El primer libro de Tomás Magliocca, Los nuevos ídolos, desarrolla un análisis de la cultura digital y de cómo ella repercute en nuestro día a día. El periodismo y las redes, entre sus tópicos.
Tomás Magliocca, licenciado en periodismo y comunicación, presentó su primer libro, Los nuevos ídolos. Editado junto a su proyecto “Olivo Ediciones”, trata sobre cómo el ecosistema de redes está produciendo nuevos fenómenos. Por un lado, creando tribus digitales que nos alejan del pensamiento crítico, y por otro abriendo la cancha a los influencers, quienes –como ya no necesitan tener un recorrido para informar– afectan a la credibilidad y confianza con el periodismo.
La idea comenzó como tesis de grado y se transformó en libro entre opiniones de allegados y la necesidad de ir más allá de lo que el lenguaje académico permite. “Las investigaciones académicas a veces tienen un rigor que te sirve para argumentar con criterio y marco teórico, pero que también te limita a la hora de tener una opinión un poco más polémica, un poco más jugada de la realidad o de la temática que querés abordar”, señala el autor sobre la decisión de pasar al libro. Pero además, cuenta que viene de una familia cercana al universo de la literatura: “Mi papá es cuentista, también comunicador y periodista, y en casa siempre se impuso el eslogan de que «para saber hay que leer», y para escribir también hay que leer mucho, y ese caldo de cultivo hizo que se generaran en mí muchas ganas de dedicarme a la redacción periodística primero, a los ensayos, pero sobre todo a la literatura”.

—¿Cómo nos afectan los “nuevos ídolos” y esta forma de idolatrarlos?
—El título del libro es un enganche. Si bien se titula Los nuevos ídolos (en los templos del cartón digital), no todos llegan a ser nuevos ídolos pero lo que sí generan estos influencers, referentes en las audiencias, son estándares de conducta, de comportamiento. La gran mayoría de los usuarios lo que está buscando es un lugar seguro para llenar determinados vacíos e inseguridades de cara a un mundo que les ofrece infinitas posibilidades para frustrarse. Y en esas inseguridades está el caldo de cultivo para recoger después la siembra de muchas emociones fuertes que nacen de la frustración y la resignación. Lo que se produce ahí es un pacto social muy íntimo entre el influencer y el usuario en cuestión, el consumidor. Ese pacto lo que hace de una manera muy acelerada y acalorada, es reforzar los pocos espacios seguros que tienen los usuarios. Es decir, confirmar mis dogmas, mis emociones. No ponerlas en duda, no incomodarme, sino que la pantalla me muestre algo que me resulte fácil de digerir.
En el proceso de la información eso es sumamente problemático. Primero, porque genera espacios que no son comunitarios, no militan el encuentro, sino el desencuentro. Si vos te la pasás conviviendo con gente que piensa, viste y habla como vos, lo más probable es que termines promulgando una especie de idioma de tribu y poco comunicativo con el resto de las personas o seres que habitan el mundo. La lectura de la información se vuelve sumamente problemática porque no tenés códigos, ni siquiera herramientas conceptuales, como para apropiarte de esa información que te están brindando y aseverar que sea verdadera o falsa, que sea justa o injusta, o que mínimamente te interese o no. Porque ya partís de una premisa que es engañosa: creer que la estás eligiendo cuando en realidad sos parte de una tribu que elige retroalimentarse de un referente que solamente muestra lo que su agenda le marca.
—¿Hay una forma de romper con la lógica de audiencia?
—La alternativa más genuina es repensar las maneras en que se produce y se consume contenido, sobre todo la manera o modelo de narración vigente de las redes sociales. Es un camino muy primario porque en realidad todo esto se resuelve con políticas gubernamentales serias y duras, con requerimientos legales, y con un porcentaje de riesgo para quienes entran a defenestrar en redes sociales y demás. Hoy cualquier tipo de daño o agravio en las redes sociales, y en el formato también del ecosistema digital, es gratuito: permite el anonimato, porque si bien está tu foto de perfil, podés elegir no tenerla, y aunque la tengas, hay una seguridad que solamente te brinda el estar atrás de un teclado. Por ende creo que la manera más revolucionaria de atender el problema sería primero revisar la forma en que consumimos, y después sí ofertar otro tipo de historias o de narraciones, que busquen sentidos más amplios de trascendencia contando una historia que vaya hacia un lugar de contrato más colectivo, de adhesión más cultural, y no tanto que obedezca una lógica de mercado o de nicho, que aunque me pueda estar uniendo con el otro, lo hace por poco tiempo.
