Es muy difícil conocer el instante exacto en el que empezó, sobre todo cuando somos dos los que hemos estado tratando de construir verdades a costa de pedazos de recuerdos.

Creo que Miguel siempre fue un poco más benevolente y optó por atribuir todo el asunto a una infancia temprana o a la inexperiencia propia de nuestra juventud. A mí, en cambio, en estos últimos años se me ha dado por dudar de los momentos más pequeños, que han pasado como insignificantes experiencias de la vida cotidiana. Me he convencido de que, tal vez, en ellos yacía el germen de aquello que deberíamos haber advertido desde un principio.

Sea como fuere, nos la hemos ingeniado para ocultar todo el asunto de una manera casi apoteótica. Aunque me dé cierto pudor admitirlo, me siento orgullosa de nuestras habilidades cuasi actorales, que nos han permitido permanecer en algunos barrios por más de tres o cuatro años sin levantar sospecha alguna. 

Miguel, incluso, logró conservar un grupo de amigos por dos veranos seguidos, en los que experimentó todo tipo de actividades deportivas y transitó locales de bebedores empedernidos. A mí, lo social no se me ha dado demasiado bien, no por falta de capacidades actorales, sino por cansancio. Vivir fingiendo implica, necesariamente, una carga de energía extra que, al final del día, uno recorta de lugares prescindibles, como un café o una charla en el supermercado.

Cuando Sofía nació, hice un cálculo ridículo de cuánto tiempo estimado me llevaría regresar a mi rutina habitual. Lo normal, las clases de yoga, el trabajo en la oficina y los encuentros quincenales con mis amigas de la universidad. Fórmulas dignas de una mujer de las ciencias. Todo siempre fue reducible a ecuaciones. 

Hoy, en cambio, me pregunto cuánto tardaré en envejecer lo suficiente como para ser depositada en algún centro de ancianos, en el que mi alimentación diaria dependa de la gentileza forzada de alguna enfermera. Y ese deseo ya no es síntoma de depresión alguna, ni siquiera lo llamaría tristeza. Creo que es más bien una resignación consolada, ante una realidad inmodificable y de la que nadie es realmente responsable. Es que cuando uno pasa más de la mitad de su matrimonio intercambiando sucesivamente el rol de víctima por el de culpable, en algún punto el juego se torna tedioso. Sobre todo cuando el desgaste propio de una batalla perdida lleva a una revelación única: estar juntos es nuestro único consuelo. 

No es que nunca hayamos fantaseado con el escape. Al menos, yo lo he hecho. Pero, pronto, se repara en que no es sencillo huir de una fuerza energética tan potente, incomprensible para el intelecto humano. En efecto, las pocas noches que hemos logrado dormir fuera de casa por uno u otro motivo, tanto a Miguel como a mí nos ha costado un esfuerzo descomunal conciliar el sueño. Y cuando lo hemos logrado, ambos soñamos con Sofía de una forma bestial y escalofriante. 

Vivir encerrado en tu propio ADN puede ser una paradoja brutal.

¿Lo hemos intentado todo? Yo creo que sí. Al menos todo lo que estaba a nuestro alcance, comprometiendo a veces la propia existencia. Hemos dejado atrás expectativas, vínculos e ilusiones en pos de la supervivencia. ¿Vale la pena? Hemos aprendido a que así lo sea. Aceptando las consecuencias desmesuradas de una decisión que, en una realidad corriente, no las merecía. 

Si algo he entendido es que el tiempo no tiene unidad de medida, un instante puede ser una vida y una vida tan sólo un breve soplo de aire. Nada es tan matemático. También tengo la firme certeza de que estamos completamente solos. Sofía, Miguel y yo. Nadie nunca comprenderá todo esto. Y lo sé, incluso, cuando mi terapeuta me asegura fervientemente que entiende lo difícil que debe ser que tu hija sólo hable con los muertos.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/6/26

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