En estos días de fiesta mundialista, en los que el fútbol ofrece una breve y modesta tregua a lo mal que la está pasando buena parte del pueblo argentino, las calles del país están inundadas de celeste y blanco: coches que circulan con banderitas flameando por encima de sus ventanillas, frentes engalanados con la divisa patria, negocios en cuyos escaparates la mercadería exhibida se mezcla con paños, guirnaldas y globos celestes y blancos y, sobre todo en las ciudades, improvisados puestos de venta de remeras, cornetas, gorros, toallas, equipos deportivos y pelotas del Mundial montados en las esquinas a la espera de un público necesitado de celebrar algo mientras la Selección Argentina siga en carrera en procura de su cuarta estrella.

Este entusiasmo colectivo, que convive también con muestras de indiferencia de gente que transita esta parafernalia con otras preocupaciones y agobios en la cabeza, llama a pensar a qué lugar fue arrinconada la sensación de patria, el sentido de pertenencia, el valor de los símbolos y la simbología de los valores.

¿Por qué este despliegue de colores argentinos no se observa en la misma medida los 25 de Mayo, los 9 de Julio, los 20 de Junio? O los 27 de Febrero, el día en que nació la creación de Manuel Belgrano al hacerla izar por primera vez en la barranca de la entonces Villa del Rosario.

¿Por qué el Himno Nacional, cercenado y reducido a la mínima expresión de sus estrofas finales, se canta en las gradas de los estadios donde juega la Selección con el fervor que es difícil observar en los actos patrios?
Tengo para mí que esta identificación con lo nacional, exaltada en el fútbol como no ocurre en otros escenarios y oportunidades, es lo que sobrevive en medio de tanta desesperanza, tanta falta de horizonte común como no sea un festejo efímero.

Si tanto entusiasmo patrio se volcara a otras causas verdaderamente trascendentes estaríamos viviendo en un país más grande y sería expresión de un pueblo que quiere ser realmente feliz, disfrutando de la felicidad que, mucho más allá de unas pocas semanas, otorga la certeza de estar construyendo un futuro venturoso entre todos y para todos.

 

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