El final

Los argentinos tenemos un panteón de santos y santas canonizados en la calle, bajo las normas de un régimen inabarcable, liderado por poetas inesperados que, caminando y cantando, eternizan humanos, argentinos, contradictorios.

Quizás el primero fue Gardel, el mito fundacional de una identidad atravesada por el desarraigo de un montón de marineros improvisados que encontraban, de casualidad, en las costas pampeanas, una Nación que nunca deja de inventarse y (casi) nunca dejó de recibir exiliados del mundo. 

La más convocante, la más manifestada, sin dudas, fue Evita que, como todos los demás, se volvió estampita incluso antes de su muerte. Fue despedida por millones de personas caminando y cantando en una calle desbordada de flores y lágrimas que se volvió epitafio durante varios días. 

Hace unos años, el 25 de noviembre de 2020, Dios se confirmó santo y el viernes 5 de junio, en los brazos de todos, se canonizó el poeta definitivo.

***

El domingo 7 de junio, alrededor de las 19, un movilero de TN que estaba cubriendo la enorme ceremonia de despedida, organizada por la familia del Indio y el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires en Avellaneda, le acerca un micrófono a una señora que caminaba por allí con su nieto. Mirando a la cámara muy seria la señora dice que salió a pasear, a reírse de la gente que iba a despedir a un músico, pero que, estando ahí, entendió la “cultura nacional”. Y que pedía disculpas agregó también, que pedía disculpas por el prejuicio.

Eso que entendió la señora es, antes que nada, inasible. Pero mi propuesta aquí es bordearlo aunque sea un poquito, no sé bien porqué, quizás para paliar un poco estos dolores dulces. Quizás se trate de un burdo intento por homenajear lo que el Indio hizo con todos nosotros: ponernos nombre, nombrar todas esas cosas que nos importan y que nos pasan y construir oraciones que no sólo narran si no que también transforman.

***

“El Dios de los rotos”, dijo una chica en las inmediaciones del Polideportivo Gatica el domingo a la tarde. “El último de nuestros héroes”, dijo un periodista en un programa de streaming ese viernes de cielo encapotado. “La voz de los que no tenemos nada”, dijo un hombre en un móvil de televisión el día de la despedida. Como si, en un acto numinoso, se hubieran contagiado del Míster el superpoder de la poesía.

Como si en lugar de una despedida se tratara del primer día de algo más, de la inauguración de un lenguaje que ahora es de todos, del nacimiento de una deidad profana. 

Si sus presentaciones fueron (y serán) misas, sus palabras verbo, sus símbolos tatuajes, banderas, remeras, pintadas, nombres de kioscos, bares y boliches y su velorio una procesión, si sus fanáticos son fieles (eso, seguro), entonces podemos hablar de una religión. Pero no cualquiera, no, una intrínsecamente nuestra y de nadie más en el mundo. Una que se inventa sin querer queriendo y que no se escribe nunca, que se funda en el Evangelio del boca en boca, del padre o la madre o el hermano o el tío o el amigo que invitan a escuchar, a sentir, a tocar. Una que también volvió santos a Gardel, a Evita, al Diego. Quizás lo más original (pero no sólo en cuanto a su autenticidad, principalmente en su dimensión de origen) que tiene este país.

El principio

A mí el Indio se me está muriendo mientras me enamoro de él. Su música siempre estuvo ahí, como para cualquiera que tenga ganas de oír; la primera vez que pude rastrearla fue a partir de una versión de La Bestia Pop que grabaron Los Palmeras y que mi papá ponía los domingos al mediodía cuando hacía asado, durante viejos tiempos prósperos de amor y de carne en la parrilla. Pero recién hace un par de años que me acompaña cotidianamente, en forma de pequeñas obsesiones con álbumes o temas que no puedo dejar de repetir. Una vez alguien me dijo que el Indio es como el tango o el vino: tenés que estar un poco cagado a palos por la vida para precisarlos, pero te esperan. Y fue así nomás. 

Y ahora que el mundo es un lío bárbaro de tipos con muchísima plata y muchísimo poder y millones y millones de personas sin un mango ni para morfar. Ahora que al país lo gobiernan una parva de ridículos que velan por los intereses de unos pocos y parecen tener como único objetivo vaciar a la Argentina. Ahora que cada vez más gente conversa con robots, que cada vez más gente pretende vivir sin necesitar de nadie.

Ahora que la vida viene doliendo, todo indica que la esperanza está acá: en la comunidad, en los abrazos con desconocidos que lloran lo mismo, en la hierofanía solariana, lo intrínsecamente nuestro: el lenguaje que funda el último héroe del pueblo, en la resistencia, todo el hidalgo valor de la vida.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/6/26

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