Yo no sé, no. Laura estaba preocupada porque iban a sacar un árbol que estaba al lado de la canchita de siete, pegadita a la vía, donde jugábamos esos torneos cortitos. Ese árbol tenía una rama donde las niñas habían armado una hamaca. Ahí se habían hamacado generaciones anteriores y ahora seguían haciéndolo las más chicas, que además podían mirar los partidos sin tener que irse hasta la plaza. Tan noble era esa rama que ya pensaban agregarle otra hamaca más chiquita.
Graciela decía: “Y además, en la punta sostiene un nido de hornero”. La casita estaba deshabitada, pero parecía servir como albergue transitorio para algunos pájaros cuando venía el mal tiempo. “La usó una pareja de horneros y después no volvió más. Capaz que no les gustaba tanto cómo se hamacaba. Pero siempre aparecen otros pajaritos. Sería una lástima perder esa rama”, decía.
Luis, cada vez que había partido, no sólo miraba la hamaca sino también la rama, que por momentos parecía hamacarse sola. “Tengo que aprender a hamacarme”, decía. Corría rápido, era un wing veloz, pero sentía que no se hamacaba bien con la pelota dominada para engañar a los marcadores de punta. Para él eso era un déficit. “Capaz que de tanto mirar esa rama algo se me pega”, decía.
Tiguín, cuando se enteró, llevó tranquilidad. “No se hagan problema. Estoy trabajando en una casa donde están sacando unos caños de una bomba de agua. Me los van a dar y les hago una hamaca”. Las chicas le respondieron: “La hamaca se puede hacer, pero queremos ese árbol y esa rama. No va a ser lo mismo”. Igual le pidieron que la hiciera. “Pero esa rama es irremplazable”, repetían casi todos.
La Eva, cuando pasaba por ahí, decía. “Si lo sacan, traigo una rama de eucalipto y plantamos un árbol acá cerca”. Ella siempre andaba juntando ramas de eucalipto porque en su casa, la madre y la tía, las usaban para hacer vahos cuando había que destaparse los pulmones. “Igual no es lo mismo. El eucalipto no da ramas para hamacarse”, reconocía.
José decía. “Ojalá tuviera una caña hecha con una rama como esa. Una rama que se hamaca suavemente y con buena carnada. Los peces vendrían solos”, decía.
Isabel y Patricia, mientras tanto, practicaban unos pasos de cumbia lenta que parecían como un hamacarse lento. “Está buena”, decían. “Aparte de la cumbia tradicional, de la cumbia cruzada, esto se está poniendo de moda: una cumbia lenta”.
Juancarlito y el Huguito discutían cambios en el reglamento de las bolitas. Eran de los últimos que seguían jugando y querían incorporar una nueva modalidad: “Hamacarse a mi gusto”. Desde la posición de alto, cada uno podría moverse como quisiera antes de tirar. Los más grandes ya no nos metíamos. Si querían ampliar el reglamento, estaban en todo su derecho.
Manuel, en cambio, decía que a él hamacarse lento nunca le había servido. “Yo aprendí a hamacarme rápido para salvarme de algún ramazo cuando me corría mi abuelo. Ahí no puede ser lento”, explicaba.
La pequeña Susi se había escapado de la vereda y andaba por Biedma con unos patines nuevos que le habían comprado. Entre los autos y saltando los cordones de la vereda tomaba velocidad y se hamacaba de lo lindo. Parecía destinada a ser una estrella del patinaje, siempre y cuando no la descubrieran. Porque si la descubrían, estaba segura de que la encerraban y le tiraban los patines a la basura. Biedma estaba buena pero era peligrosa: era la única calle pavimentada y pasaban los bondis y todos los autos.
Una tarde, Raúl se subió al 153 junto con Pedro para ir al centro. Raúl siempre subía último porque le gustaba agarrarse de los pasamanos y hamacarse unos metros hasta que el colectivero le gritaba: “Subí, nene, dejá de hamacarte que es peligroso”.
Pedro, ya arriba del colectivo, observó que uno de los primeros pasamanos no era de caño sino de madera. Una madera lustrada. Y por momentos le parecía que se inclinaba apenas hacia él, como si también se hamacara. Pensó entonces que tal vez fuera una madera parecida a la de aquella rama que ya no estaba.
Mientras tanto, miró para el frente y vio cómo los pibes que trabajaban en el taller de herrería que está por San Nicolás se pegaban una disparada, hamacándose de lo lindo, para llegar al quiosco para comprarse unos sánguches, una gaseosa y cigarrillos. Había que hamacarse para tener plata y ellos la tenían gracias a las horas extras, que casi siempre cobraban los viernes.
Ya arriba del colectivo, Pedro vio cómo en la cancha de Primera Junta –que estaba en Segui y San Nicolás– había un flaquito que corría hamacándose y tiraba el centro como quería Vaquita. “Tendría que verlo Vaquita”, pensaba Pedro. El flaquito parecía una rama de flaco que era, pero cómo corría con la pelota controlada, hamacándose cerca del arco. Sobre la cancha sobrevolaban un par de horneros. Capaz que estaban buscando una rama. Una rama como la que nosotros teníamos. Una donde colgara una hamaca para los más chicos y donde, en la punta, pudiera sostenerse una casita de horneros.
Pedro pensó que tal vez esa pareja estuviera buscando justamente eso: una rama donde hamacarse, una rama donde agarrarse.
Publicado en el semanario El Eslabón del 27/6/26
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