El canillita pasa siempre bien temprano por nuestra calle. Anuncia a viva voz sus diarios. Casi siempre coincide con el momento en que salgo con mi cartera de cuero marrón rumbo a la escuela. Una vez mamá me dijo que sus gritos eran como el canto de los gallos, servían para despertar a los remolones. Ella dice que en el pueblo donde nació estaba lleno de gallos y gallinas, además había conejos y otros animales. Acá en el barrio nunca los vi ni escuché. Me acuerdo haberlos visto en una excursión a una granja que queda medio lejos de acá. Bueno, no sé qué tan lejos es, cuando uno está en el jardincito todo parece grande, todo parece lejos, todo queda alto.
Me gustaría tener una bici como la del canillita, tiene un canasto grande de fierro debajo del manubrio donde carga los diarios y las revistas. Con una bici así podríamos cargar muchas cosas con los chicos. En las próximas vacaciones tenemos planeado ir de campamento a algún lugar de por acá cerca. El tema va a ser convencer a nuestros padres, con mamá la voy a tener difícil, me cuida como si fuera a primer grado y no se da cuenta que estoy por terminar cuarto. Vamos a ver como sale todo, pero en un canasto como el de esa bici podríamos cargar la carpa que tiene Sergio o algunos bolsos. La verdad, está buenísima, con ese rojo metalizado y el manubrio todo cromado. Ojalá fuera mía o de alguno de mis amigos.
Lo de la acampada o salir de exploradores es algo de lo que siempre hablamos con los chicos. En la tele vimos algunos programas y nos empezamos a dar manija. Nos imaginamos charlando hasta bien tarde con unas linternas dentro de la carpa o sentados frente a una fogata, disfrutando del silencio y de las estrellas, sin recibir órdenes ni reclamos. Qué sé yo, sería como un picnic un poco más largo y sofisticado. Miguel siempre me mira cuando uso palabras raras, o de grandes dice él, yo le explico que las aprendo de un pequeño Larousse que hay en casa. Igual son muchas las palabras que hay en el diccionario. Y usamos tan pocas. ¿Será por eso que los grandes siempre nos dicen que tenemos que usar más la cabeza? ¿Será que la usamos muy poco, como a las palabras?
Una mañana conté los pasos que hice para llegar a la escuela. Me gusta medir objetos, distancias, ángulos o el tiempo. Fueron seiscientos ochenta y cuatro pasos hasta el patio. En la última cuadra casi me perdí porque Miguel me saludaba desde la otra vereda, yo me hice el sordo para no perder la cuenta. Repetí una y otra vez que la centena, la decena y la unidad eran números pares, tratando así de memorizar la cantidad de pasos contados mientras me formaba para el izamiento de la bandera. Me cuesta engancharme con la letra de Aurora, salvo con el comienzo. Siempre busqué algún tipo de águila en el cielo, pero creo que no les gustan los edificios de la ciudad, por ahora las conozco por ilustraciones que hay en los manuales. Se ven intimidantes, bestiales. Bestial, otra palabra del diccionario Larousse, me gusta como suena.
A unos doscientos pasos desde casa hay una panadería. No sé el número exacto porque a veces tengo que saltar o rodear un charco y entonces la cantidad de pasos cambia. O puede ser que vengan unas personas de frente y tengo que caminar bien cerquita del cordón. Desde unas casas antes de pasar por delante del local ya se siente el aroma del pan calentito. Muy de vez en cuando mamá me deja comprar alguna factura para la merienda, pero casi siempre prefiere que lleve algo desde casa. Es más sano me dice siempre, pero yo creo que es por la poca plata que tenemos. Desde hace un tiempo papá tiene las tardes libres y está siempre serio.
Los pasos de camino a la escuela no siempre los cuento, si esa mañana tengo que dar una lección ni me acuerdo de contar del susto que tengo encima. El viernes de la semana pasada caminé repasando los diecinueve departamentos de la provincia con sus respectivas cabeceras. Respectivas, esa fue la palabra que dijo la señorita Susana cuando nos indicó la tarea. El azar me favoreció, me tocó una fácil, el departamento San Javier, que tiene la cabecera con el mismo nombre.
Pero esta mañana sí conté los pasos, al menos durante un tramo. Fueron doscientos seis hasta la entrada de la panadería. Entré y compré dos medialunas dulces que guardé en uno de los bolsillos de la cartera. Al salir pude ver el humo gris que venía desde la cuadra y el viento empujaba hacia la calle. Me detuve un ratito y traté de imaginar cómo medirían la velocidad de algo sin forma, sin color y de olores prestados. Mientras pensaba en eso pasó el canillita, que es un hombre grande, con canas en las patillas. Nos saludamos y dobló en la esquina mientras se acomodaba la gorra marrón, una que es muy parecida a la de mi abuelo. El diarioooo, se escuchó cada vez más bajo.
Al doblar en esa misma esquina vi dos autos estacionados del lado derecho y frente a un taller, yo caminaba por la vereda contraria llegando al paso trescientos veinte. Eran dos autos grandes, creo que verdes, pero no sé, todavía no había aclarado del todo y la luz amarillenta de los faroles no me permitió distinguir bien los colores. Entre los dos autos y al borde del cordón estaba parado un hombre con un traje oscuro, era corpulento y parecía vigilar todo lo que se moviera. El canillita estaba llegando a la otra esquina. Éramos el canillita y yo nomás moviéndonos en la calle. El hombre grandote, como esos de las películas, sin mover la cabeza nos controlaba a los dos. Parecía contar mis pasos, quizá también tenga mi costumbre. Desde adentro del taller se escucharon gritos y ruidos metálicos, como de chapas o herramientas que se golpean o caen. La puerta chiquita de la persiana se abrió de golpe y salieron dos hombres con unas escopetas, o fusiles, no lo sé, son muy parecidos de lejos. Detrás de ellos salió un muchacho con un overol engrasado, tenía rulos amarillos y la boca magullada. Parecía asustado cuando lo subieron al segundo auto. Por último, salieron tres hombres más, tenían trajes y pistolas y anteojos oscuros. Se subieron a los autos y se fueron haciendo chirriar las gomas. Era todo como en una película, pero por alguna razón que no entiendo, tuve miedo, mucho miedo.
Una voz calma me preguntó si estaba bien. Giré la cabeza y era el canillita. Estaba parado al lado de su bici roja. En el canasto vi la tapa de una revista Goles con dos jugadores de Boca abrazados y sonrientes. Le dije que sí y que tenía que apurarme porque estaba por sonar la campana para entrar a clases. Nos saludamos de lejos con las manos y yo seguí rumbo a la escuela. No pude terminar de contar los pasos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 9/5/26
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