Hace unos años era común hacer dedo. Si no tenías cómo trasladarte de una ciudad a otra, te ibas a la ruta en algún punto estratégico y hacías dedo. Estirabas bien el brazo, puño cerrado y dedo pulgar indicando hacía dónde te dirigías con la única compañía de la esperanza que un alma caritativa aminore la marcha, estacione a un costado de la ruta y te lleve. 

El sábado 13 de diciembre de 1997, mientras iba a tomar el bondi que me llevara hacia Circunvalación y la ruta camino a Santa Fe, pensaba si alguien me iba a levantar. Era muy temprano y a pesar de que casi estábamos en verano, hacía frío y pintaba que todo el día iba a ser así. Estaba abrigado, con buzo y campera. Los Redondos tocaban en la cancha de Colón.

Al llegar al punto estratégico, por supuesto, no era la única persona que estaba allí, con el mismo objetivo. Cerca de las 10 de la mañana empezaron a aparecer los autos y las trafic con gente que iba hacia la capital de la provincia, al recital. Estaba jodido, todos iban llenos y éramos muchas personas esperando. Pero a las 12 del mediodía frena el auto que me lleva. Habitado por tres personas adultas casi mayores (yo, 20 años recién cumplidos) que venían directo desde un baile –bailanta– de Laferrere, me vi sumergido en un viaje con pretensiones de ser inolvidable. 

Resulta que la casetera del coche se había roto y los casi 200 kilómetros fueron escuchando un compilado de cumbias de un solo lado, en loop. Resulta que los muchachos se habían tomado muy en serio eso de conducir toda la noche con los ojos de durax lastimados, sin embargo, sí, a una velocidad moderada. Por la autopista desfilaban, caminando, decenas de personas con trajes de Papá Noel que iban más rápido que nosotros. Resulta que la persona que estaba al lado mío, con las mandíbulas apretadas, los ojos turbios y la boca reseca, lo primero que me preguntó fue si fumaba y le respondí tímidamente que no, pero igual, no dudó en darme una piedra gigante –en mi vida había visto algo así, era como una pelota de futsal– acompañada de la orden irrefutable: picá. 

Tenía un cagazo y la madre, no hablé en todo el viaje, contemplando mi entrada metida en las bolas, como un tesoro milenario, pensando todo el tiempo que me la iban a chorear y demás cosas catastróficas que pensamos los nenes de oro. Resulta que sólo respondía lo que me preguntaban: si era de Rosario, que si estudiaba, que desde cuándo escuchaba los Redondos, que porqué viajaba sólo si los Redondos eran “para vivir y sentir –aportó otro– con amigos”.

El conductor se dio vuelta una sola vez por algo que respondí y yo vi o imaginé la luz del día gris que le reflejaba la cara que parecía construida entre sombras y para mí me miró como se mira a alguien que se está a punto de asesinar. El que estaba al lado mío, picando, porque me sacó la piedra cuando vio que yo no sabía hacer nada y estaba rompiendo todo, le dijo: “Tortícolis, mirá para adelante, la concha de tu madre, y arreglá esa casetera que estoy podrido de escuchar Malagata”.  

En un momento empezaron a contar la gresca de la noche de hacía un ratito, en la bailanta. Parece ser que los muchachos se habían cruzado con otros muchachos pero con camisetas de Liniers. Y bueno, entre una dialéctica que comenzó en “porque vo’” y no pasó de “porque vo, porque yo”, se fueron a la manos y eso explicaba el ojo en compota del acompañante del conductor que describió la escena final: el acto pugilístico finalizó cuando Tortícolis, “en una toma digna del Ancho Peucelle” –literal, dijo eso–, le sacó la remera desde la espalda, con el cuerpo inclinado hacia abajo, para trabársela en su cabeza y darle para que tenga, pero vio que en su espalda, el contrincante de Liniers tenía un tatuaje gigante del Indio Solari y ahí nomás dijo (muchos años antes que Fantino): “Pará, pará, pará: somos todos redonditos”. 

Cinco horas tardamos, imposible ir más lento. El Parque del Sur estaba repleto de gente acampando, durmiendo, comiendo, bebiendo, cantando, revoleando una bandera, puteando a algún cobani desubicado que pasaba por donde no tenía que pasar. Se respiraba vida, una especie de contrato amoroso y colectivo entre la música de los Redondos y el público. Los muchachos me preguntaron a dónde iba y les dije que no sabía, porque posta no sabía, no tenía que encontrarme con nadie. Me volvieron a preguntar por la entrada y sintiendo mi silencio por el cual se adivinaba mi desconfianza hacia la pregunta que nunca había contestado en el auto, agregaron que, de no tener, ellos me daban una, la del amigo que no viajó. 

Eran un amor los pibes. Pero el universo de las personas que habitan un mundo poco hostil, está lleno de prejuicios para con la gente que vive con felicidad, aunque sea momentánea y generada por una banda de rock. Cuando me bajé del auto me dijeron: “Nene, hay códigos, cuídate”.

Llovió mucho en ese fin de semana y el campo era Camboya. El barro, líquido, aunque espeso, superaba las rodillas. Se podía nadar. Tengo recuerdos superfluos del show en el que presentaban Luzbelito. La dicha no es una cosa alegre y Motor psico fueron increíbles. En Juguetes perdidos me impactaron las banderas que llegaban desde el fondo hacia el frente del escenario con una característica épica que pocas veces volví a sentir. 

Cuando terminó, la decisión fue ir a la terminal y tirarme en el piso a dormir. Caminando en caravana con mucho público en la misma, fue una postal apoteótica. Una manada de zombis teñidos de un marrón verdoso que paso a paso se iba transformando de líquido a sólido, siguiendo el lógico proceso físico en el que la materia se endurece ante una disminución de la temperatura. Los cuerpos pasaban de flácidos a robóticos. Una caterva de ricoteros embarrados hasta el alma invadió la terminal enchastrando cada rincón, tratando de buscar un refugio donde poder pasar la noche. Mi campera había resguardado bastante mi buzo. Al lado mío, estaba un chico llamado Nicolás al que no se le veía la cara del barro que tenía. “Pareces el coronel Kurtz”, le dije. “Si sos Richard Colby, debo decirte que te vas a unir a mí”, me contestó. Le presté mi buzo y Nicolás me regaló un pasaje en bondi a Rosario.

Cuando me enteré que el Indio había muerto lo primero que pensé fue ¿dónde estarán en este instante los pibes de Laferrere? ¿Y Nicolás? Después, me largué a llorar. Un montón.

Foto: Luis Cetraro

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/6/26

¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por diez mil pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario de papel de El Eslabón o la versión web elesla.com. Además participás de sorteos y descuentos en comercios amigos. Para suscribirte, envianos un mensaje por Whatsapp.

Más notas relacionadas
  • Indio dame mezcal

    No importa demasiado dónde arranca, tampoco cuál fue el momento en que pisaron el acelerad
  • Debut sin despedida

    Con los tres goles ante Argelia, Lionel Messi comenzó a mostrar cómo será el Mundial de la
  • El hidalgo valor

    El final Los argentinos tenemos un panteón de santos y santas canonizados en la calle, baj
Más por Juan Cruz Revello
Más en Columnistas

Dejá un comentario

Sugerencia

Taty no se murió, Videla sí

Esta vez fue el turno de la Taty. Se nos va al tiempo que se inmortaliza en la historia de