El mundo asiste al espectáculo popular más grande del mundo, el mundial de fútbol. Pese a ser popular, la gente común, laburante, que hizo de este deporte una pasión no puede asistir por el precio de las entradas, por el valor de los paquetes turísticos, el alojamiento, la comida, etc. Un mundial que transcurre simultáneamente a la guerra en el golfo pérsico, en Ucrania y a la prepotencia de EEUU en latinoamérica, con el secuestro de Maduro, las operaciones mediáticas y los fraudes para apuntalar las victorias de la derecha en El Salvador, en Perú y en Colombia. En todos esos países en conflicto, algunos son bélicos y otros económico-sociales, la pasión del fútbol atraviesa todas las capas sociales. Es un fenómeno que atrapa a las personas y, en el caso de los más pobres, les devuelve la sensación de pertenencia que habían perdido. El poder real se encargó de excluir a grandes sectores de la población. Esto se llama exclusivismo.

El sentimiento popular del fútbol va a seguir existiendo siempre. Habrá más o menos potreros. Habrá generaciones colgadas de las pantallas que no se pasen todo el día jugando a la pelota. Seguirá habiendo negros transpirados colgados de los trapos. Pero la desigualdad social progresiva hace que  algunos eventos sean inalcanzables para la mayoría de las personas. El Mundial es uno de esos. Va a seguir pasando que haya gente que vende el auto para ir a ver un solo partido. Vamos a seguir intentando colarnos en los estadios e inventando mil maneras de truchar la entrada. Van a seguir deportando pobres que se la juegan para mirar desde la tribuna a sus ídolos. El espectáculo pasó a ser algo muy parecido a la final de Fútbol Americano, y esto no ocurre solamente porque se realice en Estados Unidos, ya que viene sucediendo en mundiales anteriores. 

Podemos observar algunas contradicciones. Es el lugar en el que se ven las cuestiones más interesantes del fútbol. Es el deporte más popular a nivel mundial, sin embargo los futbolistas de elite son multimillonarios. No existen grandes diferencias entre los equipos a nivel del juego, y sin embargo se dieron en este mundial resultados abultados. Por ejemplo, Alemania le metió siete goles a Curazao y quedó afuera con Paraguay en la primera ronda eliminatoria. A su vez, Holanda le ganó con paseo a todos los de su grupo y quedó afuera por penales en manos de Marruecos.

Los campos de juego son una alfombra y la tecnología asemeja el viejo y querido deporte con los juegos digitales, ya no se sabe quién copia a quién. En el país en que la libertad es sólo una estatua, todas aquellas delegaciones pertenecientes a países con algún tipo de conflicto geopolítico con Estados Unidos fueron maltratados. Se hizo gala de un racismo y un supremacismo que dista del otrora espíritu deportivo que hablaba de fraternidad, hermandad y solidaridad entre los pueblos del mundo. 

Hoy el poder real se expresa hasta en los rincones del planeta. Grita meritocracia a los cuatro vientos, mientras hace valer los privilegios de las castas. Ya no se recluye en lugares exclusivos, sino que hizo del planeta un lugar apropiado, tanto desde el punto de vista del diseño de las ciudades, en que pueden acceder a todos lados, pero también apropiado porque hicieron del espacio público un lugar intransitable para los pobres.

En nuestra provincia quieren prohibir a los cuidacoches, al tiempo que en nuestra ciudad el Intendente busca la instalación de un parque acuático privado en un espacio que utilizan quienes no tienen para pagar entrada a la Florida paga. Por otro lado, la delimitación de ghetos, manejados a sangre y fuego por la policía corrupta y los narcos. En el medio, un espacio indefinido y colonizado que emana una estética que quiere ser cheta pero no le da, un aspiracionismo, un deseo de tener para ser, y en el mientras tanto la nada misma. En un mundo en el que el 80 por ciento vive de la frustración de no alcanzar nunca los estándares, crece el consumo de fármacos y de sustancias utilizadas para aliviar el dolor que provoca el nihilismo.

Habría que preguntarse qué es lo que se juega en este Mundial. Ya no es un sueño alzar la copa, algo reservado a 25 jugadores y al cuerpo técnico. Es evitar la pesadilla de fracasar. Allí también están los alcahuetes del poder, con un micrófono en mano, viviendo de la propaganda que le hacen a un sistema desigual, injusto, perverso y, en última instancia, profundamente cínico. Viven comiéndole las vísceras a los jugadores, a los hinchas y manchan la pelota con especulaciones que son ajenas totalmente a la experiencia de estar en una cancha, en equipo, enfrentando juntos un partido. 

