Con breves biografías, Guillermo Knoll da cuenta de todos los entrenadores que dirigieron en la Copa del Mundo hasta México 86. Curiosidades futbolísticas y extra futbolísticas, estadísticas y más se leen en Historias de técnicos mundialistas.

El tipo posa junto al equipo, “parado a un costado, el penúltimo de la fila de arriba, entre un colado habitual y un marcador de punta de los que todavía no se llamaban así”. La foto es de una revista. Su buzo luce una E bien grande. 

—En esa época había pedicuros, dentistas, porteros… —dice de pronto con extraño énfasis—. Era el nombre de lo que hacían. Ahora les dicen podólogos, odontólogos, encargados… Esas boludeces, como si fuera más prestigioso… Y yo era entrenador. 

La historia es de un cuento de Juan Sasturain, que refiere a la extinción de los entrenadores, luego devenidos en directores técnicos. “Vinieron con la exigencia de diploma”, escribe el autor de Picado grueso y La patria transpirada.

Otro escritor, el uruguayo Eduardo Galeano, anotó que “el entrenador murió, calladito la boca, cuando el juego dejó de ser juego y el fútbol profesional necesitó una tecnocracia del orden”. Entonces, escribió en El fútbol a sol y sombra, “nació el director técnico, con la misión de evitar la improvisación, controlar la libertad y elevar al máximo el rendimiento de los jugadores, obligados a convertirse en disciplinados atletas”. Si el entrenador decía “vamos a jugar” –señala Galeano– el DT lo cambió por el “vamos a trabajar”. 

Los relatos que se leen en Historias de técnicos mundialistas (Ediciones Al Arco), el nuevo libro de Guillermo Knoll, van de los entrenadores que se las arreglaban casi en soledad y los que contaron con un numeroso cuerpo técnico. De algunos que dirigieron apenas un partido, a los que fueron campeones.

“Encontré historias realmente deslumbrantes”, se entusiasma este periodista, escritor y docente en diálogo con El Eslabón. A los técnicos tradicionales se le suman “otros que fueron médicos, ingenieros, arquitectos, psicólogos, hay un músico aficionado al violín y un catequista”. Y más “historias raras”, como “tipos que también fueron combatientes de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cosas que me llamaron la atención y me di cuenta que por ahí era el camino”.

El libro va desde el primer Mundial, disputado en Uruguay en 1930, hasta el que ganó Carlos Salvador Bilardo, de la mano de Diego, en 1986. “Si estaba César Luis Menotti, pensé, el libro tiene que llegar hasta Bilardo”, indicó el autor. Esta historia promete otra parte.

Transpirar el buzo

La de Ulises Saucedo es una de las tantas historias insólitas que figuran en las páginas de este libro. El tipo no sólo dirigió a la Selección de Bolivia en el Mundial del 30, sino que además fue árbitro y juez de línea en el mismo certamen. Pitó en la goleada 6 a 3 de Argentina a México, y fue lineman, nada menos, que en la final que coronó a Uruguay, el anfitrión. “Qué cosa más extraña. Hizo todo eso, y a su vez se las arreglaba solito para armar el equipo”, se sigue sorprendiendo Knoll.

Aunque hoy abunden los ejemplos, esto de entrenadores argentinos dirigiendo a otras selecciones no es cosa de la actualidad. José Manuel Durand Laguna, jugador y socio fundador de Huracán, fue a mirar el Argentina-Brasil de 1916, por la primera edición del Torneo Sudamericano, hoy Copa América. Mientras esperaba el inicio del partido sentado en la tribuna, un dirigente lo divisó y lo llamó. “Negro (como le decían), vení que falta uno”.

Alberto Ohaco, goleador de Racing, había viajado al interior por trabajo y no iba a llegar para jugar. Así que le tiraron la camiseta albiceleste y el Negro Laguna respondió con gol, el primero convertido a Brasil de manera oficial. “Después se fue a vivir a Paraguay”, cuenta Knoll, “y dirigió a esa Selección –como pasa hoy con Gustavo Alfaro– por varios años, incluído el Mundial del 30”.

