obediencia emocional ni como dependencia afectiva. Debería ser una construcción democrática, ética y colectiva, capaz de sostener límites claros, cuidado mutuo y responsabilidad institucional.

La espiritualidad no tiene por qué ser manipulación. Puede ser una herramienta valiosa cuando está atravesada por formación política, memoria histórica y conciencia social. En la escuela se puede confundir con la ESI (Educación Sexual Integral), cuando entiende que sanar no es aislarse del mundo, sino construir vínculos más justos dentro de él.

Publicado en el semanario El Eslabón del 23/5/26

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