La injerencia de un país en el fútbol como nunca antes. Relaciones carnales entre la conducción de Infantino y la Casa Blanca. El Mundial de Donald Trump. Viejos y nuevos inquilinos de la torre neoyorquina de su propiedad.

En la mañana del 27 de mayo de 2015, muy temprano, agentes del FBI interrumpieron el sueño de los dirigentes de la Fifa alojados en el lujoso hotel Baur au Lac de Zúrich. “¿Habrán levantado las manos?” se preguntaba el periodista escocés Andrew Jennings. “Los líderes de la Fifa no están acostumbrados a obedecer leyes”.

Aquellos arrestos destaparon el mayor escándalo de corrupción del fútbol, desplazaron a la cúpula principal de la Fifa y habilitaron un nuevo jugador: Estados Unidos. El actual Mundial, que lo tiene como anfitrión casi exclusivo, es el fin que justificó los medios implementados en el FifaGate. No fue su único beneficio.

Del soccer al fútbol

Con la llave de la Fifa en la mano, Donald Trump pidió renombrar al soccer como fútbol y se atrevió a sugerirle a la popular NFL (National Football League) que cambie su nombre. Su primer aporte a la entidad que hoy preside su socio Gianni Infantino fue un par de pisos de la Torre Trump. En el 56° alojó a la Concacaf. El 49° se lo alquiló a Chuck Blazer, el primer estadounidense fuerte en la Fifa.

El hombre, secretario general de Concacaf (1990-2011) y miembro del Comité Ejecutivo de la Fifa (1996-2013), llegó a pagar 18 mil dólares mensuales en la Trump Tower por un departamento para él y su loro Max; y otros 6 mil por una habitación para sus gatos. Jamás se lo vio sacar plata de su bolsillo. Era un alto coimero, conocido en el ambiente como el Míster 10%.

Su papel en esta historia terminó como soplón del FBI. Acorralado por denuncias de evasión impositiva, en 2011 aceptó convertirse en informante. Grabó, con micrófonos ocultos, a sus colegas para reunir pruebas. 

Otro aliado de EEUU fue Jack Warner, de Trinidad y Tobago. Llegó a la presidencia de la Concacaf en 1990 gracias a un favor que le hizo a la Fifa de Joao Havelange. En las Eliminatorias para el Mundial de Italia entregó a su propia selección: la empujó a perder para que clasifique Estados Unidos. El país que recibiría el torneo en 1994 necesitaba dar a conocer un deporte poco popular en su tierra.

Aunque la gestión de Joseph Blatter no fue fanática de EEUU, tuvo muy cerca al abogado Alan Rothenberg, padre de la MLS y organizador del Mundial 94. Y al hábil diplomático Henry Kissinger, el mismo que acompañó al dictador Jorge Rafael Videla al vestuario peruano en el Gigante de Arroyito, minutos antes del 6 a 0 en el Mundial 78.

Sin su anhelado Nobel de la Paz, Blatter debió conformarse con el Premio Global Estadounidense por la Paz (American Global Peace Award), otorgado en 2003. Como ahora Donald Trump también se quedó con las ganas, Infantino le inventó el Premio Fifa de la Paz y se lo entregó. “¿Por qué no puede ser más importante que el Premio Nobel de la Paz?”, le preguntó un alto funcionario del organismo a la BBC Sport. “El fútbol –argumentó– cuenta con un enorme apoyo mundial, por lo que es justo que reconozca los esfuerzos extraordinarios por lograr la paz cada año”. 

La poca relación que había entre el país del norte y la entidad rectora del fútbol se estrelló en 2010 con el espejo que hizo añicos el ex presidente Bill Clinton, hombre fuerte de la candidatura estadounidense para el Mundial 2022. Furioso y humillado tras perder con Catar (14 votos contra 8) –según se cuenta en el documental FIFAGATE. Por el bien del fútbol– Bill volvió a su habitación de hotel y arrojó con fuerza un cenicero contra el cristal. Era la hora del FBI.