Se lo extraña al Diego más que nunca. Nadie dice nada de la Fifa, salvo honrosas excepciones, y aún así, este organismo que tiene un funcionamiento más parecido a la mafia que a una organización mundial, es garante de la impunidad de los grupos de poder. El fútbol es un negocio, no hay nada nuevo en lo que digo. El hecho de pagarle a un jugador de élite, en un año de trabajo, lo que cobran  mil albañiles en toda su vida, en cualquier país pobre es una impudicia. Y que los representantes se lleven parte importante de esa torta de plata es más indignante aún.

El 10 se metía con esos tipos, contra los vividores de los jugadores, contra los clubes poderosos, contra las organizaciones del fútbol que conforman la Fifa. Y lo hacía con el desparpajo de un villero, del Pelusa de Villa Fiorito. No volveremos a ver las patadas que le pegaron, porque había que frenarlo como sea, no van a desfilar los cameruneses o los coreanos tirandoles patadas voladoras al gordo y al Cani, porque hoy el fútbol digital es todo lo correcto que quería el poder. Ahora que pueden ir a la cancha, porque erradicaron a la negrada que le gustaban las piñas, el fútbol es otro deporte, en el que los jugadores, si alguna vez fueron pobres, no les queda nada de su esencia, de su identidad. Y ahora que son ricos deben comportarse como tales.

Se lo extraña en la cancha, en el banco, en la tribuna, porque si él estaba todos teníamos derecho a villerizarnos, todos podíamos embarrar la pelota por un rato y recordar el potrero. Todos podíamos juntarnos en la esquina el día de lluvia con la bocha bajo el brazo, para juntar los que estuviesen, e ir a revolcarse en el lodo de la gloria. Ya no volverán a matar a un zaguero por un gol en contra, ni lo volveremos a ver a Gamez repartiendo piñas en la tribuna de los hooligans. La fiesta ya no es dentro de los estadios, la fiesta popular es afuera. Como los mexicanos, que demostraron saber festejar, cuatro hinchas la quedaron en el agite. El poder volvió a robarnos algo, el ritual del mundial dentro de la cancha. Nos cagaron de nuevo y banalizaron eso que era saltar al precipicio a buscar una camiseta, un pantaloncito o una media, lo que sea, para aferrarse a eso el resto de nuestras vidas.

Lo de Messi también es digno de una lectura turbia. Más allá de toda la guita y todos los trofeos individuales y colectivos que ganó, pudo recién levantar la Copa América, dos veces, y la Copa del Mundo cuando dejó de ser el tipo calladito, tímido, reprimido que era tan funcional a este esquema de poder. Y pudo suceder recién después de la muerte de D10S, cuando mando a freir churros a los holandeses. Y contagiando un espíritu gregario, convocó a la guerra a 24 fieras, que estaban ahí porque querían ver a su ídolo levantar la copa.

Fue hermoso volver a sentir eso, ver a la gente en la calle, llorando de emoción, y festejando un título más. Otra contradicción. Ver que los pobres festejan a los millonarios, y que quieren ser así, no para demostrar que los villeros también son talentosos, sino para borrar el vestigio de un pasado vergonzoso que no quieren recordar. Pienso en el Tata Brown, previo al partido en el que para no salir se agujereo la camiseta con los dientes, diciendo en una entrevista que si no hubiese sido jugador hubiese sido albañil. Pienso en lo agradecidos al fútbol que se sentían. 

Hoy a los pibes, los clubes, los secuestran de la casa a los 10 y les comen el cerebro. Les prometen las riquezas, el auto, la mansión y las minas. A medida que crecen le consiguen esposa y le organizan la vida. Los representantes terminan de hacer el laburo que empiezan los clubes. Hasta el estudio tiene un sentido de construcción de la cosmovisión que van a tener. Hoy el enemigo es la lesión, y el objetivo es Europa. El fútbol de hoy es físico. El cálculo de todas las variables lo vuelve casi previsible. El margen de error es mínimo, y si bien en este Mundial se juega bien, la sensación es que a este fútbol le falta algo, pimienta.

La pausa de rehidratación es una fantochada, el VAR da sensación de justicia pero al mismo tiempo deja la impresión de que es posible manipular las imágenes. Las banderas de Palestina en las tribunas son obviadas por la transmisión. Al plantel iraní se la hicieron harto complicada y a los turistas de algunos países en particular se los persiguió y se los maltrató. 

No soy de los que creen que todo pasado fue mejor, salvo que en ese pasado haya estado presente el mejor de todos los tiempos. Espero que Argentina salga campeón sin dejar lugar a dudas. Quiero ver a Messi levantando otra copa, pero me queda el sabor amargo de la exclusión de los pobres, de los laburantes, de una fiesta que históricamente fue de los pueblos y hoy es de los ricos. El recuerdo se va a mantener vivo, así como el orgullo y la pasión de ser del barro, de las camisetas desteñidas. Sabemos muy bien que le tomaron la leche al gato, que se les escapó la tortuga y que si la pelota está manchada no es de barro sino de dólares que la ensuciaron.

Publicado en el semanario El Eslabón del 4/7/26

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