Como hoy Carlo Ancelotti dirige a Brasil, Argentina también tuvo a un italiano en el banco. El genovés Filippo Pascucci apenas duró un partido del Mundial 1934, el del debut, derrota y eliminación ante Suecia. “Después no quería volver porque lo iban a matar acá”, se ríe este docente en Periodismo y profesor en Ciencias Económicas.

Del campo de juego al campo de concentración

Otto Nerz fue nazi antes que Adolf Hitler tome el poder. También fue médico en la Primera Guerra Mundial, maestro de escuela primaria en Berlín y DT de Alemania en el Mundial del 34, donde alcanzó el tercer puesto. “Es considerado –dice Knoll– el padre del fútbol alemán moderno”. 

Como no cumplió las expectativas en los Juegos Olímpicos organizados por el nazismo en 1936, fue despedido. Dejó una marca de 40 victorias en 68 partidos, sin títulos. Siguió su carrera en la Asociación de Fútbol Alemán y cayó en desgracia casi a la par del Tercer Reich. Murió de meningitis en 1949, mientras cumplía una condena como prisionero de guerra –tras la caída de Berlín– en el campo de concentración de Sachsenhausen.

Entre estas historias de técnicos también se cuenta la de Vicente Feola, el primero en sacar campeón mundial a Brasil, tras la frustración del Maracanazo. Lo “llamativo” de su currículum, remarca el escritor, es que “no fue jugador de fútbol”. Además de ganar en Suecia 58, también presentó a Pelé y dirigió a Boca. Volvió a un Mundial, en el 66, pero sin éxito.

E vs DT

Cuando los entrenadores empezaron a darle paso a los directores técnicos, el reconocido periodista Dante Panzeri se mofó de ellos. Traducía la famosa sigla DT como «Dan Tristeza» o «Decí Tarado». Los calificó de “hombres de dignidad resentida” o “ladrones de azul”. Y decía que “el director técnico no es ni director ni técnico. Es seleccionador”. 

Qué diría Panzeri si escucha a Luis Enrique, bicampeón de la Champions con el PSG, desear la salida de Mbappe “para controlarlo todo”. O de los numerosos profesionales que integran los también numerosos cuerpos técnicos. O si lo viera a Pochettino con la compu en mano mostrando jugadas a sus jugadores de la selección estadounidense en pleno partido.

“Antes estaba el técnico solo y no solamente cumplía la función de técnico”, explica Guillermo Knoll, y enumera las funciones y colaboradores añadidos en la actualidad, como entrenador de arqueros, psicólogos, nutricionista, y demás.

Buscador de historias

Guillermo Knoll suele poner la lupa en archivos, libros y diarios de páginas amarillentas, para luego conectarlos con la actualidad. Así lo demuestra su vasta obra literaria. El fútbol es un juego de locos, Manual de curiosidades mundiales, Anécdotas y curiosidades de la Copa América, Eliminatorias sudamericanas en el recuerdo, La música y el fútbol, entre otros, dan cuenta de ello. 

Para su nuevo libro, cuenta: “Traté de buscar algo que no se haya escrito, algo diferente”. Allí encontró a esos tipos de buzo y silbato. “Lo hice cronológicamente. De algunos fue difícil de rescatar información. Tengo data de libros viejos. Hay algunos que llaman la atención y otros no tanto”. Y aclara: “Por supuesto que no se habla de fútbol nada más, se habla de conflictos bélicos, otras situaciones incómodas”.

Ariel Scher, periodista, escritor y autor del prólogo, adelanta que este de Knoll “es un trabajo en curso”, en el que anuncia nuevos capítulos “labrados con el criterio de confeccionar una especie de enciclopedia específica para, como acontece con los caminos tentadores, avanzar de a cachitos o, por qué no, de una punta a la otra. Flor de camino. Y flor de experiencia abrir estas páginas y caminar con Knoll”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 20/6/26

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