Relaciones carnales

Desde el FifaGate, Estados Unidos consiguió la organización de la actual Copa del Mundo, del Mundial de Clubes, de la Copa América, de los próximos Juegos Olímpicos, el dominio casi absoluto de los derechos televisivos en ligas latinoamericanas (el fútbol argentino, entre ellas). Sus magnates, además, lideran la inversión extranjera en las grandes ligas europeas y poseen el 20 por ciento de la propiedad de los clubes.

Donald Trump fue el primer jefe de Estado al que llamó Gianni Infantino apenas asumió la presidencia en Zúrich. Pronto incorporó al bufete de abogados de la Fifa a Loretta Lynch, la fiscal del FifaGate. Una vez confirmada la sede mundialista para 2026, mudó oficinas de Suiza al edificio propiedad de la familia del presidente de EEUU.

“Para ser mundial hay que ser local, hay que estar en todas partes, así que tenemos que estar en Nueva York”, justificó el organismo en un comunicado. Parafraseando el dicho popular argentino que denuncia el centralismo porteño: la Fifa está en todas partes, pero atiende en la Torre Trump. 

Foto: Ángel Colmenares | EFE

En 2018 Infantino pisó por primera vez el Despacho Oval, durante la primera presidencia de Trump. Y fue invitado especial para la asunción del segundo mandato. También se los vio juntos en el Foro Económico de Davos y en la firma de los Acuerdos de Abraham (pacto de Israel y países árabes de Medio Oriente).

Por esa cercanía tan estrecha, Gianni es acusado de romper la neutralidad política que exige el Código de Ética. A principios de 2025, por acompañar a Trump a una gira internacional, llegó tarde al Congreso de la Fifa en Paraguay. Molestos por el desplante, dirigentes de la Uefa abandonaron la reunión.

A diferencia de Clinton en el sorteo del Mundial 94, al que ni siquiera asistió, Trump fue el gran protagonista en el que se realizó en diciembre pasado. La Fifa, además del premio de la Paz, le hizo otro obsequio: le contrató a los Village People para que toquen la popular YMCA, una de las canciones favoritas del mandatario, que suele reproducir en sus mítines de campaña. 

Acostumbrado a imponer condiciones, la Fifa ahora “nada puede hacer” contra las decisiones de la Casa Blanca. Trump, que llamó “basura” a los migrantes somalíes, expulsó a un árbitro de ese país designado para el Mundial. Por portación de caras maltrató a varias selecciones de este Mundial. La iraní, sin dudas, fue la más perjudicada. Las lindas palabras de Infantino en el vestuario (tras el debut 2 a 2 ante Nueva Zelanda) no bastaron para atenuar el malestar. “Nos dijo que iba a resolver todos los problemas, pero en realidad no hizo nada. Esta es una Copa del Mundo desastrosa”, dijo Mehdi Taremi, capitán de Irán, tras la eliminación de su equipo en primera ronda.

El Mundial entró en etapa de definiciones. Voces críticas silenciadas con goles, figuras y sorpresas. “Ya he dicho suficiente al respecto”, se frenó Virgil van Dijk, figura neerlandesa, mientras cuestionaba las pausas (publicitarias) de hidratación. El certamen concluirá el 19 de julio, con Donald Trump entregando la Copa al campeón.

El Loco Marcelo Bielsa, muy cuestionado por estas horas tras la temprana eliminación de Uruguay, fue el único protagonista que se atrevió a hablar del FifaGate, sin rodeos. Lo hizo en plena Copa América 2024, en EEUU. Ahora, en las tribunas del estadio de Los Ángeles donde empataron Irán y Nueva Zelanda por el Grupo G se coló una pancarta. Decía “Minab 168”, en homenaje a las y los alumnos víctimas de un misil yanqui-israelí. Antes del Mundial, en partidos amistosos, la propia selección los había recordado con fotos y mochilas. Y con un pin prendido en sus sacos, que la Fifa, molesta, prohibió. Es que, como dice un reconocido refrán, los niños y los locos dicen la verdad.

Publicado en el semanario El Eslabón del 4/7/26

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