Nos detenemos hoy en dos relatos de frontera donde la naturaleza deja de ser escenario para imponerse como límite material del cuerpo, de la acción y de la propia ilusión de dominio humano. En las ficciones que analizamos reconocemos un esfuerzo estético organizado por una gramática visual que podría pensarse como una imaginación de lo insignificante.
Entre ciertas producciones audiovisuales recientes emerge una operación estética reconocible: la naturaleza deja de funcionar como escenario y reaparece como orden. Dos producciones se destacan en este sentido: Revenant: El renacido (2015), dirigida por Alejandro González Iñárritu, y la miniserie American Primeval (Netflix), dirigida por Peter Berg. En ambas, el entorno natural no opera como marco ni como recurso romántico, sino como una instancia indiferente, no subordinada al drama humano. Un mundo todavía escasamente sometido a tecnologías que hoy podrían considerarse rudimentarias.
En Revenant, Leonardo Di Caprio encarna un cuerpo llevado al límite por una naturaleza filmada no como paisaje, sino como fuerza material implacable. Frío, ríos, heridas, hielo, tiempo y violencia que reducen la existencia individual a una lucha elemental. El tópico ético de la venganza o la justicia se reduce ante los Elementos, sólo por tal cómo son filmados.
Parte de esa gramática visual encuentra continuidad en American Primeval. Allí el término Primeval sugiere algo anterior al orden civilizatorio consolidado, es decir una condición primitiva, en este caso enfocaremos nuestro interés en que naturaleza, territorio y orden muestran un exceso irreductible a lo humano. Situada en la brutalidad de la frontera norteamericana del siglo XIX, la miniserie trabaja sobre un fondo de intrigas personales, políticas y religiosas. Se aleja por lo tanto de la épica clásica del western, presenta asentamientos frágiles, cuerpos expuestos, climas hostiles y una naturaleza que no acompaña la acción humana, sino que la excede. Mediante la exposición de la fragilidad humana, se construye una atmósfera material: frío, barro, hambre, fatiga, vulnerabilidad.
En síntesis la operación en juego es simultáneamente estética y filosófica. La naturaleza, en sus dimensiones vivas y materiales, se presenta indiferente, no domesticada ni siquiera simbólicamente. No es simplemente paisaje lo que enfrentan protagonista y espectador: es un orden que no se organiza en función del hombre. En términos freudianos, podría decirse que allí irrumpe una de las fuentes irreductibles del sufrimiento humano: el mundo exterior, cuya fuerza y magnitud excede toda pretensión de dominio. La civilización se percibe entonces como una capa delgada.
En ese marco, la acción humana deja de ocupar el centro. Irrumpe en algo que no la necesita. Lo humano, incluida la conquista cultural –si se sigue a Freud en su definición de cultura como aquello por lo que el hombre se eleva sobre su condición animal– aparece como un episodio frágil dentro de una escala que lo excede.
Los planos largos cumplen aquí una función decisiva. Al dilatar la duración, hacen emerger un tiempo no dramático. No pasa “algo”: pasa el mundo. Este dispositivo visual suspende la identificación inmediata, enfría el ritmo emocional y atenúa la mediación narrativa. Cuerpos diminutos en un entorno blanco, helado. En ese enfriamiento emerge una conciencia del entorno, donde la naturaleza se revela como una fuente estructural de intemperie.
Lo que se restituye no es únicamente un pasado histórico convencional, sino muy en particular la experiencia de vulnerabilidad. La irrupción de los lobos condensa esa lógica con claridad. Una figura paradigmática de brutalidad e instinto que no induce terror espectacular, sino una inquietud de baja intensidad. A diferencia de la ya paradigmática escena de Di Caprio luchando con el oso en Revenant aquí lo que emerge no es la heroicidad del enfrentamiento, o el dolor helado como producto de las garras del animal, sino una lógica de depredación indiferente. El lobo no mata, el lobo come. No odia, no se venga, no simboliza, no dramatiza: persiste en una lógica ajena a toda escala humana.
La escena no produce solo miedo cinematográfico clásico, sino algo más inquietante: la sensación de que el orden humano es frágil y perforable. En la miniserie, la narración avanza en segmentos donde se entrecruzan intrigas humanas, políticas, religiosas, de codicia y de supervivencia literal. Sin embargo deja claro que su intención también es dar a comprender que la naturaleza no reconoce el estatuto simbólico del humano. Allí donde el hombre vive su muerte como tragedia, el orden natural la inscribe como continuidad metabólica. Pero aun así, no puede acusarse a la naturaleza de practicar la crueldad.

La figura de los lobos, o el lobo, que en American Primeval condensa una lógica de pura necesidad vital, aparece en otras ficciones contemporáneas asociadas a la intemperie y a la fragilidad del estatuto de lo humano. En ciertas escenas de The Handmaid’s Tale –adaptación televisiva de la novela de Margaret Atwood–, la nieve, el aislamiento, la distancia del camino y los lobos (que reales o imaginarios) rodean ese espacio rural no construyen un suspenso convencional, sino algo más inquietante: nuevamente opera como trasfondo siniestro la exposición de lo humano a una escala que no reconoce su estatuto simbólico. Allí también la naturaleza no hace otra cosa que persistir.
Estas imágenes permiten advertir cómo una formación simbólica, organizada desde el lenguaje visual, instituye una gramática que regula el modo en que el mundo puede ser percibido, sentido y pensado. En ese esfuerzo estético, la imaginación y el trabajo subjetivo del autor encuentran, mediante una operación de sublimación, su resultado en una obra. En este caso la representación no sólo muestra una realidad: produce un régimen de experiencia.
Lo que estas ficciones vuelven visible, por contraste, no es sólo un pasado de intemperie natural, sino una condición contemporánea: una existencia sostenida por tramas técnicas densas, invisibles y estructuralmente frágiles. Volver sobre estas obras permite advertir que aquello que aparece como lejanía histórica o brutalidad fronteriza también expone, bajo otra escala, la fragilidad de los órdenes que sostienen nuestra experiencia actual.
*Psicólogo, Psicoanalista, Doctor en Psicología. Docente en la Universidad Nacional de Rosario (UNR).
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