—¿El periodismo tiene una forma de adaptarse en este nuevo mundo?
—Yo creo que el periodismo tiene un lugar central en la discusión, porque ocupa un rol de acción ciudadana y un rol de fiscal de la información que nunca tiene que abandonar. No es un actor pasivo. Esto no quiere decir que de alguna manera tenga que ser partidario, pero sí puede ser un actor político y politizado e interpretar la información con la mayor rigurosidad posible. Yo creo que hay muchos ejemplos dentro de este ecosistema de redes de un periodismo profesional, serio, que se asevera de las fuentes y del alcance que tiene, que ofrece otro tipo de narraciones y relatos audiovisuales, de largo aliento, con mayor contenido, donde el objetivo no es meramente comercial. Vender un producto hoy que dure más de una hora y media es un montón, la gente está estimulada en la ansiedad y en la frustración del click y de terminar lo antes posible, de la poca lectura. El no pensamiento y la no reflexión son los códigos más comerciales de las redes sociales o de este ecosistema de medios de plataformas digitales. Con lo cual, el periodismo puede ayornarse ofreciendo plataformas que compitan con esos relatos, mucho más genuinos y de historias profesionales, pero también que seduzcan al espectador desde un lugar del contenido. Esto se puede ver en varios ejemplos: hay muchos tipos de entrevistas de largo aliento, el método Rebord en su momento fue una. Fontevecchia también tiene su canal de YouTube con entrevistas. Hay especialistas en medio ambiente que lo hacen muy bien. Historias Innecesarias me parece un archivo de periodismo histórico interesante al cual recurrir. Y te vas encontrando con muchos que, desde su lugar, humilde o no, tratan de hacer un recorrido distinto. Javier Ledesma, un muchacho que me ayudó a hacer la investigación, hace periodismo económico e investiga acerca de las historias de las marcas.
Creo que la intención es no abandonar el rol del periodismo a la hora de producir contenidos que se animen a narrar, y sobre todo que se animen a contar de una manera más genuina, sin apostar tanto a la viralidad o a la moneda de cambio oportuna.
—¿Cómo continúa Tomás con su recorrido?
—Tengo pensado hacer más libros. No creo que me dedique solamente a los ensayos literarios de redacción periodística. Estoy en proceso de escribir una novela, la cual pienso terminar, con el mayor de los respetos, sin apurarme. Porque el proceso de escritura es muy engorroso, fascinante, pero muy arduo de ejecutar. Y creo que he encontrado, más que un hobby, una pasión en la escritura. El libro siempre es una obra cultural que es colectiva, porque se convierte en tal una vez que es compartida con los demás. Con lo cual, me parece que el libro es un acto comunitario en sí mismo, porque el arte se sanciona a través de la mirada del otro. Así que espero escribir muchas historias, para compartir con mi comunidad y no con mi tribu; con la gente y no con un grupito. Y ojalá sirva para recuperar algún que otro relato perdido y para contar algunos nuevos.
“Un huequito para las voces de nuestra historia”
Tomás Magliocca forma parte de Olivo ediciones, que, según el autor, “viene sobre todo a hacernos un espacio como autores independientes, autogestivos, que controlan su producto cultural, literario y que tienen la libertad para manifestarlo, repartirlo, comercializarlo como se nos dé la gana”. Ante las grandes corporaciones editoriales y el monopolio porteñocentrista, que concentra en Buenos Aires inversionistas, firmas, medios, y plata para la generación de cultura, Olivo Ediciones intenta construir un camino para autores rosarinos de lo local, que, como cuenta Tomás, “tratan de alguna manera hacer un huequito para darle lugar a esas voces de nuestra historia que es la historia también de Rosario y de mucha gente que no puede expresarla en otros parámetros o bajo otros estándares”.
* Estudiantes de 6º de la Tecnicatura en Diseño y Comunicación Multimedial de la Escuela de Educación Secundaria N° 394 Dr. Francisco de Gurruchaga.
Publicado en el semanario El Eslabón del 8/8/26
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