Dio un penal de ventaja para romper otro récord y sólo se le recorta en el horizonte la imagen del francés Just Fontaine, que en el ‘58 quedó eclipsado por la aparición de los carasucias brasileños. Con cinco goles en dos partidos, por qué no soñar con los trece que el goleador galo puso como vara para un único Mundial. Dos atrás dejó a Miroslav Klose, el polaco que fue el último arquetipo de futbolista alemán, y el cuentakilómetros recién iniciado de Kylian Mbappé.

Lionel Messi desafía la premisa periodística de que una noticia repetida regularmente deja de serlo: otra vez batió una marca histórica. Ahora es el máximo anotador en los Mundiales, que en 48 meses cumplirán un siglo. Dos días antes de empezar a transitar su cuadragésimo año, camina por el torneo como si fuera una competencia de exigencia media. Acaso eso cambie para los partidos de eliminación directa, pero mientras tanto escribe la historia. Para ser justos, los cuatro primeros puestos corresponden a esta centuria, lo que habla de épocas y prioridades diversas.

Que haya sido un 22 de junio no dice demasiado como coincidencia, porque sólo el inolvidable Qatar ‘22 no cayó en el sexto mes. Sí invita a pensar que a futuro el segundo día del invierno argentino cumplirán años el Gol a los Ingleses y el récord de Messi.

El autor de uno reina en la estética, era lindo verlo con una pelota en cualquier momento y lugar, porque del mero contacto saltaba la magia. El otro torna increíbles las estadísticas, y lo impactante es verlo ante una competencia que lo exige. Tal vez por eso los partidos del campeonato yanqui no prendieron aquí de un modo equivalente al del tamaño genio que lo juega. Como sea, tuvimos a los dos. Un regalo más del fútbol, pese a todos los maltratos mercaderes. Un salvavidas para los panqueques, que no imaginaron al Messi longevo y lo descubrieron después de 2021, cuando ya le habían escrito placas irrevocables. Hoy lo celebran con una deshonestidad que también asombra. El tipo, bien: no lo reprocha, y regala su fútbol a propios y conversos.

Lo cierto es que desde hace 44 años, solo en dos Mundiales sobre una docena no tuvimos a un número 10 zurdo en el que podamos colorear las mejores esperanzas de la pelota, que no es lo mismo que descargar sobre un tercero de crueldad de las expectativas y frustraciones. Por eso Dallas, también, suena a data de corolario para este récord de Messi. Desde ahí se disparó una tristeza colectiva única, hace 32 años, y comenzó a jugarse el interregno hasta recibir al nuevo abanderado de la misma estirpe. El que renueva lo gastado en otras canchas, la capacidad de asombro.

Este 22 de junio enfrente no estuvieron Inglaterra y la herida abierta de Malvinas, sino Austria, primus inter pares en el fútbol europeo de una centuria atrás. Los cafés de Viena fueron escribanías del fugaz propietario de la pelota de aquel lado del Atlántico. El rápido final de la hegemonía emergió de una de las más nítidas esquinas entre fútbol y oscuridad política: la competencia imposible en el Mundial del fascismo, en el que llegó a semis; la disolución de la Selección con la anexión nazi; y la muerte de Matthias Sindelar, acaso el primer Mejor Jugador del Mundo.

Ojalá los cuatro años entre Mundiales sobrevivan mucho a los tiempos de 45 minutos, porque es una periodicidad propicia para asomarse cada tanto por una ventana y ver las historias de la Historia. En la nuestra sobresale una cadena con eslabones que se doran entre sí, porque nada es fruto de la casualidad, sino de una maravillosa cultura popular presidida por una pelota.

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